Las corridas son actos de afirmación… nacional

José Tomás y El Juli: Genio de España

Compartir en:

Se puso en el centro, ahí, en el centro exacto. Quieto, estático, con su aire ensimismado, como de estar muy lejos… y al mismo tiempo ahí, siempre ahí: clavados los pies en la tierra, colocado el engaño en su sitio: de frente, con la zurda. Y la Fiera pasó. Pero el Hombre ni se inmutó. Ni un milímetro se movieron sus pies. Y la Fiera, alucinada, volvió. Y los pies del Hombre siguieron clavados en la arena. Y la Fiera una vez más repitió… Así ocurrió en los dos más grandes lances (hubo muchos más) de toda la corrida. La que el domingo 22 de julio se celebró en Ávila, y en la que José Tomás –de él hablaba– se las vio con tres toros de Zalduendo, y El Juli (extraordinaria corrida la suya) con otros tres.

Mano a mano, y benéficamente, torearon ambos esta corrida organizada por la Plataforma para la Defensa de la Fiesta, que con tanta maestría dirige Luis Corrales; Plataforma que destinará los fondos recaudados –el lleno fue espectacular: “hasta la bandera”– a importantes proyectos destinados a difundir y popularizar, “la Fiesta más culta de todas las fiestas”, que decía Lorca. 

“La Fiera” y “el Hombre”: frente a frente, buscándose, acechándose, acometiéndose… (A punto estuvo José Tomás –“el torero del espíritu”– de ser seriamente cogido por la Fiera: rodó por los suelos en más de una ocasión; su actitud, de tan digna, a veces hasta se hace temeraria). La Fiera y el Hombre… La naturaleza y el arteLa salvajidad y la heroicidad: de todo esto, de lo que se juega en el ruedo de una plaza española (o francesa; que la osmosis ha hecho que la afición sea enorme entre nuestros vecinos), es de lo que habían debatido por la mañana, en una Mesa Redonda organizada por la misma Plataforma, el filósofo Víctor Gómez Pin, el dramaturgo Albert Boadella (la víspera se había representado su obra Controversia del toro y el torero) y nuestro amigo Fernando Sánchez Dragó, quien ilustró su exposición con cantidad de anécdotas personales en las que se trasluce todo lo que de misterioso tiene el mundo de los toros (desde el recuerdo de la criada que anunciaba en su casa la muerte de Manolete hasta la reciente historia, en Barcelona, de “la chica Voltarén”). (Mesa Redonda cuya transcripción podrán leer en el próximo número de nuestra revista en papel El Manifiesto.)

Lo que se juega -decía- en el ruedo de una plaza de… España (o de Hispanoamérica, que para el caso da igual). ¿Hace falta precisar que ahí y solamente ahí, en las plazas de este único país (ya hice la precisión sobre la osmosis francesa), es donde tales cosas se juegan? ¿Hace falta precisar que “la Fiesta”, esa cosa tan especial, esa cosa que no tiene parangón con nada, esa cosa que no existe en ninguna otra parte del mundo, ha surgido única y exclusivamente como expresión de lo más propio del genio español? Pues sí, hasta esto, hoy, hace falta precisarlo. 

 
La obsesión antiespañola
 

La cuestión surgió al referirse alguien del público a las amenazas que, en Cataluña, el separatismo hace pesar sobre la más genuina de nuestras fiestas. Es cierta la respuesta que se le dio: el odio hacia España no explica por sí solo tal situación. Nada parecido existe, por ejemplo, en el País Vasco, donde sería perfectamente imaginable que, saliendo entusiasmado de una corrida en Bilbao o San Sebastián, un etarra (el ejemplo es mío) se fuera a quemar autobuses o a concluir la preparación de una bomba. La diferencia con Cataluña –explicó Víctor Gómez Pin– podría radicar en el mayor auge que en ésta tiene el igualitarismo “buenista” o “animalista” (la abolición de toda jerarquía entre el hombre y “las demás especies animales”: ¡a tales aberraciones lleva la muerte del espíritu!). Tal vez sí, tal vez sea ésta una parte de la explicación. El problema es que el “igualitarismo animalista” existe con igual fuerza en el resto de España, y sólo en Cataluña se ha desencadenado semejante furia antitaurina. Una furia que sólo se puede explicar por la conjunción de ambos factores: el “animalismo”… y la otra animalada: el rechazo de todo lo que, bajo el signo “España”, configura la identidad propia de Cataluña. 

 

Sea como sea, nada de ello puede justificar que los españoles cometamos una tercera animalada: ¡la de tener hasta vergüenza de enarbolar el carácter obviamente nacional de la Fiesta así denominada! Nada de ello puede justificar que se afirme, como se afirmó en dicha discusión, que habría que abolir el calificativo “nacional” dado a la Fiesta, o no enfatizarlo demasiado, o dejarse de gritos como el que resonó el 17 de junio en la Monumental de Barcelona, o como el que anteayer mismo se volvió a oír en Ávila: “¡Viva la Fiesta Nacional!”

 

¿Cómo habría que denominar entonces lo que constituye, sin duda, nuestra más alta realización colectiva, lo único probablemente que, junto a la gesta de América, quede de nosotros, como pueblo, en el mundo y en el tiempo? Puesto que de lo que se trata –diríase– es de complacer siempre a quienes, detestando a España, la denominan “el Estado español”, ¿habría que otorgar a la Fiesta de los toros la denominación de… “la Fiesta Estatal”?

Todos los artículos de El Manifiesto se pueden reproducir libremente siempre que se indique su procedencia.

Compartir en:

¿Te ha gustado el artículo?

Su publicación ha sido posible gracias a la contribución generosa de nuestros lectores. Súmate también a ellos. ¡Une tu voz a El Manifiesto! Tu contribución, por mínima que sea, dará alas a la libertad.

Quiero colaborar

Otros artículos de Javier Ruiz Portella