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TRIBUNA
La fascinante experiencia de la Revolución Conservadora alemana (1919-1932)

Jesús J. Sebastián

19 de junio de 2012
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Friedrich Nietzsche, constante fuente de inspiración
en la Revolución Conservadora alemana.
JESÚS J. SEBASTIÁN

Bajo la fórmula “Revolución Conservadora” (RC) acuñada por Armin Mohler (Die Konservative Revolution in Deutschland 1918-1932) se engloban una serie de corrientes de pensamiento, cuyas figuras más destacadas son Oswald Spengler, Ernst Jünger, Carl Schmitt y Moeller van den Bruck, entre otros. La denominación de la RC (o KR en sus siglas originales), quizás demasiado ecléctica y difusa, ha gozado, no obstante, de aceptación y arraigo, para abarcar a una serie de intelectuales alemanes “idiosincráticos” de la primera mitad del siglo XX, sin unidad organizativa ni homogeneidad ideológica, ni –mucho menos- adscripción política común, que alimentaron proyectos para una renovación cultural y espiritual de los auténticos valores contra los principios demoliberales de la República de Weimar, dentro de la dinámica de un proceso palingenésico que reclamaba un nuevo renacimiento alemán y europeo (una re-generación).

Aun siendo consciente de que los lectores de El Manifiesto cuentan ya con un cierto bagaje de conocimientos sobre la llamada “Revolución Conservadora”, parece conveniente abordar un intento por situarla ideológicamente, especialmente a través de determinadas descripciones de la misma por sus protagonistas, complementadas por una síntesis de sus principales actitudes ideológicas –o mejor, de rechazos– que son, precisamente, el único vínculo de asociación entre todos ellos. Porque lo revolucionario-conservador se define principalmente por una actitud ante la vida y el mundo, un estilo, no por un programa o doctrina cualquiera.
Según Giorgio Locchi, entre 1918 y 1933 la Konservative Revolution nunca presentó un aspecto unitario o monolítico y «acabó por perfilar mil direcciones aparentemente divergentes», contradictorias incluso, antagónicas en otras ocasiones. Ahí encontraremos personajes tan diversos como el primer Thomas Mann, Ernst Jünger y su hermano Friedrich Georg, Oswald Spengler, Ernst von Salomon, Alfred Bäumler, Stefan Georg, Hugo von Hofmanssthal, Carl Schmitt, Martin Heidegger, Jacob von Üexküll, Günther, Werner Sombart, Hans Blüher, Gottfried Benn, Max Scheler y Ludwig Klages. Todos ellos dispersados en torno a una red de asociaciones diversas, sociedades de pensamiento, círculos literarios, organizaciones semi-clandestinas, grupúsculos políticos, en la mayoría de las ocasiones sin conexión alguna. Esas diferencias han llevado a uno de los grandes estudiosos de la Revolución Conservadora, Stefan Breuer, a considerar que realmente no existió la Revolución Conservadora y que tal concepto debe ser eliminado como herramienta interpretativa. Pero, como afirma Louis Dupeux, la Revolución Conservadora fue, de hecho, la ideología dominante en Alemania durante el período de Weimar.

Los orígenes de la RC –siguiendo la tesis de Locchi– hay que situarlos a mediados del siglo XIX, si bien situando lo que Mohler llama las “ideas”, o mejor, las “imágenes-conductoras” (Leitbilder) comunes al conjunto de los animadores de la Revolución Conservadora. Precisamente, uno de los efectos del hundimiento de la vieja y decadente actitud fue el desprestigio de los conceptos frente a la revalorización de las imágenes. Estética frente a ética es la expresión que mejor describe esta nueva actitud.
En primer lugar, se sitúa el origen de la imagen del mundo en la obra de Nietzsche: se trata de la concepción esférica de la historia, frente a la lineal del cristianismo, el liberalismo y el marxismo; se trata, en realidad, de un “eterno retorno”, pues la historia no es una forma de progreso infinito e indefinido; en segundo lugar, la idea del “interregno”: el viejo orden se hunde y el nuevo orden se encuentra en el tránsito de hacerse visible, siendo nuevamente Nietzsche el profeta de este momento; en tercer lugar, el combate del nihilismo positivo y regenerativo, una “re-volución, un retorno, reproducción de un momento que ya ha sido”; y en cuarto y último lugar, la renovación religiosa de carácter anticristiano, a través de un “cristianismo germánico” liberado de sus formas originales o de la resurrección de antiguas divinidades paganas indoeuropeas.

Resulta, pues, que Nietzsche constituye no sólo el punto de partida, sino también el nexo de unión de los protagonistas de la RC, el maestro de una generación rebelde, que sería filtrado por Spengler y Moeller van den Bruck, primero, y Jünger y Heidegger, posteriormente, como de forma magistral expuso Gottfried Benn. En las propias palabras de Nietzsche encontramos el primer aviso del cambio: «Conozco mi destino. Algún día se unirá mi nombre al recuerdo de algo tremendo, a una crisis como no la hubo sobre la tierra, al más hondo conflicto de conciencia, a una decisión pronunciada contra todo lo que hasta ahora ha sido creído, exigido, reverenciado».

Nietzsche es la punta de un iceberg que rechazaba el viejo orden para sustituirlo por un nuevo renacimiento. Y los representantes generacionales de la Revolución Conservadora percibieron que podían encontrar en el filósofo germano a un “ancestro directo” para adaptar la revolución de la conciencia europea a su Kulturpessimismus. Ferrán Gallego ha realizado el siguiente resumensobre la esencia de la Konservative Revolution:

«El elogio de las élites […], la concepción instrumental de las masas, el rechazo de la “nación de ciudadanos” [entendidos como átomos aislados] a favor de la nación integral, la visión orgánica y comunitaria de la sociedad frente a las formulaciones mecanicistas y competitivas, la combinación del liderazgo con la hostilidad al individualismo, el ajuste entre la negación del materialismo y la búsqueda de verificaciones materiales en las ciencias de la naturaleza. Todo ello, presentado como un gran movimiento de revisión de los valores de la cultura decimonónica, como un rechazo idéntico del liberalismo y del socialismo marxista, estaba aún lejos de organizarse como movimiento político. La impresión de que había concluido un ciclo histórico, de que el impulso de las ideologías racionalistas había expirado, la contemplación del presente como decadencia, la convicción de que las civilizaciones son organismos vivos, no fueron una exclusiva del pesimismo alemán, acentuado por el rigor de la derrota en la gran guerra, sino que se trataba de una crisis internacional que ponía en duda las bases mismas del orden ideológico contemporáneo y que muchos vivieron en términos de tarea generacional.»

Louis Dupeux insiste, no obstante, en que la RC no constituye, en momento alguno, «una ideología unificada, sino una Weltanschauung plural, una constelación sentimental». Ya sean considerados “idealistas”, “espiritualistas” o “vitalistas”, todos los revolucionario-conservadores consideran prioritaria la lucha política y el liberalismo es considerado como el principal enemigo, si bien el combate político se sitúa en un mundo espiritual de oposición idealista, no en el objetivo de la conquista del poder ansiada por los partidos de masas. Según Dupeux, la fórmula de esta “revolución espiritualista” es propiciar el paso a la constitución de una “comunidad nacional orgánica”, estructurada y jerarquizada, consolidada por un mismo sistema de valores y dirigida por un Estado fuerte.

En fin, una “revuelta cultural” contra los ideales ilustrados y la civilización moderna, contra el racionalismo, la democracia liberal, el predominio de lo material sobre lo espiritual. La causa última de la decadencia de Occidente no es la crisis sentimental de entreguerras (aunque sí marque simbólicamente la necesidad del cambio): la neutralidad de los Estados liberales en materia espiritual debe dejar paso a un sistema en el que la autoridad temporal y la espiritual sean una y la misma, por lo que sólo un “Estado total” puede superar la era de disolución que representa la modernidad. Así que la labor de reformulación del discurso de la decadencia y de la necesaria regeneración será asumida por la Revolución Conservadora.

Si hubiéramos de subrayar ciertas actitudes o tendencias básicas como elementos constitutivos del pensamiento revolucionario-conservador, a pesar de su pluralidad contradictoria, podríamos señalar diversos aspectos como los siguientes: el cuestionamiento de la supremacía de la racionalidad sobre la espiritualidad, el rechazo de la actividad política de los partidos demoliberales, la preferencia por un Estado popular, autoritario y jerárquico, no democrático, así como un distanciamiento tanto del “viejo tradicionalismo conservador” como de los “nuevos liberalismos” capitalista y marxista, al tiempo que se enfatizaba la experiencia de la guerra y el combate como máxima realización. La reformulación del ideario se fundamenta en la necesidad de construir una “tercera vía” entre el capitalismo y el comunismo (sea el socialismo prusiano de van den Bruck, el nacionalismo revolucionario de Jünger o el nacional-bolchevismo de Niekisch). Y por encima de estas actitudes se encontraba presente el sentimiento común de la necesidad de barrer el presente decadente y corrupto como tránsito para recuperar el contacto con una vida fundamentada en los valores eternos.
El propio Mohler, que entendía la “Revolución Conservadora” como «el movimiento espiritual de regeneración que trataba de desvanecer las ruinas del siglo XIX y crear un nuevo orden de vida» –igual que Hans Freyer consideraba que “barrerá los restos del siglo XIX”–, proporciona las evidencias más convincentes para una clasificación de los motivos centrales del pensamiento de la RC que, según su análisis, giran en torno a la consideración del final de un ciclo, su repentina metamorfosis, seguida de un renacimiento en el que concluirá definitivamente el “interregno” que comenzó en torno a la generación de 1914. Para ello, Mohler rescata a una serie de intelectuales y artistas alemanes que alimentaban proyectos comunitarios para la renovación cultural desde un auténtico rechazo a los principios demoliberales de la República de Weimar.

Para Mohler, según Steuckers, el punto esencial de contacto de la RC era una visión no-lineal de la historia, si bien no recogió simplemente la tradicional visión cíclica, sino una nietzscheana concepción esférica de la historia. Mohler, en este sentido, nunca creyó en las doctrinas políticas universalistas, sino en las fuertes personalidades y en sus seguidores, que eran capaces de abrir nuevos y originales caminos en la existencia.

La combinación terminológica Konservative Revolution aparecía ya asociada en fecha tan temprana como 1851 por Theobald Buddeus. Posteriormente lo hacen Youri Samarine, Dostoïevski y en 1900 Maurras. Pero en 1921 es Thomas Mann el primero en utilizar la expresión RC con un sentido más ideologizado, en su Russische Anthologie, hablando de una «síntesis […] de ilustración y fe, de libertad y obligación, de espíritu y cuerpo, dios y mundo, sensualidad y atención crítica de conservadurismo y revolución». El proceso del que hablaba Mann «no es otro que una revolución conservadora de un alcance como no lo ha conocido la historia europea.»

La expresión RC también tuvo fortuna en las tesis divulgadas por la Unión Cultural Europea (Europïsche Kulturband) dirigida por Karl Anton, príncipe de Rohan, aristócrata europeísta y animador cultural austríaco, cuya obra La tarea de nuestra generación de 1926 –inspirada en El tema de nuestro tiempo de Ortega y Gasset– utiliza dicha fórmula en varias ocasiones. Sin embargo, la fórmula RC adquirió plena popularidad en 1927 con la más célebre conferencia bávara de Hugo von Hofmannsthal, cuando se propuso descubrir la tarea verdaderamente hercúlea de la Revolución Conservadora: la necesidad de girar la rueda de la historia 400 años atrás, toda vez que el proceso restaurador en marcha «en realidad se inicia como una reacción interna contra aquella revolución espiritual del siglo XVI» (se refiere al Renacimiento). Hofmannsthal, en definitiva, reclamaba un movimiento de reacción que permitiera al hombre escapar a la disociación moderna y reencontrar su “vínculo con la totalidad”.

En palabras de uno de los más destacados representantes de la RC, Edgar J. Jung: «Llamamos Revolución Conservadora a la reactivación de todas aquellas leyes y valores fundamentales sin los cuales el hombre pierde su relación con la Naturaleza y con Dios y se vuelve incapaz de construir un orden auténtico. En lugar de la igualdad se ha de imponer la valía interior; en lugar de la convicción social, la integración justa en la sociedad estamental; la elección mecánica es reemplazada por el crecimiento orgánico de los líderes; en lugar de la coerción burocrática existe una responsabilidad interior que viene de la autodeterminación genuina; el placer de las masas es sustituido por el derecho de la personalidad del pueblo».

* * *

Otro de los lugares comunes de la RC es la autoconciencia de quienes pertenecían a la misma de no ser meramente conservadores. Es más, se esmeraban en distanciarse de los grupos encuadrados en el “viejo conservadurismo” (Altkonservativen) y de las ideas de los “reaccionarios” que sólo deseaban “restaurar” lo antiguo. La preocupación central era “combinar las ideas revolucionarias con las conservadoras” o “impulsarlas de un modo revolucionario-conservador” como proponía Moeller van den Bruck.

Por supuesto que la “revolución conservadora”, por más que les pese a los mal llamados “neoconservadores” (sean del tipo Reagan, Bush, Thatcher, Aznar, Sarkozy o Merkel), no tiene nada que ver con la “reacción conservadora” (una auténtica “contrarrevolución”) que éstos pretenden liderar frente al liberalismo progre, el comunismo posmoderno y el contraculturalismo de la izquierda. La debilidad de la derecha clásico-tradicional estriba en su inclinación al centrismo y a la socialdemocracia (“la seducción de la izquierda”), en un frustrado intento por cerrar el paso al socialismo, simpatizando, incluso, con los únicos valores posibles de sus adversarios (igualitarismo, universalismo, falso progresismo). Un grave error para los que no han comprendido jamás que la acción política es un aspecto más de una larvada guerra ideológica entre dos concepciones del mundo completamente antagónicas.

En fin, la derecha neoconservadora no ha captado el mensaje de Gramsci, no ha sabido ver la amenaza del poder cultural sobre el Estado y como éste actúa sobre los valores implícitos que proporcionan un poder político duradero, desconociendo una verdad de perogrullo: no hay cambio posible en el poder y en la sociedad, si la transformación que se trata de imponer no ha tenido lugar antes en las mentes y en los espíritus. Se trata de una apuesta por el “neoconservadurismo” consumista, industrial y acomodaticio, todo lo contrario de lo que se impone hoy: recrear una “revolución conservadora” con patente europea que, en frase de Jünger, fusione el pasado y el futuro en un presente ardiente.

Entre tanto, el “neoconservadurismo” contrarrevolucionario, partiendo del pensamiento del alemán emigrado a norteamérica Leo Strauss, no es sino una especie de “reacción” frente a la pérdida de unos valores que tienen fecha de caducidad (precisamente los suyos, propios de la burguesía angloamericana mercantilista e imperialista). Sus principios son el universalismo ideal y humanitario, el capitalismo salvaje, el tradicionalismo académico y el burocratismo totalitario. Para estos neocons, Estados Unidos aparece como la representación más perfecta de los valores de la libertad, la democracia y la felicidad fundadas en el progreso material y en el regreso a la moral judeocristiana, siendo obligación de Europa el copiar este modelo triunfante.

El “neoconservadurismo” angloamericano, reaccionario y contrarrevolucionario es, en realidad, un neoliberalismo democratista y tradicionalista –lean si no a Fukuyama-, heredero de los principios de la Revolución Francesa. La Revolución Conservadora, sin embargo, puede definirse, según Mohler, como la auténtica “antirRevolución Francesa”: la Revolución Francesa disgregó la sociedad en individuos, la conservadora aspiraba a restablecer la unidad del conjunto social; la francesa proclamó la soberanía de la razón, desarticulando el mundo para aprehenderlo en conceptos, la conservadora trató intuir su sentido en imágenes; la francesa creyó en el progreso indefinido en una marcha lineal; la conservadora retornó a la idea del ciclo, donde los retrocesos y los avances se compensan de forma natural.

En la antagónica Revolución Conservadora, ni la “conservación” se refiere al intento de defender forma alguna caduca de vida, ni la “revolución” hace referencia al propósito de acelerar el proceso evolutivo para incorporar algo nuevo al presente. Lo primero es propio del viejo conservadurismo reaccionario –también del mal llamado neoconservadurismo– que vive del pasado; lo segundo es el logotipo del falso progresismo, que vive del presente-futuro más absoluto.

Mientras que en gran parte del llamado mundo occidental la reacción ante la democratización de las sociedades se ha movido siempre en la órbita de un conservadurismo sentimental proclive a ensalzar el pasado y lograr la restauración del viejo orden, los conservadores revolucionarios no escatimaron ningún esfuerzo por marcar diferencias y distancias con lo que para ellos era simple reaccionarismo, aunque fuera, en expresión de Hans Freyer, una Revolución desde la derecha. La RC fue simplemente una rebelión espiritual, una revolución sin ninguna meta ni futuro reino mesiánico.


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COMENTARIOS
martes, 26 de junio de 2012

Amistades entre élites

Luchas entre élites:

La narrativa que vendes es mala. Basta ver cómo conviven hoy de lo mejor entre las élites de las sociedades occidentales los representantes de las mayorías étnicas con las élites judías, aún en los casos en que éstas últimas presentan posición de dominio. Las élites siempre han estado demasiado cómodas y complacidas de retener su posición privilegiada como para iniciar cualquier clase de revolución, mucho menos de carácter espiritual.
Cualquier observador honesto verá que los que promueven tales cambios son en general personas que apenas se interesan por pertenecer a cúpulas privilegiadas, o hacerse de ingentes cantidades de dinero. Se trata de gente que simplemente no se conforma con el horizonte de vida que el materialismo filosófico institucionalizado y promovido en forma autoritaria (bajo el paraguas del racionalismo liberal-individualista) ofrece.
Lo que hay no es una lucha de élites, es una lucha de concepciones de mundo.
Su discurso es la típica táctica de insinuación de motivaciones innobles y bajas para enlodar todo lo que represente un levantamiento de mirada hacia valores trascendentes, cuestión que implica el desafío definitivo a un modelo de dominación que descansa en la explotación de las más manipulables debilidades humanas (egoísmo, narcismo, mediocridad intelectual, descontrol sexual, avaricia, etc.).


# Publicado por: Nonliquet (Yep)
jueves, 21 de junio de 2012

Seguimos...

Todos los nombrados,o casi,en el buen artículo de Jesús J.Sebastián,coincidían en lo fundamental:Europa estaba en un proceso decadente,y éste lo encarnaba´´aquella democracia´´:la república de Weimar.Ya con anterioridad Nietzsche habló de´´transmutación de valores´´,nada menos.
Seguimos deslizándonos por la pendiente.Esto es constatable,diría que demostrable (para no ir más lejos:el último libro de Vargas Llosa),
´´No hay cambio posible en el poder...si antes no ha tenido lugar en las mentes,en los espíritus...´´.Para ello,los que han asumido la situación deberían esforzarse para que se produzca ese cambio,no sólo denunciando los hechos:por ejemplo la corrupción generalizada,sino teorizando con las soluciones,aún sabiendo que intuir el futuro es siempre arriesgado.



# Publicado por: Ferredo (La Coruña)
miércoles, 20 de junio de 2012

ni estado,ni jerarquias, ni populacho

estoy de acuerdo basicamente tanto con miguel como con beato.. pero es cierto que algunos de los miembro de este movimiento eran mentes prodigiosas caso de Jnger,conozco poco mas....
orden jerárquico y popular ?y , el gran super nazi Nietzche? no me cuadran muchas cosas
Es el estado como se demuestra en el conflicto minero quien prmero da dádivas y después reparte leña ,es un monstruo que ha aniquilado al individuo ,le ha extripado el corazín y le ha dejado sin capacidad de reflexión .al margen del contacto con su naturaleza interior que siempre en lo humano es contingente,limitada y temporal y es ,junto con el trabajo asalariado lo que ha conducido a la delegación ,el conformismo ,y el no mirar a los iguales .o sea a no mirarnos ,el pueblo,lo que ya no queda, ...estos conservadores no miraban al pueblo se miraban así mismos yo tampoco y mas ahora cunado se van viendo a los reyes desnudos,creo en castas intelectuales son una facción del enemigo todas...ya está bien de sabotear los saberes populares y otorgárselos a gentes por encimas del bien y del masl o por debajo como el populacho siguiendo a los mercenarios de la roja..no les veo apoyando comedores populares..
Espero que sebastián pueda respondernos ,le felicito no obstante por el artículo ,estoy aqui por Júnger

# Publicado por: alejandro (alicante)
miércoles, 20 de junio de 2012

Excelente artículo

La apasionante aventura del pensamiento no debe contraponerse a la acción. El pensamiento es también energía creadora, tutela de la acción futura. No existe fracaso absoluto cuando las acciones se están desarrollando, y tampoco existe en política una acción que por sí misma determine el logro de un objetivo (esta última frase se la robé a Perón) Espíritu y acción política son una dupla inescindible. La belleza y la creatividad del pensamiento son presupuestos de la justicia de la acción. Un abrazo estimado Sebastián.

# Publicado por: Juan Pablo Vitali (La Plata)
martes, 19 de junio de 2012

Vaya...

....´´el alemán Leo Strauss´´....curiosa descripción que ni él mismo se habría aplicado....

# Publicado por: ana echevarria (bilbao)
martes, 19 de junio de 2012

proyecto fallido

Lo cierto es que el pensamiento fragmentado y aforístico de Nietzsche da para un roto y un descosido. Se puede acudir al viejo solitario para respaldar cualquier cosa. Pero esta supuesta revolución conservadora no acertó en la adecuada traducción política del gran problema que plantea la Modernidad: desenmascarar qué es lo que sostiene al ´´individuo´´, que no es nada subjetivo sino que, al final, exige ser delimitado desde fuera en su indiviudalidad, es decir, por medio de una legislación igualitaria ´´para todos´´ que en realidad es para nadie. De ahí que esa revolución acabara en fascismo en el 33 que es el modo fácil e inmediato de dotar de sentido a algo así como un PUEBLO, mediante su reclutamiento forzoso y la sumisión de toda elitista espiritualidad al ´´ordeno y mando´´.

# Publicado por: miguel (madrid)
martes, 19 de junio de 2012

Luchas entre élites

La Revolución Conservadora (sin entrar a particularizar uno por uno a los intelectuales mencionados) fue la manera en que se formalizó el descontento de la élite intelectual alemana por no tener el papel preponderante en el ESTADO, que sí tenía la élite intelectual y, sobre todo, económica, judía. La élite alemana se sentía ninguneada e infravalorada, de modo que se inventó una forma de darle la vuelta a todas aquellas facetas de la vida en las que la élite judía llevaba la voz cantante. Pretendía sustituir el sistema de DOMINACIÓN constituido por la democracia parlamentaria y el capitalismo-liberalismo, por otro sistema de dominación en el que el ESTADO y el PUEBLO formarían una supuesta unidad orgánica: los fascismos de toda índole. Pretendían sustituir una sociedad jerarquizada de facto por otra jerarquizada oficialmente. Por lo demás, todas las llamadas de dicha revolución conservadora a la tradición y lo espiritual, no eran más que señuelos y embustes supuestamente contrarios a la modernidad, con los que engañar al pueblo. Y el pueblo TRAGÓ; igual que tragó con las democracias parlamentarias, con el concepto de progreso, con el comunismo, con la felicidad, y con el ESTADO y su hijo, el estado de bienestar.
Huelga decir que la CASTA INTELECTUAL, antes y ahora, está al servicio del PODER (y esto incluye, por supuesto, y sobre todo, a los intelectuales alternativos y autocalificados de políticamente incorrectos).

# Publicado por: Beato de Liebana (Madrid)
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