Lo que está derrocando Trump —y la brutal, la salvífica intervención en Venezuela sólo constituye el primer acto de tal derrocamiento— es el viejo orden del mundo, el que, imperando desde hace 80 años, tenía las ínfulas de dominar el orbe imponiendo por todas partes, junto con la correspondiente verborrea, la partitocracia propagandísticamente denominada «democracia».
Cuando entre las filas de la derecha patriota y soberanista hay quienes empiezan a andarse con remilgos y a llenarse de mala conciencia ante lo que, por un lado, les es imposible condenar —el derrocamiento de un tirano—, pero, por otro lado, es considerado como un execrable ataque contra la soberanía nacional de un país hispanoamericano; remilgos y mala conciencia se van sin duda a incrementar el día —crucemos, esperanzados, los dedos— en que la tiranía castrista, vulnerada también su soberanía nacional, caiga como ha caído la chavista[1]; cuando tales cosas suceden, causa auténtico placer escuchar las reflexiones, tan clarividentes como profundas, que Fernando Paz, dejándose de pamplinas y de moralinas, desarrolla sobre todo ello.








