El presupuesto de las tropas, en el alero

Norteamérica no sabe qué hacer con Irak

Hace cuatro años, un Bush demasiado optimista dio por terminada la misión en Irak. Desde entonces, lo que ha surgido es una especie de semiguerra interminable. Hoy los Estados Unidos se plantean qué hacer con las tropas destinadas en Irak. La mayoría en el Congreso quiere una retirada; Bush la veta. De momento, el dinero para mantener a los soldados americanos en Irak depende de esta decisión. En Irak hay 155.000 soldados norteamericanos. Desde la invasión del país, han muerto 3.350 americanos y centenares de miles de iraquíes. El problema es que nadie tiene muy claro qué hacer ahora con este paquete… de petróleo. Los candidatos republicanos apoyan la guerra pero critican su gestión Los generales americano

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EMC (Madrid)

En junio expira la vigencia del presupuesto para mantener a las tropas norteamericanas en Irak y Afganistán. Había que renovarlo. El Pentágono necesitaba 124.200 millones de dólares; buena parte de ellos, para mantener a las tropas desplazadas a Irak y Afganistán. El Congreso lo aprobó: es la Ley de Gastos Militares. Mucho dinero. Para hacerse una idea: el Presupuesto total de gastos del Estado en España para 2007 es de 143.000 millones de euros. Es decir que el Pentágono pedía para las tropas en Irak, más o menos, tres quintos del total del dinero que un país como España se gasta en un año. Para nosotros es una locura; para un presupuesto como el norteamericano, no tanto. El hecho, en cualquier caso, es que el Congreso de los Estados Unidos, controlado por los demócratas, dijo que sí, pero con una condición que ha causado el efecto de una bomba política: si la defensa norteamericana quiere ese dinero, tendrá que empezar a evacuar tropas de Irak. El Congreso, además, ponía plazos: la evacuación debía empezar en octubre y tenía que estar concluida en abril de 2008.

En los Estados Unidos el presidente tiene derecho de veto sobre ciertos asuntos cruciales (para eso es el presidente). Bush ha utilizado ese derecho. Es la segunda vez que lo hace en seis años de mandato. Nadie dudaba que lo haría. Bush deplora que el Congreso ignore las opiniones de los generales destinados en Irak y enumera los conocidos argumentos que aconsejarían la permanencia de las tropas americanas allá: si los Estados Unidos desalojan Bagdad, el pueblo iraquí quedará desmoralizado y decepcionado, se enviará una señal de estímulo a los asesinos en todo el Próximo Oriente y, además, se pondrá fecha a la derrota norteamericana. 

Esos argumentos han sido rebatidos muchas veces: el pueblo iraquí ya está escindido en clanes beligerantes, los “asesinos” ya recibieron la señal cuando Norteamérica invadió Irak y la campaña iraquí ya ha fracasado, se le ponga o no una fecha determinada. Contraargumentos que, a su vez, han sido rebatidos también: precisamente porque el pueblo iraquí está dividido, porque los asesinos ya están allí y porque la impresión es de fracaso, es preciso mantenerse en Irak. La polémica es infinita. Por eso el problema tiene tan difícil solución.

Crece la oposición en la opinión pública 

En principio, si la Casa Blanca escuchara a la opinión pública, debería optar por la retirada. Los demócratas deben su mayoría en las cámaras del Congreso precisamente a que sustentaron su campaña sobre la crítica a la guerra de Irak. La tendencia se ha acentuado en los últimos meses. El Wall Street Journal y la NBC News publicaban la semana pasada un sondeo según el cual el 56% de los americanos apoyan el plan del Congreso de retirar las tropas de Irak; los partidarios de mantenerse allí descienden al 37%. Más significativo todavía: un 55% de los encuestados opina que es imposible ganar esa guerra.

Ahora bien, la opinión pública es voluble y los analistas saben que el plan del Congreso, si realmente se llevara a cabo, podría ocasionar un efecto exactamente contrario al previsto. El analista Vladimir Simonov lo explicaba hace poco en un informe para RIA Novosti. Imaginemos el cuadro: Bush levanta su veto y da luz verde a la retirada de tropas. A partir de ese momento, toda a responsabilidad de lo que pase allá –y, sobre todo, de lo que pase en los propios Estados Unidos respecto a este asunto- será de los demócratas. En los diecinueve meses que quedan hasta las próximas elecciones presidenciales, cualquier noticia que venga de Irak, que hasta ahora había caída sobre la cabeza de Bush, empezará a caer sobre las espaldas de los Demócratas. Cualquier nueva matanza en Bagdad, cualquier atentado, cualquier contratiempo de las tropas norteamericanas, será responsabilidad de los Demócratas, que llegarán al día de las elecciones desgastados por una decisión arriesgada. Los Republicanos, por el contrario, podrán decir: “Ya lo habíamos advertido”. 

Condenados a quedarse

Por eso los Demócratas, verosímilmente, no forzarán mucho las cosas. Saben que su leve mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado no es suficiente para reunir los dos tercios precisos que podrían vencer el veto presidencial. Ni lo intentarán. Más bien adoptarán la posición más cómoda: “Que quienes tramaron el caos, respondan por él”. “Desde el punto de vista de los demócratas –reflexiona Vladimir Simonov-, les es mucho más ventajoso adelantar hoy nobles ideas pacificadoras que no se hacen realidad por culpa de los adversarios políticos. Quieren hacer ver cómo se preocupan por acelerar el retorno de los jóvenes norteamericanos a sus hogares”. 

Mucho menos puede permitirse nadie –ni los Demócratas ni los Republicanos- dejar a las tropas americanas en Irak sin dinero, es decir, sin ese presupuesto solicitado por el Pentágono. Si la tropas se ven súbitamente arriesgando su vida sin material adecuado, sin municiones y sin víveres suficientes, fácilmente se podrá acusar a los políticos –y con razón- de falta de patriotismo. En esas condiciones, es inevitable que Republicanos y Demócratas lleguen a un compromiso. Lo más probable: que los demócratas den marcha atrás, de momento, sobre el calendario de retirada de las tropas. Podrán volver a hacerlo, por ejemplo, en la ley para as operaciones del Pentágono en 2008. La Casa Blanca, por su parte, podría comprometerse ante los demócratas a garantizar en mayor grado la seguridad de las tropas.

Pero quedan pendientes al menos tres cuestiones nada desdeñables. Una: cómo enfocarán la cuestión de la guerra los otros candidatos republicanos. Dos: el reparto de los dividendos que arroja la extracción del petróleo iraquí. Y tres: encontrar un jefe adecuado –y que acepte la propuesta- para las tropas destinadas en Irak.

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