Pedanterías pictóricas, idioteces musicales y leyendas antifranquistas

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Sin duda recordará usted, pedantísimo lector, aquella ocasión en la que, hace algunos años, la televisión sirvió, excepcionalmente, para algo bueno. Sucedió cuando Tele 5 envió una reportera a la feria de arte contemporáneo ARCO con la misión de colgar subrepticiamente un cuadro embadurnado a manotazos por unos niños de tres años. Los comentarios de los asistentes no tenían desperdicio. Mientras uno percibía “angustia y tristeza”, otro recalcaba sus “muchas sutilezas y corrientes”. Un tercero lo calificaba como “un cuadro complejo, con mucha meditación detrás, obra de un pintor con mucha experiencia”. También aportaron su docta opinión comentaristas más profundos, como el que percibía “desesperación por buscar un camino nuevo” y el que afirmaba que se trataba de “una obra de un hombre de cierta edad con una carga erótica y una represión muy grandes”. Con esta experiencia basta para demostrar que el arte abstracto es una enorme basura que sólo ha servido para evidenciar las elevadísimas cumbres de idiotez a las que puede ascender el Homo sapiens y lo fácil que es tomarle el pelo. Y cuanto más supuestamente culto, más fácil.

A los cinéfilos probablemente les haya recordado aquella escena de Sueños de un seductor en la que Woody Allen, intentando ligar en un museo, entabla con una hermosa chica la siguiente conversación sin mover un músculo de la cara y ni siquiera mirarse

–Es un Jackson Pollock precioso, ¿eh?

–Sí que lo es.

–¿Qué le sugiere a usted?

–Ratifica la absoluta negatividad del universo. El odioso vacío solitario de la existencia. La nada. El suplicio del hombre condenado a vivir en una desierta eternidad sin Dios como una diminuta llama que relampaguea en un inmenso vacío donde solo hay desperdicio, horror y degradación formando una inútil camisa de fuerza que aprisiona un cosmos absurdo.

–¿Qué hace el sábado por la noche?

–Suicidarme.

–¿Y el viernes por la noche?

El asunto no es precisamente nuevo. En 1910, al escritor Roland Dorgelès, enemigo confeso del incipiente arte abstracto, se le ocurrió atar una brocha al rabo de Lolo, un simpático pollino, para ver qué podía hacer con un lienzo excitando su inspiración con zanahorias. Y todo ante notario. Presentado el cuadro, Puesta de sol en el Adriático, firmado por un inexistente Boronali (anagrama de Aliborón, nombre poético del burro desde la Edad Media) junto con un Manifiesto del Excesivismo, los críticos elaboraron sesudos artículos sobre el cuadro, su filosofía transgresora, su técnica depurada, su mensaje oculto, su genial autor, etcétera. Y cuando Dorgelès descubrió la farsa asnal dejándolos a todos con el culo al aire, todavía hubo uno que tuvo el cuajo de cuestionar la legitimidad de las risas provocadas: “Sí, rieron. Pero, ¿de qué calidad eran esas risas?”.

El mundo de la pintura y la escultura es caudaloso manantial de pedanterías y mamarrachadas. Las anécdotas museísticas darían para una enciclopedia del disparate en la que la arriba mencionada de ARCO sería tan solo una del montón. Las obras de arte tiradas a la basura por haber sido así consideradas por los encargados de la limpieza suelen amenizar los periódicos de vez en cuando. Un caso muy divertido fue el de ¿Dónde vamos a bailar esta noche?, conjunto de botellas, papeles y otros desperdicios que las artistas de vanguardia Sara Goldschmied y Eleonora Chiari instalaron en el museo Bolzano de Milán y que la limpiadora tiró a la basura por considerarlos restos de una juerga de la noche anterior. Cuando las artistas y sus coros alzaron sus quejas escandalizadas, el conocido crítico de arte Vittorio Sgarbi aportó un poco de sensatez al defender a la honrada trabajadora con el argumento de que “si ella pensaba que era basura, eso demuestra que lo era. El arte debe ser entendido por cualquiera, incluidos los trabajadores de la limpieza. El hecho de que el museo pueda simplemente recolectar las piezas de la basura y ponerlas de nuevo juntas significa que no era arte de categoría”.

También es digna de mención la obra Comediante del italiano Maurizio Cattelan, consistente en un plátano pegado con cinta adhesiva a la pared. Un amante del arte pagó por ello 120.000 dólares, precio en el que se incluye un manual de instrucciones para instalar la cosa con el ángulo y altura adecuados: treinta y siete grados, sesenta y ocho pulgadas desde el suelo. La guinda la puso el también artista David Datuna, que, durante su exposición en la parisina Galeria Perrotin, se comió el plátano ante los boquiabiertos asistentes. Pero todo tiene una explicación mucho más profunda de lo que pudiera parecer a simple vista. Lejos de tratarse de un iconoclasta, Datuna se declaró admirador de la obra de Cattelan y definió su proceder como una “actuación artística” ya que “lo que percibimos como materialismo no es más que condicionamiento social. Cualquier interacción significativa con un objeto puede convertirse en arte. Yo soy un artista hambriento, y tengo hambre de nuevas interacciones”. La Galería Perrotin, no se sabe bien si para salir del apuro de la deglución o por convicción, se apresuró a adquirir otro plátano y aclarar que el valor de la pieza no era el plátano en sí, sino la idea.

Ya metidos en ideas, la medalla de oro del timo la merece el también italiano –¡pobre patria de Miguel Ángel y Leonardo!– Salvatore Garau, que consiguió vender una escultura invisible, es decir, nada, por 18.000 dólares. Y el comprador de Yo soy –porque así se llama eso que no existe–, además de pagar dicha cantidad, tuvo que comprometerse a que esa estatua inexistente estuviese acomodada en un espacio suficiente: una habitación de 50 x 50 metros sin ningún mueble ni obstáculo. Según el afortunado timador, metido asimismo a físico y filósofo, el hecho de que se vendiera demuestra su calidad: “El buen resultado de la subasta atestigua un hecho irrefutable. El vacío no es más que un espacio lleno de energías, e incluso si lo vaciamos y no queda nada, según el principio de incertidumbre de Heisenberg, la nada tiene un peso”.

Un siglo anterior, y bastante más inocente –el mundo del siglo XIX estaba lejos de alcanzar el grado de desquiciamiento actual–, es la sabrosísima anécdota protagonizada por Baudelaire y Wagner. El poeta francés, uno de los más tempranos admiradores de la música del alemán, pidió a su amigo el también escritor Champfleury que le presentase al egregio compositor, a la sazón residente en París. Fueron a su casa, donde Wagner apareció enfundado en una elegante bata azul. Tras tocar en el piano una pieza que embelesó a sus invitados, salió de la habitación para regresar acto seguido con una bata amarilla. Volvió a sentarse al piano y, al cabo de un rato, salió de nuevo y reapareció vestido con una tercera bata, esta vez verde. Baudelaire, tan impresionado por el misticismo de la música como por el trasiego indumentario, se dirigió respetuosamente a Wagner:

–¡Magnífico, maestro! Pero permítame hacerle una pregunta. He observado que ha tocado usted cada una de las piezas con batas de distinto color. Lo ha hecho para indicar tonalidades diferentes, ¿verdad?

–No, no –respondió Wagner–. Me cambié la primera bata porque era de invierno, y la segunda porque también era demasiado gruesa. Es que cuando toco el piano sudo mucho.

Algo similar le sucedió a Ralph Vaughan Williams en un par de ocasiones. La primera en 1935 con motivo de la composición de su Cuarta Sinfonía. Su tono oscuro y violento fue interpretado en el mundillo musical como el reflejo de una época de creciente tensión internacional debida sobre todo al ascenso al poder de Hitler y Mussolini. Por eso el influyente crítico musical del Times, Frank Howes, la rebautizó como Sinfonía Fascista a pesar de que el compositor dejara claro que se trataba de música absoluta, carente de programa extramusical alguno. Algo similar le sucedió cuando, tras la serena Quinta Sinfonía de 1943 –la de la maravillosa Romanza, una de las melodías más embriagadoras del repertorio sinfónico del siglo XX–, regresó a las disonancias y la violencia con su Sexta Sinfonía de 1948. Pues el pianissimo con el que concluye fue interpretado por algunos críticos, en aquellos momentos iniciales de la Guerra Fría, como la descripción de la devastación nuclear del mundo. La respuesta del compositor lo dejó claro: “Parece que nunca se le ocurre a nadie que un hombre simplemente pretenda escribir una pieza de música”.

Todo esto viene al caso porque acabo de leer el enésimo artículo sobre el trasfondo antifranquista de La cabina, celebérrimo cortometraje de 1972 dirigido por Antonio Mercero, coescrito por José Luis Garci y protagonizado por José Luis López Vázquez. En una entrevista a Mercero, hace ya bastantes años, el entrevistador recordaba, con guiño cómplice, el sutil mensaje antifranquista que encerraba la película, en la que se denunciaba, mediante el símbolo del hombre atrapado en una cabina telefónica, la indefensión del ciudadano ante la opresión de la dictadura y bla, bla, bla. La estrategia fue tan astuta –recalcó con gesto inteligente el entrevistador– que la torpe censura del régimen no se apercibió de la crítica política subyacente y permitió el estreno de la película. No como el público, mucho más avispado, que captó y compartió el mensaje antifranquista oculto.

–Sí –respondió Mercero–, así fue. La mayoría de la crítica hizo hincapié en esa faceta de crítica política, lo cual me sorprendió y me sigue sorprendiendo, pues lo único que yo hice fue una película de terror sobre un hombre que se queda atrapado en una cabina.

Pero las palabras de Mercero no han servido para nada, pues los años pasan y siguen escribiéndose artículos sobre La cabina, aquella genial pieza de subversión antifranquista.

© Libertad Digital

 

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