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TRIBUNA
¿Hay que volver a Stonehenge?

Antonio Martínez

10 de enero de 2011
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ANTONIO MARTÍNEZ

Existen noticias que, como cumpliendo un rito, retornan a periódicos y telediarios todos los años por las mismas fechas. Así sucede, cada junio, a principios de la temporada estival, con el consabido aviso de dermatólogos contra los rayos ultravioleta y sobre la necesidad de utilizar cremas protectoras. Y así sucede también, cada última semana de junio, con las fiestas y ceremonias neopaganas que se celebran, al amanecer del día 21 o 22 –solsticio de verano- en torno al cromlech de Stonehenge, el más célebre monumento megalítico del mundo.

 Existe, sin duda, un aura fascinante de misterio alrededor de los trilitos concéntricos de Stonehenge: las enormes piedras milenarias, la soledad silenciosa de la inmensa planicie que las rodea. La enigmática relación entre la disposición de los megalitos y la posición del Sol y de la Luna en determinadas fechas del año. Los occidentales de nuestros días –sobre todo los europeos anglosajones, tan proclives al mundo céltico y al universo neolítico-, desencantados de las religiones tradicionales, vuelven sus ojos al mundo precristiano de Stonehenge. Y, cada 21 de junio al amanecer, algunos de ellos, al parecer ya ingresados en la Era de Acuario, se visten con largas túnicas druídicas y entonan junto al cromlech de Stonehenge cantos evocadores y melancólicos.
 
En un Occidente que ha perdido el sentido de lo sagrado, contemplar los primeros rayos del alba en Stonehenge supone un regreso momentáneo al sentimiento del mundo que experimentaba el homo religiosus tradicional. Un hombre que siempre procuraba estar cerca de un “centro o eje del mundo” (una montaña sagrada, un árbol totémico, un megalito). Un hombre, además, que todavía no había roto la vinculación mística con la Naturaleza ni la relación entre el Cielo y la Tierra. El hombre occidental actual, alienado respecto a su entorno cósmico, recupera por un momento el estremecimiento metafísico originario ante las imponentes moles de Stonehenge.
 
Ciertamente, existe un algo de ridículo y tramoyesco en los disfraces neodruídicos de los pseudo-sacerdotes neopaganos, y en las cincuentonas británicas de estilo New Age que buscan en Stonehenge restablecer el vínculo con la Diosa Madre neolítica, tan fascinante para el feminismo místico contemporáneo. Aunque hay también, como decimos, un indudable elemento positivo en las ceremonias solsticiales de Stonehenge: el redescubrimiento del sentimiento cósmico de lo sagrado. Ahora bien: pretender refugiarse en esta especie de misticismo neopanteísta constituiría un síntoma de inmadurez. Existe, sí, una dimensión sagrada en el Sol y la Luna, así como en la noche estrellada y en el espacio cósmico en su conjunto; pero el desafío crucial que se le plantea al alma humana no se encuentra allí. Las grandes preguntas que nos interrogan sobre el sentido del mundo no pueden ser contestadas invocando ingenuamente el misterio de Stonehenge.
 
Por la misma razón, y como señalaba Jung, las religiones orientales no pueden dar cuenta del complejo drama espiritual que experimenta Occidente. El mundo occidental constituye hoy el resultado de una compleja confluencia de factores histórico-espirituales (fundamentalmente, cultura grecorromana, cristianismo e Ilustración, con el añadido del pathos germánico que está en la raíz del Romanticismo), y sólo en un matizado diálogo entre ellos será posible resolver las grandes aporías metafísicas de nuestro tiempo. Pretender reducir el problema a la necesidad de regresar a Stonehenge equivale a simplificarlo de una manera inaceptable. Aunque, en algún sentido, sí que haya que efectuar un cierto retorno -tal vez de la mano de Heidegger- a esa manifestación del ser originario del mundo que el hombre de nuestro tiempo intuye en el cromlech de Stonehenge. .
 
Stonehenge: ya un manido icono, una imagen desgastada por la repetición fotográfica, por el manoseo publicitario, por la profanación visual. Y, sin embargo, también un mensaje en cifra sobre el grial metafísico que, para escapar de su locura, necesita encontrar nuestro mundo.

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miércoles, 02 de noviembre de 2016

Stonehenge: nada de celtas

El monumento de Stonehenge no pertenece a la cultura celta: es muy anterior a ellos, y su uso y desarrollo se paró repentinamenta hacia 1600 a.C., probablemente por el cambio de cultura/religión causada por la llegada de los celtas desde el Cotentin, y antes de eso, desde el norte de España. No sabemos nada en absoluto sobre la lengua, la cultura o la gente que construyeron el monumento durante más de mil años.

# Publicado por: Edsel (Amberes)
martes, 11 de enero de 2011

Decadencia demagógica

De acuerdo completamente. Lo que hace falta es saber, no simplemente conocer (viajar para ver la foto del catálogo, da igual Pompeya que Atenas, ampliando el catálogo de ´´no lugares´´ de Marc Augé)

Saber para poder razonar con criterio. Amar para tener fe en nosotros y en los demás. Y una búsqueda incesante de sentido, de belleza, de Verdad. Mucho pedir en el país de la LOGSE, del amarilleo, de la prostitución (vivir del cuerpo a todos los niveles), del todo gratis sin sacrificio y de la subvención. Al final la ignorancia alimenta inercias como éstas, lo mismo que las lámparas UV antimosquitos. Decadencia sin duda. Amarga consecuencia del día a día sin esperanza. Cambiémoslo.

# Publicado por: Andrés Díaz (Madrid)
lunes, 10 de enero de 2011

No confundir

En la aparición de neopaganismos varios no se debe observar un renacimiento del espíritu antiguo, estos nuevos grupos creados pueden perfectamente, sin exagerar, ser la antítesis de esa religiosidad tradicional europea. Cualquiera que se tome la molestia de informarse de esas organizaciones observará que en su mayoria son hippies que aburridos en su casa prefieren ir a hacer el paripe descalzos andando por la hierba mientras hablan de amor libre. Es difícil comparar estos neodruidas con los druidas antiguos que preparaban a los guerreros a la muerte y el sacrificio en la guerra, el respeto a la jerarquía y al orden y sin caer en un ecologismo romántico burgués. Siempre que el retorno a esa religiosidad sea sincera, será sana para occidente y resolverá esos problemas de identidad y vacío actuales, pero esa religiosidad superficial de pacotilla es mas un síntoma de decadencia que otra cosa que una esperanza

# Publicado por: Alberto Bermejo (Alicante)
lunes, 10 de enero de 2011

Diálogo imprescindible

Entre el hombre espiritual y su alma (en sentido de Ortega), entre nuestra obra material/dogmática y la necesidad de fe. br br Sin caer en ecologismo ni atrasismo ninguno, considero necesaria la contemplación de la Naturaleza como cuna y sustento, como obra de Dios, actualizando la concepción judía y ´´compaginándola´´ con el Cielo y la Tierra del cristianismo. br br Maravillarse por la disposición de los pétalos de una flor (ánimo), basarnos en ella para construir (espíritu) y sentirnos partícipes del conjunto de la obra, natural y propia, presente y pasada, en pos de la belleza. A mi juicio primer paso hacia la re-espiritualización de Occidente.

# Publicado por: Andrés Díaz (Madrid)
lunes, 10 de enero de 2011

Mejor dicho, imposible.

Gracias a Dn. Antonio Martínez. Una brisa refrescante entre tanto estúpido recurso, en casi todos los ámbitos de la cultura, a esoterismos varios cuyo fundamento es siempre la misma pérdida de la relación con lo sagrado. Cabe preguntarse hasta dónde la sociedad de masas, consumo, mercado, podría reaccionar. Sí, reaccionar sin regresos a ´´lo reaccionario´´, como viene ocurriendo, por ejemplo, en mutitud de nuevas asociaciaciones católicas que fundamentan su ser y acción en una fidelidad sin fisuras a Roma, a un Vaticano cuya Curia niega a cada rato la esencia del cristianismo: amor y libertad para los hijos de Dios. Sólo un ejemplo.

# Publicado por: Pedro María Górriz (Berango, Vizcaya)
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