De putas y de idiotas

Ya no se combaten las ideas: se (des)califica al adversario ideológico, se le tilda de cualquier cosa y se le lincha en Internet. Lo sucedido con el doctor Martín López Corredoira y la retirada de su libro "Voluntad" de la web del Instituto Astrofísico de Canarias es un buen ejemplo de ello.

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Ya no se combaten las ideas: se (des)califica al adversario ideológico, se le tilda de cualquier cosa y se le lincha en Internet. El problema no es el método, creo, sino la propia ausencia de ideas. Vivimos la era de los lectores de titulares, los savonarolas dispuestos a reaccionar con histeria incendiaria antes de conocer la mitad de la mitad del fondo del asunto. Lo que importa no es atinar con el argumento, sino que la particular indignación de cada uno se sienta como muy legítima. El pensamiento humano, racional, ya no es el camino. Estamos en la viva y rugiente época de la emotividad beligerante. Cuanto más agresiva, mejor. Cuanto más ruidosa, mejor aún. Normal: todo el mundo tiene sentimientos, unos “se sienten” nacionalistas, otros “se sienten” de izquierdas, de derechas o de la parte de Huelva. Sí, todos tenemos sentimientos, aunque no todos tienen ideas. Pero no importa: para eso están los titulares.

Lo sucedido con el doctor Martín López Corredoira, la retirada de su página y reseña de su libro “Voluntad” de la web del Instituto de Astrofísica de Canarias es la anécdota. La categoría está un poco más allá de las galaxias y es bastante más difícil de entender: ¿por qué los necios se están convirtiendo en los amos del mundo.? Ya sabemos que en toda discusión, las personas razonables son las primeras en dar su brazo a torcer (“para ti la perra gorda”); y sabemos también que la estupidez es una fuerza incansable, tenaz, siempre alerta, siempre dispuesta a galopar. Verbigracia: un imbécil saca una cita de contexto (“Las mujeres son unas putas”, cuando el autor de dicho texto quiere argumentar lo contrario), otro imbécil lo tuitea y otros cincuenta o sesenta mil imbéciles llenan de firmas una petición de Change.org y vertederos similares para que a Martín López Corredoira (digamos) se le retire el título de doctor en Ciencias Físicas y Filosofía y se le degrade a cabo furriel en Chafarinas. Así va el asunto.

Tengo mi teoría sobre este fenómeno de las redes y las secciones de comentarios de la prensa digital sensacionalista. Por supuesto que la tengo: todos tenemos sentimientos, teorías y culo. Algunos tienen incluso cerebro. Resumo (mi teoría):

Las redes, entre otras cosas, son el refugio de los mediocres, los resentidos, los fracasados, los “ignorantes ilustrados” que alimentan su intelecto a base de ira súbita, los tiesos que veranean en casa del “cuñao” y echan la culpa de su mugre al gobierno; las redes son el lugar perfecto para desahogarse los tarados, los vagos, los inútiles sin referencias, los tontos de baba con derecho a rebuznar sobre cualquier asunto a 19,90 € mensuales, que es lo que vale una tarifa plana. Evidentemente, el número de usuarios de estas páginas sociales (gratuitas, por supuesto) es inconmensurable. Si los mentecatos diesen calor no habría invierno.

Es lo que hay, los tiempos que nos ha tocado vivir.

Vivimos la era de los idiotas, pero ninguno se da por aludido. Ni falta que les hace. Como decía Ortega: “El imbécil nunca se sospecha a sí mismo, por lo que es vitalicio”.

Hay que sobrevivirlos. Hay que pasar de ellos. Como decía mi bisabuelo Vicente: “Que se jodan”.

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