Temeroso, sin duda, de que vuelvan a hacer con él lo que le hicieron a Kennedy, Donald Trump, —milagrosamente vivo después de los tres atentados que sufrió durante su campaña electoral— ha desclasificado toda la documentación relativa al asesinato de Kennedy. Régis le Sommier, periodista y antiguo reportero de guerra de Paris Match, la ha estudiado y deja totalmente clara su conclusión.
¿Quién mató a J. F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963?
En conjunto, la publicación de estos 80.000 documentos clasificados revela que el asesinato de Kennedy lleva el sello de la CIA de principio a fin, así como el del FBI y el de la mafia estadounidense. Una CIA que actúa con fondos federales como una organización de matones capaz de reclutar a los peores individuos para llevar a cabo los peores chanchullos con fines que a menudo pueden parecer un poco extraños.
¿Por qué lo mandaron asesinar?
Kennedy era un presidente que realmente quería cambiar las cosas en Estados Unidos. Igual que cierto presidente recientemente elegido. Pero en Estados Unidos, al «estado profundo» no le gusta mucho que las cosas cambien. J. F. Kennedy pretendía pagar a la CIA para que «volviera a la caja» y, sobre todo, para detener la guerra de Vietnam, que él mismo había iniciado. Aquí se topó con poderosos grupos de presión, lo que Eisenhower llamó «el complejo militar-industrial». Kennedy estaba, por tanto, en el camino de la CIA y, desde un punto de vista económico, de las grandes corporaciones.
También hay que recordar que fue un presidente inesperado que fue elegido por los pelos. A J. F. Kennedy se le consideraba «al margen del establishment WASP (protestante anglosajón blanco)» porque era católico y formaba parte de una minoría irlandesa-americana. Su llegada a la vida americana no fue la chispa de glamour y belleza que las revistas le pintaron en su momento. Tenía muchos enemigos y se enfrentó a un trabajo desde dentro, como dicen los estadounidenses, en el que participaron no sólo la CIA, sino también otros servicios de inteligencia que, nacidos más o menos en la misma época, trabajaban codo con codo en aquel momento, como el Mossad y los servicios australianos. Algunos también han especulado con que los israelíes tenían interés en deshacerse de Kennedy.
¿Los 80.000 documentos desclasificados revelan alguna otra información anteriormente secreta?
Uno de los documentos desclasificados atestigua la presencia de George Bush padre en Dallas el día del asesinato de Kennedy —algo que nunca antes se había revelado—, quien al parecer estuvo en contacto con uno de los protagonistas de la historia. Recordemos, por lo demás, que George Bush padre fue un agente de la CIA que se convirtió en el jefe de la misma después de ser embajador de EE. UU. en China.
¿Qué podemos aprender de la desclasificación del expediente JFK?
La debilidad y la fuerza de la CIA. Esta información revela demasiado sobre el estado de ánimo de la CIA y su comportamiento durante las operaciones. En aquella época, sus agentes se comportaban como matones capaces de aliarse con miembros de la mafia con una obsesión: comerse el comunismo. Cuando se leen estos documentos, uno se da cuenta de que eran capaces de llegar muy muy lejos. Cualquier idea descabellada, como envenenar el azúcar cubano destinado a la Rusia soviética o envenenar las vacas de Alemania del Este, fue estudiada, desde el momento en que la CIA atacó al mundo comunista.
¿Cómo explica la decisión de Donald Trump de llegar al fondo del asunto JFK?
Hay dos aspectos. Uno tiene que ver con la batalla personal de Trump contra el Estado Profundo, que se ha puesto muy de manifiesto durante este segundo mandato. Se dio cuenta de que en 2016, un poco como Kennedy, tenía a todo el mundo encima, el establishment, los periódicos, el New York Times, etc., que le impedían hacer muchas cosas. Esta vez, el objetivo de Donald Trump es limpiar el Estado Profundo. Sin hacer una asociación absoluta entre ambos hechos, también ha escapado a tres intentos de asesinato. Se está librando una verdadera batalla entre estos dos polos que narcan a los Estados Unidos de hoy: uno, aislacionista, que hace hincapié en el poder estadounidense en interés de «los estadounidenses primero», y el otro, para el que la influencia americana es el vector de una ideología universal.
A otro nivel, al desclasificar estos documentos, Trump busca satisfacer a su ministro de Sanidad, Robert Kennedy, que se pregunta por la muerte de su padre (Bob, asesinado en 1968) y de su tío (JFK) y que ha sido huérfano toda su vida. Este Robert Kennedy tuvo una influencia considerable en la campaña. Su nombre tendió un puente hacia un electorado demócrata que no estaba naturalmente interesado en Donald Trump.
Otras «desclasificaciones» están en curso: las relativas a los asesinatos de Robert Kennedy, hermano de JFK, y de Martin Luther King. También debería arrojarse toda la luz sobre el caso Epstein. ¿Podrían estas revelaciones tener un impacto en la política estadounidense?
No lo creo. El público descubrirá que las agencias federales tuvieron un impacto en estos casos y que todo esto no está muy claro. Es probable que el asunto Epstein avergüence al clan Clinton; puede que descubramos más cosas sobre los que fueron a la famosa isla de Jeffrey Epstein. Es una forma de mostrar cierta connivencia entre las élites demócratas, en su mayor parte. Quizá sepamos más sobre la muerte en prisión de Jeffrey Epstein.
¿Cuáles podrían ser los próximos pasos en el caso Kennedy?
Con Donald Trump, la CIA, ese pulpo en expansión, va a «volver a su caja». El nuevo presidente pretende poner un poco de orden en esa galaxia que va de la CIA a los neoconservadores y que ha estado muy presente, especialmente en todo lo que ha sucedido en torno a las revoluciones de colores, de Georgia a Ucrania, pasando por Moldavia, y muchos otros países, en nombre de una «ideología suprema estadounidense» a la que quiere poner fin. En la era Bush, por ejemplo, la supremacía de la CIA llegó incluso a desbancar a la ejercida por el Pentágono. Donald Trump quiere volver a un equilibrio entre las agencias y reutilizar un ejército reorientado únicamente hacia los intereses estadounidenses (control de las fronteras y lucha contra el narcotráfico) en lugar de enviarlo a Ucrania, donde quiere firmar un acuerdo a toda costa para no tener que asumir una derrota que es la de Joe Biden. Trump cree en un mundo tripolar EE. UU.-Rusia-China. A través de un diálogo firme con Putin y Xi Jinping, siempre en interés de los estadounidenses. Por el momento, hay mucho en juego en el Congo, Groenlandia y Ucrania en torno a las tierras raras, donde se encuentra el cobalto y los minerales para productos informáticos y misiles de alta tecnología. Un nuevo mundo está tomando forma, y el lugar de Europa en él es todavía incierto.
© Boulevard Voltaire