Con ser tremendo, y mucho, todo lo que nos cuenta Hughes desde su atalaya de La Gaceta, lo peor es su colofón. Lo que a uno le hiela el alma es esa conclusión en la que evoca la «reacción supuestamente cristiana, supuestamente derechista y supuestamente patriótica que en esas horas se puso de acuerdo con la izquierda global propalestina y tercermundista», y de la que promete hablarnos (esperémoslo ardientemente) otro día. Que zurdos y derechones, que progres y liberalios se comporten de las ruines formas que Hughes nos explica no deja de ser, en últimas, algo lógico y normal. Está en su ADN. Pero que entre los mejores y más lúcidos defensores de los principios espirituales, patrióticos y de derechas pueda haber un número pequeño pero significativo de quienes, en la elección a la que toda guerra obliga, optan por renegar de Occidente y elegir el campo de nuestros enemigos, esto francamente…
Por lo que se ha contado y hemos podido leer, el Domingo de Ramos sucedió algo en Jerusalén que podría considerarse un exceso de celo o una falta de sensibilidad. Impedir el acceso al Santo Sepulcro al cardenal Pizzaballa se justificaba por razones de seguridad aplicadas a todo el entorno, y a otras confesiones, pero era algo que podía inflamar los ánimos. Se juntaban quizás el hambre y las ganas de comer, Esto provocó unas reacciones aceleradas de encono y alarma religiosa y civilizacional. Y los primeros en salir a pedir explicaciones, curiosamente en nombre de la Cristiandad, fueron sus lentos asesinos, políticos como Macron, Kallas, Carney o nuestro Sánchez (y digo nuestro porque, en el fondo, nos lo merecemos). Hubo alguien en X que se entretuvo en buscar las veces que esos líderes habían mencionado en sus mensajes la palabra «cristianismo»: entre una y ninguna.
Los más tontos de España, que gracias a la tecnología ya sabemos dónde están, corrieron a interpretarlo como una reafirmación de soberanía y valores cristianos de Sánchez, que como reloj parado daba la hora correcta hecho todo un paladín cristiano.
Con el «cristianismo» en la boca, el domingo, en realidad, el globalismo progresista de Macron, Kallas (Vicepresidenta de la Comisión, ojo), Sánchez y compañía, agarraba con fuerza la bandera izquierdista, la única que ahora pueden ondear: la de la cuestión israelí.
Así es desde el 7-O, donde, ya sabemos, algunos mataron y luego violaron a las muertas sin que esto estremeciera demasiado las lorzas más piadosas.
Desde entonces, y aprovechando la respuesta temible de Israel, el centro de la política está allí, donde confluyen el anticolonialismo, el antiimperialismo, el antiamericanismo, el antioccidentalismo (con sus derivadas migratorias, culturales y raciales) y, ahora, el antitrumpismo. En algunos casos, en algunos países, el electorado crecientemente musulmán empuja a ello; en otros, como el de Sánchez, operan el vicio y la oportunidad.
Esta bandera sirve al globalismo de enganche, pues andaba renqueante después de que el torbellino de Trump destrozara las causas woke y climática. Entramos así, pasada la abstrusa noción del género, otra vez en lo binario, con una izquierda a la vez nueva y a la vez de siempre, que divide el género humano radicalmente entre contrarios y partidarios de Israel. La izquierda, anémica, ha encontrado otro yacimiento de superioridad moral. Es el maniqueísmo habitual representado en la espantosa figura del individuo español con la kufiya, llevada como pasmina de hipermoralidad.
En eso estamos, y el globalismo occidental se agarra a ese emblema tercermundista, que todo lo resume y que casa bien con sus políticas de inmigración y victimismo radical ya muy visibles en las grandes capitales. Donde haya una víctima, ellos pondrán su espejo reflectante para robarle ‘victimación’. La novedad y hasta lo gracioso es que el domingo lo hicieran mencionando el cristianismo, preocupados por la libertad religiosa de los cristianos, precisamente en Israel, donde, que sepamos, se garantiza mejor que en Irán y en otros tantos sitios que nada les importan.
En unas horas, se formó con ello una especie de Black Lives Matter cristiano, que en realidad era más bien un BLM antiisraelí, y en el fondo, y sobre todo, un BLM contra la derecha, la realmente existente y la que para ellos es una amenaza: Trump, Orban y sus socios. El policía israelí ponía su rodilla sobre George Floyd, que ahora era la Cristiandad, y la foto, de parecido modo y con parecidos altavoces, sin más datos ni contexto, se abandonaba a la pura emotividad.
¡Y qué emotividad! De inmediato se supo que el cierre era general, que el Muro de las Lamentaciones estaba vacío o que habían caído muy cerca restos de un misil iraní interceptado, pero a esa hoguera de la izquierda globalista tercermundista se le había sumado ya la gasolina de quienes quisieron entender, sin más datos, el sucedido como un ataque judío al cristianismo. Tomaban cuerpo así las fantasías más delirantes y húmedas de algunos que el domingo seguro mojaron las sábanas. Esta presión, que había que verla, propició que, sin mucha convicción o, simplemente, con un tono más comedido, las derechas occidentales fueran saliendo a hacer acto de presencia. ¿Hasta qué punto hubo en eso cierta concesión?
La reacción supuestamente cristiana, supuestamente derechista y supuestamente patriótica que en esas horas se puso de acuerdo con la izquierda global propalestina y tercermundista merecería otro humilde artículo.
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