La destitución de Bannon o el fin del trumpismo


Una vez liberado de su consejero Steve Bannon, Trump tiene las manos libres para capitular ante el complejo militar-industrial y abandonar sus promesas electorales.
John Laughland    


La destitución de Steve Bannon de la Casa Blanca en el marco de la controversia en torno a los sucesos de Charlottesville, así como el discurso pronunciado por Trump el 21 d agosto sobre la prosecución de la guerra en Afganistán marcan el fin definitivo del trumpismo en política extranjera y el brutal abandono por parte del presidente de las promesas que había efectuado para hacerse elegir.

Los medios de comunicación bienpensantes suelen denunciar a Bannon como alguien procedente de la alt-right, es decir, de lo que ellos califican de extrema derecha. En realidad, nadie ha citado nunca ninguna declaración extremista que hubiese salido de su boca: al contrario, ha denunciado a los nacionalistas blancos de Charlottesvilles, tratándolos de “grupo de clowns”. La realidad es distinta. Lo que distingue a Bannon de otros consejeros o ideólogos —como sus enemigos siempre han subrayado— es su defensa de una política extranjera no intervencionista, posición habitualmente caricaturizada de “aislacionista”.

Poco antes de ser destituido de la Casa Blanca, Bannon había sorprendido a los lectores de la revista de centro-izquierda Prospect al contradecir al presidente Trump acerca de Corea del Norte. “No existe ninguna solución militar”, declaró antes de añadir: “Kim nos ha ganado”. Mientras Trump estaba prometiendo “rayos y centellas” contra Corea del Norte, su consejero le recordaba que cualquier acción militar tendría como inevitable consecuencia la muerte de millones de surcoreanos en escasos minutos. Bannon prefería llamar la atención de sus lectores sobre las evoluciones geopolíticas a largo plazo y sobre el papel de China dentro de veinte o treinta años. Corea del Norte sólo es, para él, un acontecimiento menor. Para el New York Times la oposición de Bannon a las aventuras militares en el extranjero forma parte de su “credo nacionalista”.

Una vez liberado de los consejos de Bannon, Trump tenía las manos libres para anunciar su capitulación sin condiciones ante el complejo militar-industria, como así lo efectuó ante los militares en Fort Myer. Al anunciar la prosecución y hasta la intensificación de una guerra en Afganistán que ya ha durado más que las dos guerras mundiales juntas, una guerra de la que tanto los británicos como los rusos saben por su propia amarga experiencia hasta qué punto es vana, Trump no ha hecho otra cosa que cambiarse de chaqueta. “Mi instinto original me decía que era necesario retirarse de Afganistán […]. Pero durante toda mi vida siempre he oído decir que las decisiones parecen diferentes cuando uno está instalado en la oficina oval.” Con esta frase, pronunciada en aquel lugar y con toda solemnidad ante el estado mayor de los ejércitos, Trump efectuó su viaje a Canossa: hizo lo mismo que el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Enrique IV, quien en 1077 se fue a suplicar al papa Gregorio VII que anulara su excomulgación. Nunca habrá quedado tan clara la correlación de fuerzas existente dentro del Estado norteamericano. Ni siquiera hace falta referirse al “país real”, tan abrumador como es el dominio que las fuerzas opuestas a Trump ejercen en las grandes instituciones del Estado, empezando por el Congreso y las fuerzas armadas. […]

Se podría creer que la virulenta reacción que suscitaron las palabras de Trump acerca de las manifestaciones de Charlottesville sólo fue el pretexto para deshacerse de Bannon. Pocas veces un presidente estadounidense habrá sido tan violentamente criticado, incluso por dos de sus predecesores, los presidentes Busch, padre e hijo. Pero, en realidad, los dos acontecimientos —Charlottesville y el intervencionismo— están ligados entre sí. El intervencionismo no es otra cosa que el liberalismo a escala internacional: se justifica la proyección de la potencia estadounidense por todo el planeta en nombre de valores liberales y no en nombre de la grandeza norteamericana. Parece que los generales le habrían enseñado a Trump fotos de mujeres afganas de los años 70 con el fin de convencerle que abandonara su escepticismo intervencionista, de igual modo que simples imágenes de niños heridos le habrían convencido de bombardear Siria el pasado mes de abril. En resumidas cuentas, se hace la guerra desde hace dieciséis años para que las chicas puedan de nuevo pasearse en minifalda por Kabul.

La cosa es tan enorme que es preciso pararse un momento. Lo que realmente sucede en Afganistán es que se trata de un país premoderno e indomable que se encuentra, al igual que tantos otros países musulmanes, sumido en una ola de reislamización desde hace décadas. Es una realidad que a los liberales les vuelve locos de rabia, pues quieren, como buenos revolucionarios, modelar el mundo a su imagen sin plegarse ante la realidad. Es esta misma voluntad de reestructurar la realidad, y sobre todo de arrancar las raíces históricas y culturales de todos los países, lo que los lleva a desmontar la estatua del general Lee en Charlottesville. Para avanzar hacia las soleadas cumbres del liberalismo mundial, donde ya no habrá necesidad ni de naciones ni de pueblos, sino tan sólo de valores, no sólo hay que arrancar las raíces históricas, sino que también hay que escupir sobre las mismas. Para los “internacionalistas” que acaban de festejar su victoria en la Casa Blanca, al igual que para todos los socialistas revolucionarios, la consigna es: “Del pasado hay que hacer añicos. El género humano es la Internacional”.

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