La revolución sexual sin grilletes (y II)

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El sexo-máquina

Tercer grillete: la sumisión de la sexualidad a la técnica, rasgo igualmente específico de nuestras sociedades opulentas; sumisión a la técnica o, aún más exactamente, a la «forma» técnica, esto es, a una manera de entender la vida como una serie de actos y pulsiones regulables mediante el adecuado ajuste, mediante su correcta administración, con el auxilio de aparatos o sin éstos, en busca de un objetivo mensurable. ¿No es lo que hacemos con la actividad física, con el «deporte»? La mayoría de la gente que nos rodea no sube montañas, no corre por el campo, no sube árboles (¿quién puede hacerlo en nuestros grandes escenarios urbanos?), sino que ha sustituido todo eso por la forma técnica del cuidado corporal: entrenamientos especializados con pulsaciones reguladas, kilómetros de esfuerzo medidos segundo a segundo sobre una compleja máquina que no se mueve del sitio, complemento del ejercicio con una dieta no menos mecánica donde la alimentación es sustituida por la administración calculada de proteínas, carbohidratos y vitaminas. Pues bien, del mismo modo tendemos a afrontar hoy, cada vez más, la experiencia erótica como una actividad técnica. La satisfacción sexual va perdiendo entidad propiamente humana para convertirse en función de una tabla de cálculo, para ceñirse a una explotación adecuada del instrumento técnico de satisfacción, ya sea el porno por Internet o la gimnasia higiénica que aconsejan los sexólogos de la tele. Tareas todas ellas donde la relación personal con el prójimo puede pasar a segundo plano, porque el Otro es prescindible, porque la prioridad es rellenar correctamente la casilla del placer, del objetivo conseguido —una casilla donde el otro no cuenta.

Apolo y Dioniso

Individualismo, economicismo, imperio de la forma técnica. Son tres de los grandes males de nuestra sociedad, y los tres están íntimamente relacionados. Más aún: son los tres vectores fundamentales de la sociedad posmoderna. No hay nada extraño en que hayan empapado también el continente del sexo, del mismo modo que han desteñido sobre los más nimios aspectos de nuestras vidas. La cuestión que hay que plantearse es si ésta es la sexualidad que queremos; si ésta es una forma completa, cabal, de entender lo erótico; si nuestra «realización» sexual tiene que pasar necesariamente por la prioridad individualista («mi» derecho al placer), por la banalización comercial de la imagen erótica («lo que me pone»), por la pauta técnica de satisfacción personal («mi orgasmo»).

En . Tras las convulsiones revolucionarias se impuso el discurso puritano de la civilización burguesa triunfante; fue aquel discurso que acompañó a la revolución industrial, a la expansión colonial, a la implantación universal del capitalismo. Y tras el triunfo de este modelo, asistimos ahora al discurso hipertolerante de la civilización burguesa decadente; es el discurso que acompaña hoy a esta extraña mezcla de nihilismo cultural y prosperidad económica que es el Occidente contemporáneo. La religión, que escoltó a la primera fase del proceso —la puritana— como cobertura moral, terminó devorada por unas ideologías que, en realidad, siempre habían querido sustituirla, siempre habían querido prometer por sí mismas la redención. Hoy, al final del camino, estamos en una situación forzosamente transitoria, como siempre que el péndulo llega al otro extremo. Si al puritanismo decimonónico se le pudo reprochar el haber sublimado la naturaleza erótica hasta el punto de sepultarla, al permisivismo posmoderno se le tiene que reprochar el haber banalizado lo erótico hasta el punto de vaciarlo por entero.

No inventemos la pólvora. Los hombres no han tenido que esperar al siglo XX para saber que el sexo es una cosa enormemente placentera, que el erotismo puede ser una vía de realización personal extraordinaria; tampoco han faltado civilizaciones que lo han elevado al rango de experiencia religiosa. Lo interesante es ver que nunca nadie osó declarar el placer como un derecho —¡qué ingenuidad!—, ni considerar la experiencia erótica como una parte irrenunciable de la libertad individual. Esto es completamente nuevo. La Historia ha conocido fases permisivas y fases puritanas, a veces en un mismo lugar y con muy pocos años de diferencia, como cuando Roma pasó del despiporre generalizado a la reforma moral de Augusto. También hemos conocido razonables e indulgentes hipocresías, como cuando, en los siglos XVII y XVIII, la hegemonía de la Iglesia en Francia o incluso en España no desmentía una libertad de costumbres que hoy nos sorprende. No es, pues, una cuestión de mayor o menor «manga ancha». Lo que uno echa en falta en la visión contemporánea del sexo es, ante todo, el equilibrio. Hay una complementariedad tradicional de lo apolíneo y lo dionisiaco, en efecto, que se echa de menos. Lo apolíneo: la mesura, el equilibrio, el rigor, la contención, la línea recta, la luz clara, la razón, el orden, también lo eterno y lo augusto. Lo dionisiaco: la desmesura, el vértigo, lo fluido, lo desbordado, la curva, lo oscuro, la pasión, el caos, también lo efímero y lo telúrico. Cualquier sociedad, cualquier cultura tiene que reservar sus espacios para ambas dimensiones. No es sólo cosa de helenos, de una imagen de Apolo y otra de Dionisos: en esa misma complementariedad han bebido muchas otras civilizaciones, como las orientales con sus vías de la mano derecha y la mano izquierda. Digamos que si hay una forma plenamente humana de entender lo que es simplemente humano, ésa no puede ser otra que intentar entenderlo todo a la vez y con cada cosa en su lugar. Y así como hay una vivencia dionisiaca de lo sexual, debe haber también un concepto apolíneo de lo erótico. Cuáles sean éstos y qué lugar ocupen en una cultura, eso es algo que los hombres han resuelto de distintas formas y con mayor o menor acierto. Pero rara vez han perdido de vista, históricamente hablando, que al lado de la pasión que arrebata está la razón que ordena, que los hombres somos así, y que lo importante es concebir las cosas de modo tal que estas dimensiones contradictorias puedan convivir a la vez. Lo que hemos hecho los posmodernos es algo extraño y, desde luego, antinatural. Hemos cogido el sexo y lo hemos convertido en derecho civil. Vale decir: hemos cogido a lo dionisiaco, a lo pasional y, sin realmente iluminarlo, le hemos aplicado las reglas de lo apolíneo, entendiéndolo como si fuera la ley de contratos, la sanidad pública o la regulación de los mercados de abastos. A lo apolíneo, por su parte, lo hemos apartado de su continente natural, que es el de la ética, el de la organización de la vida conforme a reglas —reglas, horresco referens—, y lo hemos puesto a gastar luz no sobre el sexo, sino sobre el placer, es decir, sobre aquello que nunca podrá iluminar, porque está hecho de otra naturaleza. Dionisos colocado en el altar de Apolo y Apolo vestido con los atributos de Dionisos. Es absurdo.

Haría falta otra revolución sexual. Una revolución que nos enseñara de nuevo a ver la experiencia erótica como algo profundamente personal —es decir, entre personas—, inseparable de un prójimo que nos dice algo, una dimensión añadida a otras tan hondamente humanas, irreductible a las reglas del bricolaje y al cálculo de «satisfacciones». Algo que es al mismo tiempo deseo y función social, que es libertad y es a la vez responsabilidad, que es una estética y es una ética, y que además y sobre todo es amor, en toda la infinita complejidad de esta palabra. Se trataría de alcanzar una visión donde Apolo y Dionisos, la ética y el deseo, lo sublime y el instinto, puedan vivir juntos, como ambos conviven en la entraña del hombre. Y romper de una vez estos pesados grilletes.

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