El gran Henri Bergson nos ha regalado la definición más completa y esencial sobre el concepto de intuición. Escribe el filósofo francés: “Se llama intuición a esa especie de simpatía intelectual mediante la cual nos transportamos al interior de un objeto (o realidad) para coincidir con lo que tiene de único y, en consecuencia, de inexpresable”. Es decir, la intuición es un golpe de visión directa, un viaje al corazón de la cosa, una respuesta ante la atracción de aquello que rompe nuestra indiferencia. La intuición, no siempre tiene que ver con lo meramente intelectual, a veces es una “corazonada” y se reviste con la sutileza de lo lírico más que con la túnica de lo retórico.
¿Y qué tienen que ver —se preguntará usted, estimado lector— estas disquisiciones filosóficas con la materia prometida en el título de nuestro artículo? Muy simple, es que el arte trabaja con la intuición y también con el amor. Es latente e irreprochable la fluencia de cariño que existe entre Francisco Umbral y Miguel Delibes. Cuando Paco “peleaba” Madrid en una vieja pensión y sin más armas que una máquina de escribir portátil, intercambiaba cartas con Delibes y de ellas decía que eran “una lluvia de sensatez”. Si bien aparecen como dos personalidades antitéticas —y lo son—, ambos se admiran y se respetan. Umbral, que se le animaba a cualquiera desde el atalaya de sus “negritas”, jamás se le animó a Delibes, solamente alguna que otra broma risueña: “Con lo buen mozo que eres Miguel, y lo poco que has ligao”. Por esa corriente de cariño y admiración, Paco puede intuir ciertos elementos de la obra de Delibes que se transforman en diademas, que iluminan su literatura. Una de esas intuiciones poderosas de Umbral sobre la obra de Delibes aparece en el prólogo a La hoja roja para la Editorial Salvat, 1970. Escribe Paco:
“El novelista vallisoletano ha hecho la novela del campo castellano “desnoventayochizándolo”. Quiero decir: presentando una Castilla seca, dura, pobre, trabajadora, donde la escasez es escasez y no literaria austeridad. Los escritores del 98 no eran castellanos, de modo que la soledad de Castilla los alucinó y los provocó a la literatura. Miguel Delibes, castellano y realista, va a la realidad en corto y por derecho. Uno de los logros que quedará para siempre en su biografía literaria es éste de haber desnoventayochizado Castilla”.
Para comprender la íntima riqueza de esta intuición umbraliana, es necesario recordar algunas notas esenciales sobre la Generación del 98 y su literatura:
- En 1998 España pierde sus últimas posesiones ultramarinas y retorna vencida a sus propios límites, geográficos y existenciales. Esta coyuntura desata una crisis que conmueve el espíritu español. En ese marco, emerge una minoría escritora que tiñe la vida intelectual hispana.
- La popularización del nombre “Generación del 98” es obra de uno de sus miembros, José Martínez Ruiz, Azorín. Su antecedente se remonta a un artículo publicado el 23 de febrero de 1908 en el cual Maura llama “Generación del desastre” a esa cimiente intelectual surgida de las cenizas del 98. Gonzalo Fernández de la Mora apunta en su obra Ortega y el 98 que el idioma literario escapa de la burguesa madurez galdosiana para desperezarse y rejuvenecer.
- Julius Petersen en su trabajo titulado Las generaciones literarias sostiene que una generación literaria no puede definirse por una igualdad fijada por la fecha de nacimiento, sino por una comunidad de destino que implica una unidad de experiencias y propósitos. Esto es así en el caso de la Generación del 98, aunque, no obstante, todos los hombres de la generación del 98 nacen entre la década del 60 y del 70 del siglo XIX. Desde Unamuno, el mayor de ellos, pasando por Azorín, Baroja, Antonio Machado, Ramiro de Maeztu y Ángel Ganivet. ¿Y Don Ramón María del Valle-Inclán? Es un caso muy peculiar que implicaría un estudio aparte. Algo es verdad, casi todos ellos negaron pertenecer a esa categoría historiográfica, algunos incluso con el ceño fruncido, como Baroja, a quien tampoco le costaba mucho fruncir el ceño.
- Uno de los núcleos de meditación de la Generación del 98 es traer a presencia a Castilla como territorio geográfico y literario. Ahora bien, ¿qué Castilla pinta la Generación del 98? Dejemos que lo diga el mismo Delibes:
“La Castilla árida y desamueblada, dotada de elementos mínimos, es la Castilla de Unamuno, Azorín y Machado, la Castilla espectacular precisamente por la carencia de ornato, por la falta total de espectáculo […] Esta, quizás, sea, desde un punto de vista topográfico, la Castilla esencial, la Castilla por antonomasia, y, por ende, la Castilla literaria. Castilla, sin embargo, no se agota ahí”.
¿Qué Castilla es la que completa a esa que pintan los hombres del 98? Por un lado, son las tierras cantábricas con sus plegamientos y feracidad, que también son Castilla y que aporta incluso los genes de su idioma. La Castilla menos exaltada literariamente pero no menos bella, la de los Valles del Duero donde revientan los verdes, la de Soria, habitada por fantasmas, la de Burgos y Palencia. Por otro lado, y he aquí lo absolutamente distintivo en Delibes: la Castilla que cobra la voz de sus hijos, la voz del drama y del amor, la voz del dolor y de la alabanza, la voz del juego y de la muerte:
“Mientras amortajaban a su amigo, el Moñigo y el Mochuelo fueron a la fragua:
—El Tiñoso ha muerto, padre –dijo el Moñigo. Y Paco, el herrero, hubo de sentarse a pesar de lo grande y fuerte que era, porque la impresión lo anonadaba. Dijo, luego, como si luchase contra algo que lo enervara:
—Los hombres se hacen; las montañas están hechas ya.
El Moñigo dijo:
—¿Qué quieres decir, padre?
—¡Que bebáis! –dijo Paco, el herrero, casi furioso, y le extendió la bota de vino” (El Camino, 1950)
Delibes es el heraldo y el sutil denunciante de la Castilla profunda, de la Castilla sintiente y doliente, de la Castilla maltratada y olvidada:
“Un hombre que vive en una cueva y no dispone de veinte duros para casa viene a ser un vagabundo ¿no? Tráemele y le encierro en el Refugio de Indigentes sin más contemplaciones.
—Aguarda, Jefe. Ese hombre no pordiosea. Tiene su oficio.
¿—Qué hace?
—Caza ratas.
—¿Eso es un oficio? ¿Para qué las quiere?
—Las vende.
—¿Coméis ratas en tu pueblo?
Son buenas, Jefe. Fritas con una pinta de vinagre son más finas que codornices.
Fito Solórzano estalló de pronto:
—¡Eso no lo puedo tolerar! ¡Es un delito contra la salubridad pública!” (Las Ratas, 1962)
Las criaturas delibeanas se levantan como las voces omitidas de la Castilla literaria del 98 y, en ese sentido, la intuición de Umbral es perfecta. La Castilla árida y terrible, la de muros resquebrajados y largos silencios, la que llora por no poder ver el mar guarda un reverso que es la voz de sus hijos; por eso, leemos con regocijo a la Generación del 98, pero nos unimos a la voz quebrada del Azarías: “¡Milana bonita…!” Y aguardamos que la Milana se pose en su hombro, para saber que todo está en su lugar.












