Bielorrusia, tan apasionante y tan desconocida

¿De verdad la economía pública es el demonio?

Putin y Lukashenko, el presidente de Bielorrusia, jugando como dos amigotes al hockey sobre hielo

Que la economía pública o estatal es el demonio, eso dicen, mirando a su bolsillo, los capitalistas liberales. Pero también algunos de quienes los combaten. Bueno sería que tanto unos como otros se dieran una vuelta por Bielorrusia, ese país tan apasionante como desconocido.
elmanifiesto.com    

Que la economía pública o estatal es el demonio, eso dicen, mirando a su bolsillo, los capitalistas liberales. Pero lo peor es que hasta algunos de quienes les combaten empiezan a creérselo, e invocando a troche y moche el sacrosanto principio de subsidiariedad, creen que todo se arreglaría con cooperativas, asociaciones libres de productores y otras análogas medidas de proudhoniano espíritu.[1]

Recordemos el principio de subsidiariedad: el Estado sólo puede y debe intervenir “subsidiariamente”, es decir, en la medida en que las instancias inferiores (léase “la sociedad civil”) incumplen la función o el cometido que es el suyo. Ya, muy bien. Pero resulta que a partir de la revolución industrial y por lo que a los grandes ámbitos financieros e industriales se refiere, la sociedad civil incumple, de entrada y por definición, su cometido. Dejados a sí mismos (“Laissez faire, laissez passer”…), desprovistos de intervención y coerción estatal, los hombres (todo el capitalismo liberal lo prueba) tienen una espontánea, irreprimible tendencia a acaparar a lo bruto, a toda costa —así sea (he ahí nuestra desgracia) a costa del mundo y la civilización. De modo que más vale que, ante tanta irreprimible tendencia, el Estado reprima y encauce, interviniendo económicamente, todo lo que haga falta reprimir y encauzar.

Bueno sería que quienes no lo consideran así se diesen una vuelta por Bielorrusia. Háganlo, a poder ser, en compañía de nuestro amigo Cosme de las Heras, que aquí nos habla con conocimiento de causa de tan apasionante país.

J. R. P.

 

Uno viaja a Bielorrusia (Bieli-Rossiya: Rusia Blanca, por la blancura de sus numerosos abedules), ese relativamente desconocido país entre Rusia y Polonia, y lo que encontrará es una nación con una economía semicomunista: el Estado controla el sector primario (agricultura) y buena parte del secundario (industria). El sector terciario (servicios) está casi completamente liberalizado. Y luego están servicios públicos como infraestructuras, sanidad, educación, pensiones, vivienda, etc. que se encuentran en manos del Estado. También hay vivienda privada.

La Iglesia Ortodoxa desempeña un papel muy importante en la sociedad, aunque el Estado es laico.

Los detractores del sistema bielorruso dicen que Aleksandr Lukashenko, su presidente, es un dictador. Parece ser que no lo es, ya que en Bielorrusia existe toda una variedad de partidos políticos libres. Lo que sucede es que siempre gana las elecciones por goleada. Uno pregunta a la gente que vive allí, y todos parecen muy contentos con Lukashenko.

En cualquier caso, que le tilden de "dictador", al camarada Lukashenko se la trae al pairo. Siempre dice: "Mejor ser dictador que gay". Y se queda más ancho que largo.

Bielorrusia se escapó de la doctrina del shock, estudiada por Naomi Klein, que asoló a Rusia y a Ucrania en los años 90. Allí hicieron las cosas con prudencia. Los rusos y ucranianos, e incluso los ruso-bálticos siempre hablan maravillas de Bielorrusia.

En Bielorrusia se paga un 12% de impuestos tarifa plana, y los servicios públicos funcionan excelentemente. Cualquiera que haya estado allí puede corroborar que se trata de uno se los países más limpios del mundo, con buenas infraestructuras, trenes puntuales, bien cuidado patrimonio histórico-artístico y natural (Bielorrusia posee una de las mayores masas forestales de Europa, principalmente de abedules).

La tasa de paro es del 2%, el crecimiento es del 6% anual.

La tasa de delincuencia está cercana al 0%.

Al bielorruso le encanta ir al ballet, al teatro y al hockey sobre hielo, y también pasar tiempo con la familia en los numerosos parques y en sus dachas campestres. Casi todas las familias tienen alguna.

Por cierto, que en Bielorrusia se idolatra a los bailarines gays de ballet. ¡Para que luego digan que es una sociedad homófoba!

En Bielorrusia no existe la pobreza ni tampoco la riqueza obscena (como sí ocurre en Rusia). Da la impresión de que casi toda la población pertenece a una sólida clase media.

El Ejército (que sigue siendo, de facto, el Ejército Rojo) es objeto de culto y devoción, al igual que la Gran Guerra Patria: la Guerra Sagrada.

La Rusia Blanca es un país demasiado feliz, demasiado blanco, demasiado eslavo, demasiado cristiano, demasiado familiar, demasiado sano, demasiado limpio, demasiado culto, demasiado patriota, con mujeres demasiado guapas... Con razón Bielorrusia fue incluida por la administración George W. Bush en el Eje del Mal. 

La cuestión es: ¿cómo se hace que una sociedad semicomunista como la de Bielorrusia funcione tan bien y otras sociedades semicomunistas como las de otros países más meridionales y allende los mares funcionen tan desastrosamente?

¿No tendrá la raza algo que ver con ello? Me limito a preguntarlo. Dios nos libre de hacer la menor sugerencia racista.



[1] Para quien haga falta aclarárselo, “proudohniano espíritu” significa: espíritu basado en las doctrinas de Pierre-Joseph Proudhon, teórico francés de un socialismo-anarquismo profundamente opuesto al socialismo de Marx.