Ahí, en el hecho de que Manolo no va a levantarse, está todo el drama del populismo. «Por sí solo —escribe Carlos Esteban en La Gaceta— el pueblo nunca se mueve y es capaz de soportar injusticias sin cuento». Pero al mismo tiempo, dado lo que son nuestras miserables élites, es imposible, si se quiere cambiar el mundo, no contar con el pueblo.
Sobre todo porque Manolo también es capaz de hacer ciertas cosas, que parecen pequeñas, pero son muy grandes. Son ésas que, estando más allá de la política, llamamos «metapolíticas».
Una buena porción de los mensajes en la fachosfera mediática consiste en expresiones de desánimo exasperado, describir un nuevo desmán intolerable del gobierno seguido de la constatación desolada de que la gente lo soporta sin inmutarse. Variante final: «¿A qué espera la gente para levantarse?».
Pero la gente no se levanta. El pueblo no decide nada. El comunismo llegó a algo práctico cuando un militante marxista, Lenin, entendió que Marx se equivocaba, que el proletariado no se iba a levantar espontáneamente, que nunca lo ha hecho a lo largo de la historia. Así creó el utilísimo concepto de «vanguardia revolucionaria», que funcionó bastante bien hasta el día de hoy.
El pueblo es una maza, un arma, un instrumento en la lucha política. Llegado el momento, decide el resultado, pero nunca como protagonista, sólo como comparsa. Ni la Revolución francesa ni la Revolución de Octubre fueron levantamientos populares. Por sí solo, el pueblo nunca se mueve, y es capaz de soportar injusticias sin cuento.
En la Edad Media sí hubo revueltas genuinamente populares, como la Jacquerie francesa o la Guerra de Wat Tyler en Inglaterra. Fueron, naturalmente, aplastadas sin contemplaciones. Pero el arquetipo es poderoso y persiste en nuestras mentes. La revuelta popular es siempre, si se me permite el juego de palabras, extraordinariamente popular entre la audiencia, en buena medida por una propaganda incesante, pero también por el sustrato evangélico de nuestra cultura: los últimos serán los primeros; dichosos los que lloran, lo que tienen hambre, los mansos.
Por eso es un reflejo automático en la mayoría de nosotros ver escenas de revuelta y ponernos del lado de los insurgentes incluso antes de saber qué piden. Nos ha pasado con el Maidán, con las Primaveras Árabes, con todas las revoluciones de colores. Luego, ampliando la foto, hemos podido localizar a Victoria Nuland[1] repartiendo galletitas, y quizá aprender que nada ha sido tan espontáneo como parecía.
Es injusto, además de inútil, exigir a Manolo que «se levante». Ya lo hace muy temprano cada mañana para buscarse las habichuelas en un entorno cada vez más áspero. No tiene ni tiempo ni afición para meterse en política. Tampoco una red, medios, financiación, programa.
Manolo entendía que vivir en una democracia significaba que no tendría que temer un gobierno tiránico y opresor porque los votos lo eliminarían de un plumazo y la Constitución lo impediría. Ahora mira a su alrededor y ve a sus compañeros junto a la máquina de café o en el bar despotricando unánimes. Y se pregunta cómo es posible, si estamos en una democracia.
Y sí, lo estamos. Pero es que la democracia, en el mundo real, no funciona como Manolo cree. En el mundo real, el ciudadano aparece cada cuatro años para depositar una papeleta entre opciones previamente filtradas, empaquetadas y financiadas por organizaciones que no controla. Después vuelve a su vida. Y el sistema sigue funcionando sin él. La «indignación», por sí sola, no lleva a ninguna parte en política. Para que sirva para algo, necesita cuadros, financiación, logística, redes, propaganda, liderazgo. Exactamente las cosas de las que Manolo carece.
Pero los grandes cambios son siempre culturales en primer lugar, y la sociedad no cambia con un cambio de gobierno, sino cuando millones de personas modifican pequeñas cosas en su propia vida: lo que dicen, lo que toleran, lo que enseñan a sus hijos, lo que están dispuestos a aceptar en su entorno inmediato. Eso sí puede hacerlo Manolo. Y la política visible viene después.
© La Gaceta
Victoria Nuland: fue portavoz del Departamento de Estado norteamericano durante la presidencia de Obama y muñidora del golpe de Estado de Maidán en Ucrania. Durante él se dedicó, entre otras cosas, a distribuir galletas a los manifestantes. (N. de la Red.) ↑




















