La libertad de costumbres. O las paradojas de nuestro tiempo

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El artículo, históricamente documentadísimo, de Rodolfo Vargas Rubio publicado este fin de semana pone los puntos sobre todas las íes habidas y por haber del debate sobre la cuestión homosexual que ha saltado a las páginas de Elmanifiesto.com y en el que también han terciado algunos de nuestros lectores.
 
Sólo este doble y simultáneo enfoque es, en efecto, de recibo: “ni fobia ni horror contra los homosexuales, sino respeto de su derecho a la diversidad; [pero] eso sí, valentía y firmeza frente a las manipulaciones del activismo gay agresivo”. Es más, sólo proclamando de manera inequívoca dicho respeto hacia la diversidad que representan los homosexuales, sólo reconociendo sin reticencias ni ambages su derecho a existir, podrá tener posibilidades de éxito la necesaria, implacable denuncia de las manipulaciones, imposiciones y agresiones del activismo gay. Actuar de otro modo, lamentar por ejemplo que haya desaparecido el sentimiento de “horror” ante el “vicio nefando”, significa, entre otras cosas, fortalecer y consolidar la ideología gay, confirmarla en sus más insensatos prejuicios y rancias animadversiones.
 
Por eso lancé la polémica, convencido además de que era sumamente positivo que en un periódico tan inconformista, tan fuera de lo común como el nuestro, se hiciera lo que en ningún otro sitio se hace: lanzar un debate franco y abierto entre sus propios colaboradores. Si retomo ahora la pluma, no es para puntualizar lo anterior. Es porque este debate ha permitido poner de manifiesto algo sumamente importante y que va mucho más allá de la cuestión homosexual.
 
Retomemos los tres grandes momentos de los que nos habla Rodolfo Vargas al retrazar la historia de la cuestión homosexual —una historia que, con todas la matizaciones precisas, es extrapolable, por lo demás, a la cuestión sexual en general. Estos tres momentos son: aceptación (dentro de una muy rígida y, para nosotros, inaceptable reglamentación) en Grecia y en Roma; reprobación y persecución de la “sodomía” (aunque atemperada por cierta tolerancia de facto)en todos los siglos ulteriores hasta el xix, pero sin que la “sodomía” (que englobaba tanto las prácticas homosexuales como cualquier placer erótico no encaminado a la reproducción) definiera a nadie en términos de grupo social. El tercer momento es el que se produce cuando la burguesía triunfante implanta, con la sociedad liberal-capitalista, la más estricta moral puritana. Son los tiempos de la “criminalización” tanto de homosexuales como de mujeres adúlteras (sólo de ellas, desde luego…), así como de la ulterior “medicalización” de quienes pasan a constituir un grupo social repulsivo y apestado.
 
Ante el espectáculo de tantos y tantos siglos marcados por el horror —ahí sí, ahí la palabra es inapelable— que despierta el intento de cercenar este gran impulso vital que es la sexualidad, esta fuerza existencial que Dios o quien sea ha infundido a los hombres y a las mujeres; ante tantos siglos en los que homosexuales y adúlteras han sido considerados pecadores y delincuentes, al tiempo que igual infamia recaía (aunque en grado menor) sobre cualquier placer erótico no encaminado a la reproducción; ante todo ello, ¿cómo no alborozarse, pese a todo, ante la situación imperante hoy?
 
¿Cómo no considerar que, de todos los momentos históricos, el nuestro es el mejor (o el menos malo, si se prefiere) que han conocido tanto los homosexuales como los heterosexuales? Y, sin embargo, no. Para que tal afirmación pudiera ser realmente cierta, sería preciso, por lo que a los homosexuales se refiere, que el activismo gay dejara de intentar imponer la visión homosexual de las cosas como la única legítima. Asimismo sería preciso, en el plano de los comportamientos sexuales en general, que desaparecieran las inmensas dosis de chabacanería, vulgaridad y banalidad con las que el nihilismo contemporáneo ha logrado desvirtuar las conquistas de lo que se dio en llamar la “liberación sexual”.
 
Siempre sucede lo mismo con la modernidad: sus liberaciones la llevan a perderse; sus conquistas, a encenegarse. No sólo en el plano sexual: en infinidad de otras cuestiones también. Así, la conquista de la igualdad jurídica nos ha conducido al igualitarismo uniformizador y avasallador; la consecución del mayor bienestar material de todos los tiempos, a la muerte del espíritu… Muerte y triunfo, miseria y plenitud, desolación y afirmación: los dos términos antagónicos andan en nuestros días más estrechamente unidos que nunca. ¡Extraña, paradójica conjunción! Es la misma que Heidegger expresa una y mil veces retomando los versos de Hölderlin: “Ahí donde está el mayor peligro, ahí también está lo que salva”. Cuando acecha el mayor de los peligros, cuando nos asomamos al abismo de una situación límite, cuando tan sólo tinieblas y desolación nos envuelven, es entonces, sobre todo entonces, cuando hay que abrir de par en par los ojos para descubrir, ahí en medio, la presencia latente —no segura, aún menos inmediata— de lo que salva.
 
La cuestión de la sexualidad en estos azarosos tiempos nuestros resulta, en tal sentido, particularmente esclarecedora. Vivimos, qué duda cabe, inmersos en un profundo caos de identidades y comportamientos sexuales —y, por ende, familiares. La base misma de la sociedad se encuentra, de tal modo, profundamente perturbada. ¿Cómo podría no estarlo cuando los modelos hasta ahora vigentes se han derrumbado; cuando nada nadie logrará (que los interesados no se hagan ilusiones) volverlos a imponer, y cuando la libertad de costumbres conduce a una plenitud… contrarrestada, ¡ay!, por miserias diversas que yo soy el primero en denunciar?
 
¿Cómo salir del atolladero? Frente al caos imperante, es preciso que se ofrezcan nuevos modelos, nuevos principios, nuevas conductas… Modelos y principios que nadie, sin embargo, puede ni debe sacarse de la manga. Modelos y principios que sólo la sociedad misma puede ir elaborando —si es que quiere sobrevivir. Modelos y principios que, proclamando con fuerza que no todo vale, deben alejarse de la bazofia nihilista que nos ahoga. Pero modelos y principios no pueden corresponder tampoco a los de la moral y la familia tradicional. ¿O acaso, viendo lo visto en los tres anteriores momentos históricos, puede alguien pretender que sería bueno regresar a cualquiera de ellos, a sus imposiciones, arbitrariedades y coacciones?
 
Hablando en plata, ¿puede alguien pretender en serio que los homosexuales deberían ser castigados, o mantenidos, como mínimo, en la mayor marginación posible? ¿Se atrevería alguien a afirmar que la sexualidad de hombres y mujeres no tiene otro sentido que la reproducción de la especie, siendo pecaminosos los placeres que no vayan encaminados a la misma? ¿Reprobaría alguien a una chica que no llegara virgen al matrimonio? ¿Osaría alguien impugnar la posibilidad del divorcio? ¿Combatiría alguien el uso de medios anticonceptivos? ¿Imaginaría alguien que puede haber la menor cosa nociva en la masturbación? Etcétera, etcétera, etcétera.
 
P. S. Para muestra, un botón, dicen. Leo en la prensa que, en el marco de la turbulenta y, para muchos, esperanzadora situación política originada en Italia por la victoria electoral de la destra, grupos de militantes de la derecha radical atacaron en la calle a un famoso disc jockey homosexual, al tiempo que otros asaltaban el Circolo Mario Mieli, el club intelectual homosexual más conocido de Roma. Si tales barbaridades fueran ciertas (no se sabe nunca), quedaría meridianamente clara —dejando de lado otras consideraciones— la absoluta necesidad política de haber lanzado la polémica abierta en estas páginas. Por más, es cierto, que nuestra situación nada tenga que ver (¿todavía?) con la italiana…
 

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