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Muere William Buckley, padre del actual conservadurismo americano

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CARLOS SEGADE/AMERICAN REVIEW
 
Hace unos días murió, a los 82 años, William Buckley, fundador de la revista National Review y “padre” del conservadurismo contemporáneo. En América, liberales y conservadores le respetan como un mito político; la revista de izquierdas Newsweek y el New York Times, también de izquierdas, le dedicaron sendos reportajes de homenaje, sinceros y conmovedores. Ha muerto la inspiración intelectual de miles de conservadores norteamericanos, de notables miembros del partido republicano y de los llamados en su momento “nuevos demócratas”.
 
Buckley nació en Nueva York en 1925, sexto hijo de los diez que criaron los Buckley, Aloise y William. La familia había hecho fortuna con el petróleo y alcanzaron una buena posición social que a veces veían peligrar por su filiación católica. Esta Fe acompañó a William Buckley toda su vida.
 
Tras su paso por el ejército durante la II guerra mundial, donde llegó a oficial, entró en Yale, hecho que iba a marcar su vida definitivamente. Allí adquirió fama de gran tertuliano, de amante de los debates y de la polémica de ideas. Sin embargo, fue allí también donde se dio cuenta de que la vida académica americana estaba fundada sobre los pilares inciertos del marxismo, a pesar del discurso oficial de los claustros de las más prestigiosas universidades.
 
Recién salido de la universidad publica un libro que se convertiría en todo un clásico: God and Man at Yale. Tuvo la osadía de denunciar el dominio absoluto del marxismo en las cátedras universitarias y el apartamiento de Dios y de la moral que de forma sistemática se venía produciendo en las aulas. El libro, condenado por los gurús de la progresía del momento y por los propios académicos que se veían retratados en él, tuvo un inmenso éxito.
 
Esta iniciativa le animó a fundar una de las revistas de pensamiento más influyentes de la vida americana contemporánea: National Review. Su carácter polémico y su ansia por rebatir los presupuestos de un liberalismo a la americana que impregnaba cualquier aspecto de la sociedad, le impulsaron a aportar ideas que trascenderían aquellos primeros objetivos juveniles. Al final de su vida cifraba en 70 el número de conferencias que dictaba al año (durante cuarenta), aunque en los últimos años, seguramente por la edad, las redujo considerablemente. Esta actividad febril como conferenciante y articulista tuvieron su efecto social.
 
Aunque no era un hombre de partido, apoyó a los candidatos que mejor podían representar el pensamiento conservador, desde Eisenhower a Barry Goldwater. Pero su nombre estará siempre relacionado con el de Ronald Reagan, el candidato republicano y luego Presidente, que representó su ideal conservador y sobre quien los conservadores americanos y no pocos demócratas cerraron filas. Como el mismo Buckley escribió en 1980 “todas las grandes historias bíblicas comienzan como el Génesis. Y antes de haber un Ronald Reagan, hubo un Barry Goldwater, y antes de un Barry Goldwater hubo una National Review, y antes de una National Review, hubo un Bill Buckley con una chispa en su cabeza, y esa chispa se convirtió en deflagración en 1980”. El año en que Reagan fue elegido Presidente.
 
Más libertad, menos estatismo, dejar hacer a los ciudadanos haciéndoles ver su responsabilidad, hacer del conservadurismo un sistema de ideas, con fundamento intelectual que luchara por el interés nacional y por un más alto grado de moralidad fue su objetivo vital.
 
En España Bill Buckley es totalmente desconocido fuera de círculos de pensamiento político bien reducidos. Sin embargo, como muchas de las influencias que llegan a Europa desde los Estados Unidos, Buckley significa la demostración palpable de que un sistema de pensamiento conservador coherente e intelectual es posible. Para ello, como él hizo toda su vida, es importante alejarse de la maquinaria electoral de los partidos, que convierten en eslogan un complejo entramado de ideas razonadas, meditadas y equilibradas. Buckley era firme en sus convicciones pero no dudaba en invitar a su casa a pensadores “liberales” (socialdemócratas) para pasar un agradable fin de semana en el que se tomaban muchos gin-tonics, se navegaba en su magnífico barco (era un gran marino) y se mantenían interminables tertulias donde la política se escribía con mayúsculas. El ser conservador en este siglo es ser conservador al estilo de Buckley: directo, sin ataduras, atento a la moral, intelectual en los planteamientos, políticamente incorrecto.
 
La cuestión religiosa
 
Las denuncias que planteó Buckley en su primer libro sobre Yale son, desgraciadamente aún, de una vigencia extraordinaria en la mayoría de las sociedades europeas. Entre ellas nos encontramos la intolerancia de los académicos ante ideas que tachan frívolamente de pasadas de moda, o las presiones de los grupúsculos que se arrogan la capacidad de pensar, junto con el fracaso de la universidad a la hora de aceptar ideas de distintos orígenes “no oficiales”. Incluso las Facultades que supuestamente deben tratar la figura de Dios se centran más en ridiculizarle a El y a la gente que le sostiene que hacer unos estudios serios y rigurosos.
 
No obstante, Buckley tuvo la valentía no solo de denunciar esta cerrazón del mundo académico sino también la de desafiarlo poniendo el nombre de Dios en un libro dirigido precisamente a aquellos que lo niegan o lo reducen a una extraña idea amparándose en la antropología o en la sociología. Buckley sabía desde un primer momento que no iba a escribir un libro sobre teología sino sobre política, pero fue acogido con entusiasmo por todos aquellos que se veían desplazados a un segundo plano cada vez que insinuaban lo trascendente del hombre.
 
Esto no quiere decir que Buckley apoyase un estado confesional o que viviese en una continua nostalgia de un pasado que nunca existió. Por el contrario, supo poner la moral en el sitio que le corresponde en el ámbito de la filosofía política sin querer hacer ni filosofía ni política en el sentido en que popularmente se conocen. Por eso su conservadurismo fue moderno, actual y supo dar respuesta a las preocupaciones de un mundo que luchaba contra los estertores del comunismo en los años ochenta, al mismo tiempo que las sociedades occidentales intentaban buscar algo de oxígeno tras décadas de asfixiante estatismo.
 
Occidente necesita a los herederos intelectuales de Buckley. En un momento en el que la multiculturalidad y las ideologías tercermundistas copan los primeros puestos en el escalafón ideológico de las sociedades occidentales, necesitamos intelectuales que defiendan y apoyen una política moral y una moral política, que denuncien la catastrófica influencia del neomarxismo en las universidades, que cuestionen la interferencia del Estado en la vida familiar y personal como reivindicación de la persona en sociedad.
 
Buckley cerraba su famoso libro sobre Yale con unas palabras que podemos hacer propias: “hombres mucho más sabios y con más experiencia pueden formarse para solucionar estos problemas. Al menos yo tendría la satisfacción de que se sintieran empujados a hacerlo, con la confianza de que se haría un buen trabajo”.

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