La gran oportunidad

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De tal manera la raza nuestra debiera unirse, como se unen alma y corazón en instantes atribulados; somos la raza sentimental, pero hemos sido también dueños de la fuerza. El sol no nos ha abandonado y el renacimiento es propio de nuestro árbol secular.

 

Rubén Darío

El triunfo de Calibán

 

 Hay civilizaciones y culturas que mientras existan y sean ellas mismas nunca van a aceptar y mucho menos asumir el discurso multinada del Nuevo Orden Mundial: ni la nación como simple espacio de derechos (tal como señala Sertorio en su formidable “Entre las ruinas”, publicado en este periódico el pasado 25 de julio), ni la ideología de género como dogma obligatorio desde la escuela, ni el feminismo como insensata entrega de la mujer asexuada al mercado y dominación del varón demonizado por su afán reproductivo, ni la reducción del hombre feminizado al papel de buey-niñera sin más derechos que cierta miserable gratitud por no estar aún más privado de dignidad, dada su perversa condición masculina.

 Ninguna cultura desarrollada o primitiva que tenga, como señalaba Sándor Márai, “fuertes instintos”, va a “comprar” semejante basura ideológica mundialista. La única civilización dispuesta a inmolarse en aras de una enloquecida expiación sin redención, bien merecida por haber construido el mundo que conocemos, haberlo dominado y haber transmitido a las generaciones presentes los valores occidentales, es precisamente la civilización occidental, o por mejor precisarlo: sus élites culturales y políticas (a menudo también económicas), quienes han visto la luz sanadora, la penitencia del gran pecado, en la suplantación del ciudadano europeo por un rejuntado antropológico africano-oriental sin mayores vínculos de conexión, unidos en exclusiva por una inmensa apetencia: disfrutar de las ventajas de ese mundo, el europeo, a cuyos creadores y sustentadores durante siglos tanto aborrecen.

 Lo cierto es que el mundo musulmán nunca va a asumir la doctrina mundialista/feminista/lgtbi: ni persas ni árabes, ni sirios ni bereberes ni egipcios ni turcos; la verdad es que el mundo extremo oriental chino-japonés-indostánico jamás va a asumir como propias semejantes majaderías; no digamos el ámbito cultural-religioso serbo-ruso. Tampoco las masas africanas entre cuyas gentes la ablación de clítoris y el matrimonio con niñas impúberes continúan siendo ritos sagrados. Del subcontinente indú, con su perfecto sistema de castas, para qué hablar. Al final, si todo marcha como han previsto los ingenieros de la voladura demográfica de occidente, en tres o cuatro generaciones el hombre (y la mujer) europeos estarán en vías de definitiva extinción, entregado el relevo de su hegemonía (lo que quede ella) a quienes sabrán aprovecharla con mejor rendimiento. Lo decía con sorna y con triste convencimiento Michel Houellebecq en “Sumisión”: “El islam es todo lo que quedará del cristianismo cuando la civilización cristiana se haya destruido a sí misma”.

 La debacle demográfica en España lleva el mismo camino, aunque nuestro país tiene una ventaja sustancial respecto a los de su entorno, compañeros de habitación en el hospital para desahuciados por la historia: España siempre fue un concepto cultural más que político, una realidad de expansión civilizacional más que unas fronteras, un camino entre orillas oceánicas que sirvió en su tiempo para la transmisión del legado greco-latino, europeo y cristiano al Nuevo Mundo; un idioma —nuestra inmensa riqueza—, que contuvo y contiene una visión del mundo fraternizadora entre todos los pueblos que lo usan, tanto para entender su sentido en el mundo como su modo de estar junto a los demás. Y aquel camino de oro y lodo, de fortuna y miseria, de gloria y derrota y, en suma, el inmenso sendero de lo humano abierto por España durante siglos, no era sólo un camino de ida. Cuando se abre una senda, es siempre en ambos sentidos.

 “El español que no conoce América, no sabe lo que es España”, dicen los amigos de El camino español.  Y a esa verdad tan evidente habría que añadirle otra, quizás no tan a la vista pero bastante más necesaria: el español que piense que el futuro de su nación, de su cultura y civilización, no está inexorablemente vinculado al desarrollo del mundo hispano, o es un necio o un ignorante.

 Todos los estudios demográficos (me refiero a estudios serios), así como la fría y determinante certeza de las cifras (sólo hay que leer la sección de natalicios de los periódicos), indican que para mantener nuestro sistema de pensiones, rejuvenecer la población, vitalizar la economía y, en suma, aspirar a un futuro como sociedad activa, necesitamos el aporte de cientos de miles de emigrantes. La cuestión es: ¿de dónde? La cuestión es: ¿queremos una amalgama de razas y modos culturales exóticos, cada cual en su reivindicación, su queja y su exigencia, o miraremos con generosidad e ilusión por el futuro al gran Camino Español?

 ¿Dejaremos pasar de nuevo la gran oportunidad de encontrarnos, al fin, con nuestro destino americano?

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