La gran oportunidad

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El yo social se desmantela. Aparte de los engorros del confinamiento, las medidas higiénico-preventivas de restricción de movimientos con motivo de la pandemia, el cierre de lugares públicos, centros educativos, ocio, las mismas calles, carreteras, espacios rurales, playas, medios de transporte… y aparte del inmenso batacazo económico que nos espera, previsto por todos los analistas nacionales e internacionales —lo que sin duda va a conmocionar seriamente la vida de diario y la convivencia entre los españoles—, hay un activo núcleo de secuelas y derivaciones por el momento “invisibles” y bastante difíciles de prever que con el paso del tiempo van a imponerse como la “línea dura”, la gran anomalía que marcará por vía de los hechos la enorme diferencia entre lo que entendíamos por normalidad hasta marzo de 2020 y la Nueva Normalidad garantizada, auspiciada y promovida por los gobiernos de la UE. Me refiero a la escisión definitiva, sin duda traumática, entre la importancia para el ciudadano medio de su proyección social y la imposibilidad de adaptar sus costumbres de siempre a las coordenadas convivenciales impuestas por el orden nacido tras la pandemia, ese trazado implacable de ingeniería social —de la que muchos gobiernos en España han sido tan partidarios—, y que va a transfigurar sin remedio tanto la percepción del entorno inmediato como la manera de relacionarse con él. Un escenario sobrevenido en el que, fatídicamente, se instalará como elemento de virtud cívica y al mismo tiempo condición de supervivencia el tan recurrido “distanciamiento social”.

“El otro”, el vecino con el que coincidíamos en el ascensor, el compañero de trabajo, el amigo que bebía a nuestro lado en la barra del bar, el familiar con quien compartíamos mesa los domingos, el desconocido con el que hablábamos en la acera sobre cualquier fruslería mientras el semáforo cambiaba a verde, el repartidor que traía a casa unos libros,

... todos los demás, los ajenos, los que no son yo ni muy próximos a quienes comparten mi techo, adquieren de súbito la condición de amenaza y la categoría de sospechosos.

todos los demás, los ajenos, los que no son yo ni muy próximos a quienes comparten mi techo, adquieren de súbito la condición de amenaza y la categoría de sospechosos. Nada de saludar con efusión, ni pensar en dar la mano a conocidos o desconocidos, cuidado con el cambio que nos trae el camarero porque el metálico infecta más que diez asintomáticos juntos, ojo con la señora del carrito en el supermercado, evitemos en lo posible pasar cerca de una escuela, huyamos si es hora de entrada o salida de la chiquillería… “El otro” puede que siga siendo nuestro amigo, nuestro respetado vecino, nuestro amable conciudadano, pero ya no nos fiamos de él. En la alerta contra el otro, como diría la inefable señora Calvo: “Nos va la vida”.

Almas cándidas, bienintencionadas sin duda, sueñan con que esta situación se revierta en unos meses, un año a lo sumo, y todo vuelva a ser como era antes. Mas si pensamos con calma en el próximo futuro, sin permitir que nuestros deseos se sobrepongan a la realidad, encontramos un panorama de tierra por habitar como colonos recién llegados a un mundo desconocido: ávidos de recompensa, con toda precaución y sin demasiada confianza en nuestros compañeros de viaje.

Empezando por lo fundamental, que es la instrucción: ¿cuándo habrá “normalidad” en las escuelas? El gobierno vasco, siempre a su aire bajo la mirada impotente de Moncloa —disfrazada de mirada condescendiente—, ha anunciado que reanudará las clases de ESO y Bachillerato a partir del 18 de este mes de mayo. Eso sí, bajo condiciones muy restrictivas: sin comedores ni transporte escolar, con un alumno por pupitre y distancia mínima de 1’5 metros entre cada estudiante, con horarios de recreo separados según niveles académicos y manteniendo —algo es algo— la posibilidad de que escolares con salud en entredicho puedan seguir acogidos a las clases en su domicilio, vía internet. ¿Qué hay de “normal” en este regreso a la escuela y cuándo será posible restablecer la normalidad de siempre? De momento y en consideración a las circunstancias actuales, nunca parece plazo no descabellado.

Los transportes públicos se encuentran en la misma situación: distanciamiento, mascarillas obligatorias y prohibido socializar. Hace muchos años, un verano en París, fui testigo de cómo en un trayecto de metro entre Ópera y Odeón una pareja de hermosos jóvenes tuvo tiempo de conocerse, ennoviar, vivir tórrida pasión durante dos paradas y separarse en Saint Michel, donde el muchacho debía apearse. A ella le duró el disgusto hasta Odeón, donde esperaba su otro novio, supongo que el de siempre. Ese mundo nunca va a volver. La mascarilla es más poderosa y muchísimo más intimidatoria que todas las convenciones morales. Sí, son nuevos tiempos y la Nueva Normalidad es así.

Las aglomeraciones de masas, ¿cuándo volverán? El fútbol y otros deportes tumultuosos, las manifestaciones, los mítines políticos, las romerías populares, las fiestas multitudinarias, las concentraciones de orgullo por esto y lo otro, los macroconciertos, las ferias y simposios, los festivales de cine, de teatro y música, los supermercados y grandes superficies hasta la bandera en navidad, Ikea abarrotado el primer sábado de cada mes, las exposiciones sobre avances tecnológicos, automovilísticos, de industrias como el libro, el hogar, el turismo… ¿para cuándo?

Hablando de turismo, esta actividad va a estrellarse directo y de cabeza contra aquella definición clásica según la cual “consiste en un ramo de la industria dedicado al transporte de personas que estarían mejor en sus casas hasta lugares que estarían mejor sin ellas”.

Hablando de turismo, esta actividad va a estrellarse directo y de cabeza contra aquella definición clásica según la cual “consiste en un ramo de la industria dedicado al transporte de personas que estarían mejor en sus casas hasta lugares que estarían mejor sin ellas”. ¿Cuándo volveremos a ver enclaves extraordinarios como Venecia, Roma, Granada, Barcelona, tomados por masas de turistas? ¿Para qué mes de qué año se llenarán de nuevo los aeropuertos con manadas de viajeros low cost hacia destinos exóticos, tranquilas islas mediterráneas, encantadoras ciudades austrohúngaras y concurridos centros de ligoteo LGTBIQ en la costa rumana del Mar Negro? Los directivos y expertos del transporte aeronáutico dicen que allá por 2023 empezarán los ánimos a entonarse. Ya se verá.

Las primeras comuniones, bodas, bautizos y entierros; las comilonas familiares por aniversarios diversos, el oro, la plata y el platino de las parejas veteranas con nutrida descendencia, los cumpleaños y las fiestas de fin de curso, el partido dominical de futbito con los amigos, la partida de dominó, la sangría en la piscina, la entrega de premios del certamen literario del ayuntamiento de aquel pueblo y el baile de carnaval, la cita por internet de divorciados dispuestos a rehacer su vida sentimental, la “quedada”, la puesta de largo tan del gusto de las familias “de toda la vida”… ¿Para cuándo?

El etcétera del distanciamiento social es mucho más amplio, pero yo creo que los ejemplos anteriores valen para establecer la pauta y anunciar una sentencia ya dictada. El yo social se desintegra. Quizás para siempre.

Esa es la mala noticia.

La buena: que el espíritu humano siempre estuvo por encima de diluvios, por muy bíblicos que fuesen. Siempre hay un arca y un Ararat al que arribar, aunque resulte ya inútil —e imposible— echar la vista atrás; y aunque la nostalgia por lo perdido sea lastre del que conviene desprenderse cuanto antes mejor.

Tampoco merecía tanto la pena. Sí, es verdad que nos habían construido un entorno fácil, asequible y al alcance de las mentalidades más sencillas y usos sociales más primarios, por no llamarlos populares. El individuo ciudadano contemporáneo, rota la “ilusión por nosotros” y secuestrado de su hábitat convencional, llega casi intacto —daños del virus aparte—, al momento de repensarse. No de reinventarse, grimoso término que viene a señalar la maldición de adaptarnos al mercado a toda costa. No.

Repensarnos hoy es insistir en la capacidad inmensa de construirnos como sujetos plenos y realmente conscientes de nuestra potencialidad prácticamente ilimitada.

Repensarnos hoy es insistir en la capacidad inmensa de construirnos como sujetos plenos y realmente conscientes de nuestra potencialidad prácticamente ilimitada. También cierto: nuestro gobierno y todos los gobiernos de la Europa sin convicción en sí misma, decaída en su voluntad de ser y débilmente estimulada por idearios anclados en la resignación histórica y la banalidad existencial, están construyendo a toda prisa una épica de bizcocho y edredón que satisfaga la gran ruptura epistemológica, esa quiebra del destino que parecía asentado y sólido, la rutinaria alianza entre el ciudadano feliz contemporáneo y su medio ideal de fútbol, series en TV y cervezas con los amigos. La nueva épica ajustada al sueño de placidez pequeñoburguesa es tan fofa de enunciado, tan doméstica y recluida entre balcones y alacenas donde almacenar papel higiénico, que sólo puede agrandar —y agravar— el vacío inmenso que se abre entre el yo de poltrona y batín de franela y el yo social consciente de su aniquilación.

Hay otro camino. O mejor dicho: existe el camino de siempre, el que nunca ha cedido, el que siempre ha estado ahí aunque el ruido del televisor y las discusiones futbolísticas lo hayan estrangulado durante un siglo. Quizás sea el momento de entender que el ser humano sin reflexión y sin mirar hacia dentro de sí no es nada; que salir a los balcones para aplaudir al vacío es un acto melancólico ofrendado a un pasado que probablemente no merecía permanecer. Puede que este sea el momento, nuestra gran oportunidad: empezar a escribir la biografía definitiva de cada silencio y empezar a edificar la auténtica “ilusión por el mundo y por nosotros”. Lo sabemos aunque nos cuesta aceptar la ventaja: todo lo que necesitamos nació con nosotros y siempre ha estado junto a nuestro nombre y nuestra voz. Somos, por naturaleza, como el apocalíptico “hombre que siempre lleva consigo su recompensa” aunque nunca hayamos decidido ser conscientes de que transportábamos el tesoro. A lo mejor —esto último es retórica—, ha llegado la hora de descubrir que nada de fuera merece nuestra atención si antes no hemos descubierto el brillo de dentro; que la belleza y el bello amor por la vida y los demás que nos acompañan no son un lujo sino una necesidad, no una opción más o menos conveniente sino una obligación, no un atributo de lo que vemos más allá y fuera de nuestro alcance sino una llamada clamorosa de lo que somos y tenemos bajo la piel, escrito indeleble en nuestra condición humana. Sí, puede estar anunciándose el tiempo de conocer el mundo de verdad y, sobre todo, conocernos a nosotros mismos. El siglo XXI acaba de empezar igual que el XX comenzó tras la Gran Guerra. El siglo y el futuro pertenecerán, sin duda, a quienes dejen de asomarse asustados a los balcones en rito de conjura a la mala suerte vírica, y a quienes tengan el valor de empezar a mirar dentro de sí y sean capaces de reconocerse autores de su propia odisea. El siglo XXI es propiedad, ya, de quienes saben de sí mismos porque tuvieron el coraje de negarse a excusas y observar hacia ellos y a ninguna otra parte y retar al destino: “Yo sí puedo”.

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