Crisis del capital financiero - I

¿Democracia o usurocracia?

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«La usura es el cáncer del mundo», escribió un loco, pero ideológicamente peligroso y políticamente cuerdo llamado Ezra Pound. La usura o interés excesivo que se lleva por el dinero o el género en el contrato de mutuo préstamo es un invento del capitalismo. Es algo totalmente inmoral si analizamos su origen, derivado de la “avidez por el interés” de una minoría poderosa que, lejos de toda disposición ética o espiritual, y como consecuencia de la descomposición y corrupción progresiva de la burguesía, cae estrepitosamente sobre los pueblos trabajadores, sobre los pueblos creadores no sólo de valores inmutables, sino también de la riqueza del país.

Dos expresiones, que producen en los medios económicos y financieros una fascinación casi mágica, constituyen lo que se ha dado en llamar la “Internacional Dorada”. Por un lado, como fenómeno del poder mundial del dinero, como las grandes fuerzas financieras internacionales que reinan sobre los inalienables derechos de autodeterminación y autoexplotación de los pueblos. Por otro, como una “disposición del espíritu” hacia lo material, llevando el afán de lucro, la ley de la competitividad y el instinto adquisitivo hasta la adoración mística popular.
 
La lucha contra la usura o el interés no es nueva en la historia de la humanidad. Así, la “ley seisajteia” (liberación de las cargas) del ateniense Solón, la “lex Gemicia” que prohibía a los ciudadanos romanos tomar intereses, la prohibición promulgada por Justiniano, que no permitía seguir exigiendo intereses cuando los atrasos habían superado el monto del capital originariamente prestado.
 
Pero fue el cristianismo el que censuró tajantemente la usura. Con el emperador Constantino, los usureros podían incurrir en penas que llegaban hasta la muerte. El Papa León I el Grande prohibió los intereses —prohibición hasta entonces reservada a los clérigos— como parte del obligado cumplimiento de la ley canónica, prescriptiva también para los laicos, empapando con su ejemplo la legislación secular que en Alemania llegó a prohibir el préstamo a interés bajo pena de muerte. El propio Estado alemán, en época más reciente, sustituyó el “patrón oro” por el “patrón riqueza” con el fin de quebrar la servidumbre del interés del dinero. No lo consiguió.
 
Desde luego, tales leyes fueron frecuentemente eludidas, sobre todo porque mientras se prohibía a los cristianos el ejercicio de la usura, ello era permitido a los ciudadanos de religíon judía, ante la repulsa popular que veía en ellos “al intermediario entre el fisco y la víctima, quitando dinero a los de abajo para entregárselo a reyes y poderosos”, según la apreciación de Michelet.
 
Ya en 1789, la Revolución francesa consagra legalmente con su triunfo el préstamo a interés y durante la segunda mitad del siglo XIX todas las limitaciones en las operaciones de intereses y todas las prohibiciones quedaron abolidas: así, en 1854 en Inglaterra; en 1856, en Bélgica; en 1868, en Austria, y un largo etcétera.
 
El comunismo, aparentemente, estaba en abierta oposición al capital prestamista, y aunque propugnase la internacionalización de su ideología clasista, las teorías económicas marxistas, desde Engels y Marx hasta los últimos burócratas socialistas soviéticos, se detuvieron sospechosamente ante los intereses del capital, haciendo de él una institución sagrada, un “nolime tangere”. En la extinta Unión Soviética, la usura se combinaba con la burocracia central en una mezcla explosiva, ya que ésta organizaba la fuerza del trabajo y disponía a capricho de los medios de producción en monopolio estatal, arrebando el producto excedente al pueblo trabajador. La usura fue socializada y estatalizada para hacer recaer la carga sobre la clase trabajadora. Una coincidencia más con el capitalismo.
 
La economía clásica o moderna objeta que la abolición del interés provocaría el caos del capital: ausencia de préstamos capitalizados, incumplimiento de las obligaciones estatales, destrucción de ahorros y fortunas, apropiación de la moneda emitida por desaprensivos, no inversión del capital privado, en definitiva, la bancarrota. Los instrumentos para impedir un desastre financiero y fiscal son, por un lado, la intervención moderada del Estado, en cuanto al control y emisión del dinero sin interés y a la liquidación de obligaciones internacionales de intereses y, por otra parte, la iniciativa del capital privado (la pura posesión del dinero es estéril) que debería necesariamente de invertirse sin ánimo especulativo para obtener riqueza del trabajo productivo. En definitiva, invertir el proceso de “bancarización estatal”, cuestión de la que hablaremos en un próximo artículo.
 
Terminamos con una cita del mismo escritor con el que abríamos fuego, Ezra Pound: «Hoy se llama democracia a lo que en verdad es usurocracia y dinastocracia: el dominio de los prestadores del dinero». Es el impuesto de los bancos sobre los ciudadanos, con una fórmula tan simple que produce terror: nos prestan el dinero que previamente depositamos en sus “generosas” manos (a cambio de un interés simbólico), con el que abordan rocambolescas transacciones financieras, especulativas y de alto riesgo, y además nos cobran por ello, vía intereses usureros o vía rescate estatal en activos. El Estado vuelve a endeudarse con los bancos para salvarlos de la crisis que ellos mismos provocaron. Suma y sigue.

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