Donald Trump cumple sus promesas


Trump hace lo que dice y dice lo que hace. Resulta, por cierto, bastante fascinante ver cómo se dedica a cambiar el mundo conocido firmando cada día decretos más decretos.
Gabriel Robin    


Trump hace lo que dice y dice lo que hace. Resulta, por cierto, bastante fascinante ver cómo se dedica a cambiar el mundo conocido firmando cada día decretos más decretos. Parece como si desconociera el miedo, y deja asombrados a los observadores por la sencilla razón de que actúa realmente. Se pensaba equivocadamente que los líderes políticos habían perdido el control de las cosas. Visiblemente la Oficina Oval ofrece grandes palancas de mando para quien tiene la voluntad de accionarlas. En lugar de sufrir las reglas del juego, Donald Trump cambia las que no le convienen. Gran objetivo de su presidencia: la inmigración. Menos de una semana después de haber sido proclamado presidente, firmaba un decreto destinado a “garantizar la seguridad a la frontera sur de Estados Unidos mediante la inmediata construcción de un muro”. Explicando, con razón, que “una nación sin fronteras no es una nación”, Donald Trump ha decidido restaurarlas.
El muro sólo es una etapa de una política más amplia, sumamente ambiciosa. Símbolo material de una reconquista moral, el muro de Trump le enviará al mundo una señal: ya no se puede entrar ilegalmente en Estado Unidos sin sufrir las consecuencias de ello. El antiguo presidente mexicano Vicente Fox lo ha calificado de “jodido muro”. Más le hubiese valido pensar en ello antes, cuando hubiese podido atacar a los narcotráficos mexicanos, esa plaga infecta que ha corrompido a la clase política de su país, sembrando la muerte desde hace casi treinta años. Donald Trump será inflexible. Ha dicho que México pagará el muro, y mantendrá su palabra. Da igual que el Estado mexicano se niegue a financiarlo directamente: se gravarán con aranceles los productos mexicanos.
A partir de ahora ya nada parece imposible. Los clandestinos serán devueltos a sus países. Por tierra, mar o aire. Y si un país se opone, se bloquearán los visados de todos sus ciudadanos. También desaparecerán las ayudas a los países recalcitrantes, entre los que figuran especialmente Argelia, Afganistán o Mauritania. Como consecuencia de estas medidas llenas de sentido común, Sean Spicer, portavoz de Donald Trump, ha anunciado la creación de nuevos centros de retención a lo largo de la frontera, los cuales permitirán detener con menor coste a los inmigrantes ilegales y devolverlos lo más rápidamente posible. Los 750.000 clandestinos que llegaron a Estados Unidos cuando aún eran menores también pueden olvidarse del tratado DACA, firmado a su favor por Barack Obama.
Al igual que en los países europeos, el examen de los expedientes de asilo puede durar años en Estados Unidos: tiempo suficiente para que los delincuentes del derecho de asilo puedan desaparecer del mapa. Tampoco falla ahí el voluntarismo del nuevo presidente: se establecerán procedimientos urgentes de expulsión de los clandestinos detenidos en la frontera, reduciendo sus posibilidades de recurrir y asignando jueces de inmigración en las fronteras. Se privará de fondos federales a las ciudades “santuario”, es decir, aquellas que se niegan a cooperar con los servicios inmigratorios. Son ciudades y jurisdicciones locales que dan muestras de mala voluntad al no cumplir las demandas de encarcelamiento con vistas a la expulsión. Para que los ciudadanos estén al corriente de ello, Donald Trump publicará la lista de dichas ciudades en la web de la Casa Blanca.

El último instrumento en tal sentido, el decreto “Proteger a la nación contra ataques terroristas perpetrados por extranjeros” permitirá impedir la entrada de ciudadanos de siete países musulmanes (Irak, Irán, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen). Además, el Gobierno Trump dejará de aceptar “refugiados” durante cuatro meses y pondrá definitivamente término a la llegada de “migrantes” procedentes de Siria. Donald Trump se niega a que Estados Unidos siga los pasos de la Unión Europea de Angela Merkel. La senda está trazada. Sólo tenemos, por nuestra parte, que seguirla. Invertir los flujos migratorios ha dejado de ser una utopía.