«Por primera vez en la historia, nuestros jóvenes son más pobres que sus padres», se suele reconocer ante la evidente precariedad que les aflige. Sin embargo, la anterior contestación suele ser contrarrestada por los turiferarios del Sistema alegando que «Nuestros jóvenes son, en cambio, la generación con más títulos de nuestra historia».
Con más títulos, seguro: como para empapelar una habitación o lanzarlos por la ventana como aviones de papel. Que la titulitis que embarga a nuestra sociedad no tiene nada que ver con la inteligencia es algo que ya sabíamos o intuíamos sobradamente. Pero ahora, gracias a este artículo de Hughes, lo sabemos con toda claridad.
Se dice, y todo apunta a que será así, que esta generación de jóvenes será la primera de la historia que viva materialmente peor que sus padres. Parece título de legitimidad suficiente para una revolución y a ello se agarran los mayores, que confían en que la juventud cambie las cosas. Esta esperanza late incluso en el ánimo de las personas menos optimistas y progresistas.
Confiamos en los jóvenes, aunque su panorama no es alentador. Primero, porque pesan poco demográficamente y aun pesarán menos con las oleadas de inmigración; segundo, porque hay sospechas de que el empeoramiento generacional no acaba en el salario y la vivienda.
Hace unas semanas, tuvo cierto eco la intervención en el Senado de los EE .UU. de un neurocientífico, Jared Cooney Horvath, que anuncia un hecho alarmante: los jóvenes de esta generación podrían ser los primeros de la historia en ser menos inteligentes que sus padres.
La causa, según Cooney, es el papel de la tecnología en la educación. Las pantallas, frente a la lectura tradicional, deslocalizan, por así decirlo, el deslizante objeto de estudio, no lo fijan y dificultan así que nuestro cerebro pueda realizar el mapa mental a partir del cual recordamos y aprendemos. Falla la ubicación física de lo que se lee.
Esta sería una de las causas del empeoramiento cognitivo de la generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) observada en los datos PISA, que muestran una relación inversa entre el consumo de pantallas y los resultados en comprensión lectora o resolución de problemas matemáticos.
Para ser justos, no se trata de un salto o mutación generacional, sino más bien de la culminación en ellos de un deterioro apuntado. En algunos estudios se anticipó un empeoramiento de la inteligencia de los nacidos a finales de los 70 y en Finlandia, por ejemplo, se comprobó en los test que realizan a los reclutas militares que los resultados comenzaban a bajar desde 1997.
Se llamó efecto Flynn al aumento constante y generacional de los resultados en los tests de cociente intelectual. El CI subía entre dos o tres puntos por década. Pero hace ya unos años ha empezado a observarse lo que parece una involución, y los jóvenes zeta o zoomers serían oficialmente más tontos que los millennials, que ya es decir.
Hay, añadido, un efecto especialmente cruel. Su inteligencia generacional decrecería justo cuando fluye una mayor cantidad de información. Este manejo por su parte de abundantísimos datos de los que no dispusieron sus antecesores provoca en ellos una «ilusión de conocimiento», la impresión de ser mucho más listos de lo que en realidad son. O sea, lo que siempre le ocurrió a la juventud, solo que de un modo más acusado. Una especie de gran y generacional efecto Dunning-Kruger.
Quizás esta sensación, este velo de superioridad intelectual, explique la especial desesperación e impaciencia que muestran ante lo que ellos consideran el retardo cognitivo de los boomers, sus mayores.
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