Charos con placa

Nuestra izquierda es como un Midas que convirtiera en podredumbre lo que toca. Y lo primero que ha corrompido, antes de poner sus sucias manos en una sola institución pública, ha sido el lenguaje.

Cuando se instituyó esa Lubyanka hortera que es el Ministerio de Igualdad, recuerdo haber pensado en el Ministerio del Amor de Oceanía, o en lo que luego sería el Ministerio de la Felicidad del chavismo, en esa afición progresista por la grandilocuencia y la difuminación de lo personal e íntimo: el Poder como una madre inmensa e intensa, una madre a lo Úrsula, la enfermera Ratched de Alguien voló sobre el nido del cuco.

Paso por alto que la igualdad, que, además de profundamente indeseable, es imposible, pero invocarla lleva ya siglos siendo la coartada perfecta para el crimen masivo y la destrucción de todo lo que vale la pena en la vida de un pueblo. Pero es que esa igualdad que el gigantesco chiringuito de Irene —se le debió entregar el Día de Reyes, envuelto en papel de regalo— supuestamente ampara no supone, digamos, que vayan a equiparar mis ingresos a los de Ana Botín, ni siquiera a los del fontanero más modesto de Ferraz.

No, esta igualdad sólo se refiere al sexo, y ni siquiera pretendía verdaderamente hacer iguales a hombres y mujeres. Nada extraño, por otra parte, porque han convertido todas las palabras en códigos ideológico, y así he leído calificar de «igualitario» al consejo de redacción del Huffington Post cuando estaba compuesto sólo de mujeres, o «diverso» a un grupo ayuno de hombres blancos.

Ahora anuncia el Gobierno la creación de un nuevo puesto: las agentes de Igualdad, charos con placa. Este nuevo chiringuito para premiar con nuestro dinero la lealtad de las pedrettes y asegurar que no flaqueen ante la urna (no caerá esa breva), es, más allá de un indecente reparto del menguante botín, una Policía del Pensamiento patrullando medios y redes en busca de razones para ofenderse.

Por de pronto, y antes incluso de entrar en servicio, han denunciado el uso peyorativo del término ‘charo’, razón por la que lo llevo en el título. Son la mutawa laica, a imitación de la temida e intrusiva policía de la moral de los saudíes, que si ésta impone la sharía, ésta hace otro tanto con la «charía», el verdadero régimen de España.

Uno sólo puede imaginar la devastación que pueden sembrar estas ménades desatadas del feminismo radical siempre frustrado sobre la libre expresión, ya demonizada ésta por las autoridades patrias y europeas. Ése es el panorama que nos preparan: cuando llaman a la puerta a las 4 de la madrugada y no es el lechero, es la agente de Igualdad. Si quieren una imagen del futuro, imaginen una arpía empoderada de pelo azul llamándote machirulo a gritos.

© La Gaceta

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