La última novela de Houellebecq

"Serotonina". El Sí y el No a la vida

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Acabo de terminar (ventajas de haberla descargado en francés y en eBook) Serotonina, la última novela de Michel Houellebecq cuya publicación constituye todo un hito editorial: se ha puesto a la venta el mismo día tanto en francés como en español, italiano, alemán e inglés.

Me ha dejado impresionado. Y anonado. Y feliz… No, por favor. ¿Cómo me iba a dejar feliz una historia que, por regocijantes que sean sus sarcasmos e ironías contra les bobos (que dicen en Francia) o los pijoprogres (que decimos por aquí), está sumida en una tan espesa tristeza? Olvidémonos de la felicidad, la más manida (y falsa) de las palabras. Lo que me ha dejado esta historia es lleno de la desgarrada plenitud —no es lo mismo: es incomparablemente mejor— que a uno le aporta cualquier gran obra de arte. 

Me ha dejado esta historia lleno de la desgarrada plenitud que a uno le aporta cualquier gran obra de arte.

Y ésta es grande, vaya si lo es. Quizá sea la mayor de las muchas grandes obras que nos ha deparado Houellebecq. Se trata en cualquier caso de la más desgarrada y descarnada, de la más nihilista y desesperanzada de sus obras. No hay resquicio, no hay salvación. Cien años de soledad, decía García Márquez. No cien años, sino cien siglos, dice Houellebecq, pensando sobre todo en el nuestro de siglo: ése cuyos hombres, más solos y desnudos que nunca, están abocados al abismo en cuyo vacío aletean fracaso, ruina y destrucción.

Y sin embargo…

Si sólo fuera eso; si Houellebecq se limitara a eso; si todo se redujera a un alegato sobre la negrura del mundo y el sinsentido de la vida, ni este libro tendría nada que ver con el arte ni me habría nunca sumido tan a fondo en él. En realidad, siempre me pasa lo mismo con Houellebecq —y con Céline, ese otro genio que se le parece en tantas cosas. En cierto sentido, discrepo profundamente de sus ideas. Mi sensibilidad, tan distinta de la suya, no puede dejar de alzarse frente a la desolada visión del mundo que nos ofrecen sus páginas. ¿Cómo podría adherir a ella cuando, pese a experimentar y combatir toda la desolación del mundo, no dejo de hacer mío el amor fati nietzscheano: esa aceptación —no resignada: combativa— de los designios del destino; todo ese vitalismo que le lleva a Nietzsche a exclamar: “No quiero denigrar […]: ¡quiero ser en toda circunstancia alguien que dice sí”, “el gran Sí a todas las cosas elevadas, bellas, temerarias, el gran, el sagrado Sí a la vida”.

Y frente a ello, el gran No a la vida que balbucean los personajes de Houellebecq y en particular ese Florent-Claude Labrouste, el relato de cuyas acciones… o no acciones da forma a Serotonina. Lo que ocurre es que ese No de Houellebecq nunca es unívoco, nunca es unilateral. Está trazado con tanta maestría y sentido del humor, con tan grandes dosis de ironía que, por debajo y a través de su ¡No!, bulle toda la contradictoria complejidad de una vida que con sus mil ternuras y nimiedades, sus mil amores y desamores, bondades y  maldades, resuella  y se debate frente a la gran Nada que trata de acabar con ella.

En un episodio particular pero crucial, la vida resuella también a través de todo un combate político en el que son claras las simpatías de Houellebecq. Van hacia la antigua y hoy desposeída aristocracia rural, así como hacia unos campesinos —los únicos que se salvan del gran desastre posmoderno— que se debaten frente al expolio efectuado al alimón por Bruselas  y las grandes corporaciones del globalismo multinacional. 

Los campesinos y los restos de la antigua aristocracia rural: los únicos que se salvan del desastre posmoderno.

Aunque ello no se tematice, aunque sólo aparezca al socaire de la narración, ¿cómo no darse cuenta también —sigamos en el campo de lo político o metapolítico— de que esa profunda desazón que invade a los personajes de Houellebecq no es sólo una desazón psicológica, íntima, individual? O digámoslo mejor: individual sí que lo es esta desazón —individualista, más exactamente. Se trata de la desazón en la que zozobran los hombres desprovistos de amor, y del calor que late en los  lazos familiares, y del vínculo de un pueblo, y del arraigo de unas tradiciones, y de la firmeza de un orden con el que imprimir sentido a la vida abocada a la muerte

Si ello es así, si se despliegan en la obra los dos motores que, enfrentados, impulsan al mundo —el Sí y el No, la vida y la muerte—, ¿qué importa entonces que en la literalidad de la obra se privilegie aquel de ambos motores que no sería tal vez el que uno mismo tendería a privilegiar?

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