Dos de los grandes movimientos políticos de los últimos años han sido el feminismo y el inmigracionismo.
El feminismo es más que el feminismo militante. El feminismo de las feministas teóricas es muy minoritario, un elitismo de la femme, y afecta en realidad a la vida de pocos hombres. El que nos llega es el otro, el feminismo aplicado, vulgarizado, de las mujeres no ideológicas.
Y este feminismo es la igualdad, el criterio de la igualdad. Antes había cosas de hombres y cosas de mujeres. Ahora hay cosas, a repartir 50-50, con alguna excepcional concesión a la biología; en caso de incendio, se queda el hombre, que asume además un plus paganini pues el fifty-fifty en los restaurantes y en todo queda muy mal (la tasa de ahorro femenina es siempre más alta).
El principio de igualdad se va proyectando sobre la vida de la pareja. Incluso en lo no igualable, como en el sistema de permisos y licencias para cuidar del lactante, que parte de considerar al hombre (el hombre del carrito) igual que a la madre, cuando el hombre tiene, como mucho, voluntad josefina.
Pero donde la igualdad se proyecta como una ley de hierro es sobre una cosa: las tareas domésticas.
Por qué soy feminista, se preguntó Simone de Beuavoir y no me acuerdo de lo que dijo pero la verdad no fue, porque la verdad es: para no plancharle las camisas a Sartre.
El feminismo teórico lésbico-amazónico ttanshumanista será todo lo sofisticado y delirante que se quiera, pero su base es esa: no planchar; y el feminismo aplicado, que se extiende desde la mujer de extrema izquierda a la de extrema derecha, asume por completo la igualdad.
Una mujer que planche la camisa a un hombre es nuestro islam. Es integrismo ibérico. «La camisa, Manolo, te la planchas tú solo». No es que no borden la camisa como ayer, ¡es que no la planchan!
Si acaso, se contrata a alguien aunque haya que comer atún todos los días (y tampoco, porque el atún, según qué atún, lo venden ya en cajitas de seguridad en el supermercado).
Ahí llegamos a la otra gran política de estos años: la inmigración occidental. Entran millones de personas: unas no se sabe a qué; otras dicen que a trabajar, aunque no lo hagan, y muchas, sí, a hacerlo en puestos de trabajo creados ex profeso, como el trabajo doméstico. La inmigración ha permitido contratar, a bajo precio, a asistentas que planchan, cuidan, friegan… Esto ha evitado en muchas ocasiones la gran batalla ideológica entre sexos. Porque hay un feminismo latente, no declarado, ¿acaso la mujer pepera no sabía durante estos veinte años que la Ley de Violencia de Género le daba armas contra el hombre? Se hicieron las longuis.
La mujer de los 90 pudo ser la mujer-mujer que quería Aznar porque entraron millones de asistentas a bajo coste. Y ahora, las mujeres centristas se permiten no ser feministas explícitas porque están las señoras inmigrantes.
Pero hay que insistir: la mujer no ha rechazado ninguna conquista del feminismo.
Y ese feminismo ha amurallado la conquista del no planchar, ayudándose de la inmigración.
Hablo de planchar aunque es extensible al fregar, actividad bastante irritante. Ya Agatha Christie decía que fregando los platos le venían las ideas de asesinatos para sus novelas. Pero planchar es más, porque no se friega el plato o el cuchillo del marido, pero sí la camisa. Planchar la camisa es un atavismo, es una sumisión. Lo hacían las mujeres por las tardes oyendo en el transistor coplas y canción melódica.
Ni liberalismo, ni marxismo cultural, ni conspiraciones… No hay que perder el foco. Las grandes ideologías y movimientos políticos de los últimos años se han dirigido o se han fundamentado en que la mujer no le planche la camisa al marido, estampa inimaginable si uno observa a las mujeres de hoy.
Esto invita a mirar estos fenómenos con total realismo sabiendo que de su lado tienen, aunque no lo digan, a más de media población, con absoluta transversalidad. La mujer no va a volver a plancharnos las camisas. Muchas criticarán el ministerio de Igualdad y considerarán excesiva la inmigración, pero íntimamente sabrán que son su aliados contra la plancha, la tabla y el vaporcillo.
© La Gaceta
Mientras le planchan, amigo, la camisa;
o cuando haya dejado, amiga, de plancharla,
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