La hora de Putin

Ojalá la victoria de Rusia coincidiera con una revolución espiritual en Occidente, antesala para la eclosión de un nuevo amanecer del mundo y de una nueva civilización.

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Han pasado ya algunos días desde que el presidente ruso Vladimir Putin concediera una entrevista histórica al conocido periodista norteamericano Tucker Carlson en Moscú. Una entrevista cuyo simple anuncio había causado, por cierto, una reacción completamente histérica en los medios prodemócratas de Estados Unidos, en los que se calificaba a Carlson de “traidor” simplemente por hacer su trabajo —¿acaso no es periodista?— e incluso se pedía que se le prohibiera retornar a Estados Unidos, ya que —se comentaba con soberbia y malicia— “no tendría problema alguno en encontrar un puesto en algún medio ruso”. Mientras tanto, la inefable/infumable Hillary Clinton lo tachaba de “tonto útil” al servicio de la propaganda del Kremlin, mientras que la Unión Europea, con su habitual seguidismo lacayuno respecto a Washington, decía plantearse imponer “sanciones” al díscolo Tucker Carlson, tan distinto del periodista promedio en Europa occidental, que sigue la línea argumental ordenada por sus jefes servilmente y sin rechistar.

Ahora la entrevista ya es historia y muchos han podido oír de primera mano —y tal vez también por primera vez— al presidente ruso. En su encuentro con Carlson, Vladimir Putin se ha circunscrito a ser lo que sabíamos que él es: un hombre comedido, racional, sensato, objetivo y perfectamente consciente de la enorme responsabilidad que comporta ser presidente de un país como Rusia. Nada de histrionismo, de bravatas ni de agresividad innecesaria (en realidad, su caso me recuerda un poco al de Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante largos años ridículamente caracterizado por los medios mainstream europeos como intransigente Panzerkardinal). Más bien, Putin representa todo lo contrario: un apabullante sentido común y unas reiteradas ofertas de negociación, saboteadas hasta ahora una y otra vez por Biden y la OTAN.

Por supuesto, sería ingenuo hacerse ilusiones y esperar que, tras visionar con ánimo ecuánime la entrevista, los dirigentes occidentales recapacitasen y aceptaran esa oferta de negociación que, para empezar, podría provocar un alto el fuego inmediato en Ucrania. Algunos políticos y analistas de lo que, desempolvando con grandilocuencia una expresión bien conocida, se ha calificado a sí mismo en los últimos tiempos como “el mundo libre”, tal vez sí hayan corregido al menos un poco, tras ver la entrevista, sus prejuicios contra Putin. Sin embargo, sabemos que la mayoría no lo hará, atados como están a una retórica de la que sienten que no pueden desdecirse (recuerde el lector aquello de sostenella y no enmedalla). No lo hará Biden, no lo hará Scholz, no lo hará Stoltenberg. La solución al desastre de Ucrania es muy fácil: “Nos hemos equivocado todos. Creíamos que Rusia colapsaría por el esfuerzo bélico. Que las sanciones estrangularían su economía. Creíamos muchas cosas que luego no han sucedido. Ya le pediremos cuentas a la Rand Corporation. De momento, y dado que, para empezar, los países OTAN nos estamos quedando sin munición que suministrar a Zelenski, vamos a decir que estamos dispuestos a sentarnos a negociar”. Por desgracia, todos sabemos que es muy poco probable que este ataque de sentido común realmente se produzca.

Por cierto, creo que he cometido un error de razonamiento en el párrafo anterior. Decía que tampoco los dirigentes occidentales corregirían sus prejuicios contra Putin. Ahora bien: en realidad, tales prejuicios no existen. Es decir, ellos saben perfectamente que Putin es, en efecto, un político sensato, racional y verdaderamente dispuesto a negociar. Otro tipo de dirigente tal vez hubiese considerado la voladura del gaseoducto Nordstream, o los ataques terroristas ucranianos sobre territorio ruso (no acciones de guerra dentro de una lógica militar, sino provocaciones deliberadas, teledirigidas desde Washington) como casus belli suficiente para iniciar un conflicto de mayor alcance y consecuencias impredecibles para el mundo. Ahora bien, la OTAN se ha permitido estas peligrosísimas acciones precisamente porque sabe que Putin es como es. Que no respondería de manera desaforada. Y ello debido a su extraordinario temple, que hasta ahora nos ha salvaguardado de que se ponga en marcha una espiral bélica ascendente a la que parece mucho más proclive alguien como Dimitri Medvedev, ex primer ministro y actual vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia. Hace poco, por cierto, un alto mando del ejército español, preservando el anonimato, comentaba justamente lo mismo: que es increíble lo que está aguantando Putin para evitar que el mundo se deslice por la pendiente que llevaría a una Tercera Guerra Mundial.

Durante su larga entrevista con Tucker Carlson, Vladimir Putin dijo repetidas veces no entender el comportamiento de Occidente. ¿Por qué calla Alemania ante la voladura por parte de la OTAN del Nordstream, de la que ella es la principal damnificada? ¿Por qué el G-7 no reconoce lo que es evidente para cualquier analista mínimamente informado, a saber, que el mundo está cambiando, que vamos a un mundo multipolar donde el bloque de los BRICS va a tener cada vez mayor peso en todos los aspectos, que Estados Unidos ya no puede seguir manteniendo su dominio basado en la amenaza y la intimidación? En ese futuro que está a la vuelta de la esquina, la palabra clave es “cooperación”. Unos Estados Unidos inteligentes aceptarían su papel —desde luego, ya no hegemónico— en ese nuevo mundo. Unos Estados Unidos cegados por la hybris seguirían el camino marcado por halcones straussianos como Anthony Blinken o Victoria Nuland, según han venido remarcando los certeros análisis de Thierry Meyssan. ¿Qué necesita un analista tan inteligente como Guy Sorman para retractarse de sus contumaces errores? Por desgracia, aquí ya no se trata de una mayor o menor inteligencia, sino de una borrachera de soberbia y de ego. Y ya sabemos lo que decía aquel viejo adagio: errare humanum est, perseverare autem diabolicum.

Y es que, verdaderamente, parece existir algo que podríamos llamar “diabólico” en que Occidente insista en no hacer lo que sería más razonable e inteligente: parar la estúpida guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania y replantearse lo que pomposamente se ha llamado su “plan estratégico”. Un “plan estratégico” que, antes o después, puede desembocar en un conflicto bélico generalizado a escala mundial, por supuesto con uso de armamento atómico. ¿Es que Estados Unidos no sabe esto? Por supuesto que lo sabe. Entonces, ¿por qué sigue adelante con su desquiciada estrategia? ¿Simplemente está cayendo en lo que se viene llamando desde hace unos años la “trampa de Tucídides”? Ya se sabe que las potencias que han sido hegemónicas no ceden fácilmente su posición de dominio, y con frecuencia deciden entablar una guerra abierta con la nueva potencia emergente. Estados Unidos da por descontado, desde hace al menos quince años, un enfrentamiento futuro —y hoy ya próximo— con China, la nueva potencia global. Desde luego, no existe en el Pentágono, ni en la Administración Biden, un acuerdo unánime sobre los próximos pasos a dar. Por otra parte, las elecciones presidenciales de noviembre lo condicionan todo. ¿Qué hacer? De momento, seguir apoyando militarmente a Ucrania, pese a las nulas perspectivas de éxito militar. Y después, ¿qué?

El futuro se parece siempre al famoso gato de Schrödinger, que, antes de que abramos la caja, está vivo y muerto a la vez, pues en él se superponen todos los estados cuánticos posibles. Sin embargo, nuestra particular flecha del tiempo se encarga, a cada momento, de ir abriendo la caja de la Historia, de manera que alguno de los múltiples futuros posibles sea el que colapse convirtiéndose en el único presente real. Respecto al tema objeto del presente artículo, ¿qué nos traerá el futuro? ¿Un ataque o atentado de falsa bandera que lo cambie todo y precipite los acontecimientos? ¿Algún cisne negro a lo Nassim Taleb, completamente imprevisto? ¿Una huida hacia adelante del establishment anglosionista mundial, al ver amenazada la base de su secular poder financiero? ¿Alguna decisión incomprensible para los legos, pero lógica para los oscuros peritos en los “arcanos del poder” (arcana imperii), el más ínclito de los cuales, Henry Kissinger, nos ha dejado hace poco? ¿Nada de todo ello, o quizá todo ello en una combinación de vectores enredados e inextricables, que dé lugar a una resultante sorprendente? ¡Quién tuviera una bola de cristal para asomarse aunque fuera nada más que al futuro, casi inminente, de un simple año!

He decidido titular el presente artículo como “la hora de Putin”. Y, en efecto, en lo que a los futuros posibles se refiere, se abren básicamente dos opciones: por un lado, la anglosionista norteamericana, combinada con los delirios transhumanistas y woke de un Yuval Harari y con las apetencias totalitarias —un tecnofeudalismo 2.0 orwelliano— de un Klaus Schwab; y, por otro, la perspectiva de un mundo multipolar donde Occidente aprenda a cooperar con el bloque emergente de los BRICS, como reiteradamente preconizó Putin durante la entrevista. Lo segundo es, desde luego, lo más deseable; pero existe una voluntad diabólica de imponer como sea el primer camino, aunque ello suponga abocar al mundo a un abismo de destrucción como no ha existido jamás.

La hora de Putin: la hora de la paciencia, la firmeza y el sentido común. La entrevista de Tucker Carlson puede haber marcado un antes y un después. Quizá adivinemos pronto los signos de un nuevo Zeitgeist. Putin imagina un futuro espléndido de desarrollo para Eurasia, desde las zonas árticas de Siberia hasta los territorios de las repúblicas exsoviéticas, desde Kaliningrado hasta Vladivostok. En el otro lado del mundo, Bukele sueña con una Centroamérica unida y que siga el ejemplo extraordinario de desarrollo que representa Singapur. Muchas aventuras son posibles, al menos en teoría, si el mundo despierta de su actual estado de hipnosis colectiva: estado particularmente intenso en un Occidente idiotizado e infantilizado, con especímenes como Úrsula von der Leyen al timón —es un decir— de nuestra nave.

Algunas profecías de la vidente búlgara Baba Vanga parecen referirse a Vladimir Putin y aseguran que “Rusia prevalecerá”. Ojalá ello coincidiera con una revolución espiritual en Occidente —los países del Este de Europa nos marcan hoy el rumbo—, antesala imprescindible para la eclosión de un nuevo amanecer del mundo y de una nueva civilización.

 

 

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