Homo calambrensis


El creciente uso de los teléfonos para todo tipo de actividades no telefónicas ha provocado que los psicólogos tengan que recomendar la reserva de algún rincón de la casa para conversar o practicar alguna afición que no tenga nada que ver con una pantalla.
Jesús Laínz    


Según dicen los papeles, el creciente uso de los teléfonos para todo tipo de actividades no telefónicas –se calcula que cada español realiza diariamente 220 acciones con esos aparatos (alguno habrá que llegue a 440 para compensar a un troglodita que yo me sé)– ha provocado que los psicólogos tengan que recomendar la reserva de algún rincón de la casa para conversar o practicar alguna afición que no tenga nada que ver con una pantalla. Dos milenios y medio después de Platón y medio milenio después de Gutenberg, parece imparable la tendencia hacia el dominio de la fugacidad de la imagen sobre la solidez de la palabra.
Por otro lado, está el famoso twitter, curioso entretenimiento consistente en enviar y leer cada día cientos de mensajes telegráficos sobre los asuntos más variados, desde los más serios a los más intranscendentes. No cabe duda de que es útil para enviar una información breve, pero el problema llega cuando se convierte en el principal medio de creación de opinión política, sobre todo por parte de algunos partidos expertos en esloganizar su absurdo ideológico.
Y, por supuesto, la música, la omnipresente música (por llamarla algo). En el tren, en el autobús, en el taxi, en la consulta del médico, en la sala de espera, en la calle, en la playa, en la fila del remonte, en el bar, en el hotel, en el restaurante... Porque, por algún extraño designio, tiene que haber música en todas partes. ¡Hasta en las bibliotecas! Hace unas semanas una de cuyo nombre prefiero no acordarme celebró su sexto aniversario organizando una Silent reading party. Pero de silent tenía poco: «Trae un libro y permite que el ritmo de la música lounge marque el paso de tus páginas», decía el anuncio. Cualquier cosa menos silencio para poder leer, para poder pensar, para poder no pensar, para poder disfrutar del paisaje, para poder charlar con calma y en voz baja, para poder estar tranquilo sin verse obligado a oír lo que no se quiere oír.
Con tantos ruidos, musiquitas, pantallas, imágenes, informaciones fugaces, comentarios caducos, hechos efímeros y frases mínimas, a lo que hay que añadir la imparable decadencia del interés por la lectura, aplastante en la generación más preparada de la historia de España, el porvenir no parece propicio para el conocimiento y la reflexión.
Pero hay más datos sobre tan interesante fenómeno. La prestigiosa revista Science ha publicado los resultados de una investigación sociológica según la cual quedarse en silencio para pensar, aunque sea solamente durante unos breves minutos, es una de las actividades que más disgustan a la mayoría de los seres humanos.
La investigación de Science muestra que el 67% de los hombres y el 25% de las mujeres que participaron en el experimento, consistente en permanecer sentados en una habitación vacía sin hacer nada entre seis y quince minutos, lo consideraron tan insoportable que prefirieron acabar con ello anticipadamente administrándose una descarga eléctrica. Y, según parece, otros once experimentos distintos produjeron resultados similares. La clave consiste en que estar parados sin hacer otra cosa que pensar provoca tal sufrimiento a la mayoría de las personas que prefieren propinarse un calambre.
La primera conclusión que salta a la vista es la de que las mujeres son bastante más sensatas que los hombres, evidencia no siempre reconocida y que demuestra, una vez más, que de todas las estupideces que suelen cometer los varones probablemente la más despreciable sea la misoginia.
La segunda es bastante más desasosegante: se supone que una de las cosas que hace humanos a los integrantes de nuestra problemática especie de bípedos implumes es, o al menos así hemos querido creerlo, la capacidad de pensar, de utilizar la reflexión voluntaria e individual para comprender y tomar decisiones, a diferencia de ésos a los que, desde nuestras alturas, llamamos animales irracionales, condenados a tomarlas mediante el resorte automático y grupal del instinto. Pero, vistos los resultados del estudio de Science, el rechazo al pensamiento y al silencio, la preferencia por el dolor físico frente a la convivencia con uno mismo y la necesidad de hacer cualquier cosa con tal de no reflexionar, parece que deberíamos replantearnos la idea que los seres humanos tenemos sobre nosotros mismos.
Todo esto nos afecta tanto en nuestra esfera individual como en la social. Pues no es lo mismo una sociedad compuesta por personas capaces de prestar atención, de informarse, de aprender y de pensar que otra compuesta por irracionales antropomorfos de encefalograma plano habituados a reaccionar irreflexiva y grupalmente a estímulos primarios: imágenes, gritos y calambres.
Hombres o mandriles.
© Libertad Digital