Cambian los tiempos

Del matrimonio conservador al progre


Así funcionaba el matrimonio conservador: el marido era una bestia de carga que traía el pan a casa; su señora, a cambio, le trataba como a un sultán.
Cosme de las Heras    


Así funcionaba el matrimonio conservador: el marido era una bestia de carga que traía el pan a casa; su señora, a cambio, le trataba como a un sultán, y cuando llegaba a la morada después de una dura jornada de trabajo le traía las pantuflas y le traía una copa-balón de Soberano (“Es cosa de hombres”, decía en la radio la publicidad). La señora era una sirvienta del marido, y el marido era un siervo de Dios que hincaba la rodilla cada domingo en misa.
A lo largo de los años de matrimonio, la mujer encornudaba a su señor esposo y el marido se iba de putas. Ambos hacían la vista gorda y todos tan contentos. El matrimonio liberal se inventó dentro del matrimonio conservador.
El matrimonio progre de hoy en día funciona así: el marido sigue siendo una bestia de carga; su señora, a cambio, le trata como a una basura y le amenaza constantemente con el divorcio. La señora se niega a cumplir con el débito conyugal, y el pobre calzonazos no puede decir nada al respecto. Al marido no le está permitido irse de putas so pena de excomunión. Es importante señalar que hoy en día el marido ya no hinca la rodilla ante Dios los domingos, sino ante su mujer a diario. La mujer se ha convertido en el nuevo Dios del hombre.
Otro caso es el de la mujer cincuentona que tenía veintitantos años en los 80. En aquella época imitaba a Madonna en la vestimenta e incluso llevaba colgadas de las orejas unas cruces a modo de pendientes. La carcundia la llamaba “blasfema”.
Con el paso de los años, los harapos a lo Madonna se dejaron en el armario; sin embargo, esta mujer sigue conservando las cruces-pendientes y las lleva a diario. En una ocasión se le lanzan encima una jauría de feministas y de progres al grito de “¡Arderéis como en el treinta y seis!" y le arrancan las cruces de las orejas con violencia desgarrándole los pabellones auditivos.
En otra ocasión un tipo ya cincuentón, tendido en el suelo entre un charco de sangre, recuerda cómo una tarde de los años 80 se acercó a un videoclub para alquilar una película porno de Ginger Lynn, y en la puerta del videoclub se encontró a un grupo de católicos radicales armados con cruces y pancartas haciéndole un escrache al propietario del videoclub por “alquilar obscenidades”. Uno de los inquisidores le arreó un cruzazo en la cabeza abriéndole una brecha.
Treinta años más tarde, este ciudadano, sale de un puticlub a altas horas de la madrugada y es atacado por una turba de feministas y progres armados con tijeras podadoras al grito de “¡machete al macho!” y le emasculan allí mismo.
Los tiempos cambian que es una barbaridad.