Don Juan


El largo y venturoso reinado de Juan Carlos I ha permitido al Rey Emérito legar a su augusto hijo, cuyo trono concita nuestros unánimes sufragios, un país unido, sin tensiones separatistas, dirigido por políticos honestos y eficaces, que destaca por sus sólidas y respetables instituciones jurídicas, financieras y educativas.
Sertorio    


Para Fernando Paz,
por tanto monarquismo compartido
Toda nación tiene próceres que se sacrifican silenciosamente por ella, que renuncian a los efímeros placeres y a la vanidad de la fama en aras de un ideal más alto; son estos callados héroes los que cimentan la felicidad de los pueblos. Don Juan de Borbón, Juan III de España, forma parte de esta serie de beneméritos de la Patria.
El largo y venturoso reinado de Juan Carlos I ha permitido al Rey Emérito legar a su augusto hijo, cuyo trono concita nuestros unánimes sufragios, un país unido, sin tensiones separatistas, dirigido por políticos honestos y eficaces, que destaca por sus sólidas y respetables instituciones jurídicas, financieras y educativas. Con orgullo podemos afirmar hoy que el problema de España es que no hay problemas.
Pero esta armonía social de la que tan plácidamente gozamos tiene un arquitecto, un genio tutelar que la concibió y soñó cuando el franquismo secuestraba nuestras libertades y el clamor del pueblo por la vuelta de la monarquía resonaba en minas, talleres y fábricas. Juan III era el grito de los campos y barrios de España. Podía faltar el pan en las casas, pero no el retrato de don Juan, el príncipe proscrito, en los hogares de la gente humilde. Sólo algunos outsiders, rebeldes sin miedo a las represalias de los poderes fácticos, se han atrevido a resaltar y reconocer el papel esencial de don Juan en la recuperación de las libertades democráticas;  es un homenaje que debemos a los inteligentísimos y documentados estudios de Luis María Anson, académico de la Lengua e ideólogo de Miss España, y a los profundos y pormenorizados análisis de Jaime Peñafiel, director en los duros tiempos de Franco de la reivindicativa y ácida revista ¡Hola! 
La suerte ha querido que haya caído en mi poder un interesante documento que yacía en la biblioteca de mi tía Margot, junto a sus crisolines de Aguilar y los inmortales volúmenes de don Torcuato Luca de Tena y de don Julián Cortés Cavanillas;  papeles de los cuales quiero hacer un breve extracto para que sirva a su vez de emocionado recuerdo a quienes en arriesgadas partidas de bridge, temerarios viajes a Estoril y asamblearias meriendas en Embassy, hicieron de las calles Velázquez, Fortuny y Serrano una zona liberada en la larga marcha contra la dictadura.  
El documento que obra en mi poder es un libro titulado El Príncipe Don Juan de España, escrito por Juan Bonmatí de Codecido, y publicado en Valladolid por la librería Santarén en 1938. Me acomete la duda de que sea todo falso: el autor, la editora, la ciudad y el año; en la España de la ominosa dictadura, nadie se podía declarar monárquico sin que su vida peligrara. Este libro debió de circular en la clandestinidad y su posesión tuvo que acarrear fatales consecuencias, ya que en él se proclamaba el compromiso de don Juan con la democracia y su rechazo visceral de todas las formas de totalitarismo.
Por ejemplo, cuando habla de la revolución de octubre de 1934 (p. 121), don Juan es categórico en su antifascismo. «Por eso —escribe el autor— el entusiasmo delirante y la fe ciega que puso don Juan, hora a hora, en ese movimiento mozo, heroico, agresivo, disciplinado y poético que creó, para virilizar, dignificar y humanizar a España, ese gran patriota enamorado de ella, genial y poeta, que se llama José Antonio Primo de Rivera.»  Esa pasión libertaria llevó a la Familia Real a exiliarse en Roma en 1936, cuando la Ciudad Eterna era el crisol del liberalismo europeo, y a que don Juan se entregara a sus estudios universitarios en Florencia bajo la férula de alguien tan poco sospechoso de fascismo como Giovanni Gentile: «pasaba todos los días horas y más horas entregado al estudio con esa fruición provechosa de quien no estudia por aprobar, sino por saber. Derecho Corporativo, Historia, Organización totalitaria del Estado […]. En una palabra, todo lo que constituye hoy la estructura estatal, en la que apoya su grandeza y poderío la Italia de Mussolini […] en contacto diario con los más capacitados elementos fascistas de la ciudad […] como el complemento de su sólida preparación para poder algún día desempeñar cumplidamente su alta misión patriótica, tal y como la reclaman las necesidades españolas y el estilo y quilate falangista y tradicional de su nuevo espíritu viejo, sano ya de dolencias democráticas». (p. 129). Firme en sus ideales de libertad, don Juan pasará su estancia en Roma entreteniendo sus ocios intelectuales, por los que fue siempre conocido, de la siguiente manera: «el movimiento fascista italiano, como el nacional-sindicalismo [sic] alemán, que proporciona a sus pueblos respectivos día a día un aumento formidable de su nivel de felicidad, bienestar, progreso y potencia, son objeto para él de un estudio detenidísimo, de un continuo adentrarse en la entraña misma del espíritu y la práctica de sus doctrinas para mejor empaparse de sus esencias» (p. 265).
Don Juan de España se oponía a toda violación de la legalidad republicana, especialmente en la etapa del Frente Popular, que tan buenas relaciones mantuvo con la Real Familia. Por eso, doña Mercedes, la augusta esposa de este hijo y padre de reyes, comentaba con el autor las opiniones de Su Alteza en los meses que precedieron a la Guerra Civil (p.154): «Juan tuvo siempre —me decía doña María de las Mercedes—una fe ciega en los destinos de grandeza de nuestra Patria. Cuando recibía una noticia con la última barbaridad del Gobierno rojo o sus secuaces, se ponía furioso y preguntaba: “¿Y los nuestros qué han hecho? Algo habrán hecho —decía—, porque has de saber que España es inmortal; de eso no te quepa duda; y yo tengo el convencimiento absoluto de que la Falange en la calle, las minorías monárquicas en el Parlamento, acabarán con toda esa gentuza y con tanta farsa de parlamentarismo, elecciones y monsergas. Sin contar con que el Ejército no lo aguanta. Si no, al tiempo”».  Después de la muerte de Calvo Sotelo, insiste como rey de todos los españoles, y hablando ante su soberana consorte, en sus ideales de concordia democrática: «¿No te decía yo que aquí no había más solución que echarse a la calle y acabar a tiros con ellos? […] ¡Pobre Calvo! […]. Comprenderás que si ahora no se echan a la calle, España no tiene solución, ni nosotros vergüenza» (p. 172). 
Por supuesto, el autor no deja de transmitirnos la enorme simpatía que la Real Familia sintió siempre por la clase obrera y los sindicatos. Así nos describen la manifestación del primero de mayo de 1936 en Madrid, todo un retrato objetivo y exento de clasismo, como ha sido habitual siempre en medios monárquicos, por ejemplo, ABC. «Sus caras cerriles de inteligencias cegadas por el cieno de todas las predicaciones infrahumanas […], su paso, carente en absoluto de marcialidad, producía al arrastrar las alpargatas sobre el asfalto un acompañamiento terroso, sucio y polvoriento. De vez en vez un grupo de mujerucas desgreñadas, con cianosis de vino en los labios y harapos de suburbios sobre sus carnes marchitas de taberna y lupanar, venían cantando la Internacional y dando escolta a una bandera roja con la hoz y el martillo en blanco sobre sus pliegues, enarbolada con masculina vanidad por la hija de un líder con mono azul o por una maestrilla nacional de las casadas por lo civil con un camarada y liadas por lo marxista con un directivo» (p. 155). Todo en este encantador tableau vivant exuda cordialidad y aprecio por las justas reivindicaciones obreras, siempre tan cercanas al corazón de nuestros monarcas.  No es de extrañar que el reinado de Alfonso XIII fuera un remanso de paz social.      
Cuando estalla la Guerra Civil, y con grave peligro de su vida, se produce uno de los incidentes más misteriosos de la vida arriesgada y heroica de don Juan de España: cruza la frontera de la zona nacional con un mono azul, boina roja, yugo y flechas y brazalete rojigualda. Posiblemente se trataba de un hábil camuflaje para cruzar las filas facciosas e incorporarse a la Columna Mangada, al Quinto Regimiento o a alguna de las Brigadas Internacionales. Retenido por las huestes del Innombrable, don Juan fue expulsado de España y decidió contestar al sanguinario militarote mostrando la tradicional altivez de la Casa de Borbón ante los poderosos favoritos de la fortuna. Lo hizo mediante esta carta de 7 de diciembre de 1936, de la que extraemos unos morceaux choisis:
«Mi respetado General: En forma tal vez impremeditada, cuando la guerra en España tenía sólo el carácter de una lucha interna, he intentado tomar parte en ella. Aunque me impulsaban sentimientos bien ajenos a la política, comprendo y respeto las razones que entonces movieron a las autoridades militares a impedir mi incorporación a las tropas.
»Actualmente, la lucha parece tomar, cada vez más, aspecto de una guerra contra enemigos exteriores, guerra en la que todos los buenos españoles de mi edad habrán podido hallar un puesto de combate. El deseo de hallarlo yo también, y en forma que aleje toda suspicacia, me mueve a someter a la benévola atención de V. E. mi aspiración. […]
»Con mis votos más fervientes por que Dios le ayude en la noble empresa de salvar a España, le ruego acepte el testimonio del respeto con que se reitera a sus órdenes y muy afectuosamente e. s. m.,
Juan de Borbón»
Don Juan pedía una plaza en el crucero Baleares, cuyos rumbos, sin duda, quedaron marcados por tan feliz y auspiciosa preferencia.
Si el antifascismo es la esencia de la memoria democrática, ya es hora de que a don Juan de España se le haga un merecido sitio en ella.