El escritor, periodista y amigo Abel Posse

Con ocasión del fallecimiento en Buenos Aires de Abel Posse, gran escritor y antiguo embajador en España, el poeta Juan Pablo Vitali (fallecido, a su vez, en 2020 de resultas del Covid) nos enviaba d este artículo sobre Abel Posse, quien había jugado un importante papel en los inicios de esa aventura que es EL MANIFIESTO, colaborando, entre otras cosas, con destacados artículos en nuestros primeros números en papel. A la vez que honramos hoy su memoria, transmitimos a su familia y amigos nuestro más sentido pésame en estos días en que la Parca —Posse era un gran amigo de Dragó— parece empeñada en trabajar a destajo.

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En mi opinión, las personas y los pueblos sin ningún tipo de cultura son algo patético, inerte y sin futuro. Y no hablamos aquí de cultura libresca —que a veces ni merece llamarse cultura—, sino de la que se adquiere por todos los medios mediante los que se puede adquirir cultura: familia, tradición, observación, reflexión, intuición, arte, etc. Y por supuesto también por los libros.
 
Pero ¿qué pasa cuando se odia la cultura, y solamente se quiere sentir el espasmo elemental de la incultura, la sinrazón, la falta de sentido común, de belleza, y se asume sin más la repetición de reflejos elementales, muchas veces inducidos? Y ni siquiera podemos decir reflejos animales, porque la conducta animal tiene sentido dentro de la naturaleza de su especie, y si no, observemos la conducta de los lobos dentro de su comunidad y quizá aprendamos algo.
 
Esta introducción tiene que ver —aunque en principio no parezca— con la designación como ministro de educación de la ciudad de Buenos Aires del gran escritor argentino Abel Posse, conocido por los españoles por haber sido embajador en España y haber colaborado asimismo en la revista El Manifiesto, de cuyo comité patrocinador forma parte. Aunque pensándolo bien, quizá la insuficiente relación que tenemos hoy con la madre patria no permita que los españoles conozcan al embajador argentino, por más que se trate de alguien de reconocido valor.
 
Lo cierto es que la reacción suscitada frente a su nombramiento es una verdadera muestra de los ataques a los que está siendo sometida nuestra cultura. Y se me hace que podemos tomar el caso como un caso testigo. Porque seguramente lo mismo ocurriría en España si se designase a alguien con el perfil de Posse.
 
Se trata, sin duda, del escritor argentino vivo más importante, y uno de los más destacados de habla hispana. Su trayectoria es vasta como diplomático, ensayista, novelista y periodista. Sin embargo, parece que esto no alcanza para ser considerado “políticamente correcto”, porque todo el sistema de los bienpensantes se le ha echado encima.
 
No sé cuáles serán los motivos por los que Posse aceptó el cargo. Tampoco coincido con el pensamiento político de quienes lo designaron. Lo que sí sé es que es la primera vez desde que tengo uso de razón, en que se ha designado a alguien idóneo para el cargo.
 
Quienes pretenden determinar que Posse no es idóneo son todos y cualquiera. Todos los que cobran por decir lo que se les ordena, y cualquiera, porque los que lo atacan no podrían escribir ni las dos primeras líneas de cualquiera de sus obras.
 
Quizá Posse haya querido dar un testimonio. Un testimonio de patriotismo, de aliento para todos aquellos que no son considerados políticamente correctos. Un testimonio de voluntad política y patriótica. Él podría vivir de un modo mucho menos difícil. No necesita el cargo que honra, y que ha sido deshonrado por muchos de sus antecesores.
 
Los desmedidos ataques a Abel Posse son el último genocidio cultural de la Argentina y un episodio más en el genocidio cultural de Occidente. Cuando él caiga, nos acercaremos otro paso a que nuestro único destino sea la clandestinidad cultural, la inexistencia política, la decadencia sin fin. Es importante su caída, como castigo ejemplar para lo que queda de sano de nuestra otrora gran cultura y de nuestro mejor idioma, como elevado sistema de pensamiento y de expresión.
 
Que al menos su exposición mediática, este despellejamiento miserable al que lo está sometiendo la progresía, sirva para que algunos vuelvan a leer sus libros; aunque sean pocos, no importa. Eso es lo que queda en lo profundo.
 
Los cambios educativos y culturales, no se consiguen con el testimonio personal de alguien, por más valioso que sea, sino con una revolución patriótica en el marco de la resurrección del mejor Occidente. Está claro que Posse no la puede hacer, pero hay que agradecerle su actitud. No son frecuentes los gestos de coraje y sacrificio como el que él ha tenido.
 

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