La salvación de la cultura europea. ¿A través de la comunidad o de la individualidad?


¿Por qué resignarse a pensar los signos de nuestra decadencia como anuncios fatales de nuestra desaparición? ¿Por qué no concebirlos como un síndrome pasajero en una fase de más amplio vuelo?
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Muchas veces Fernando Sánchez Dragó nos ha honrado reproduciendo artículos de este periódico en su Blog
Dragolandia de El Mundo. Hoy nos toca cambiar las tornas reproduciendo la carta que le dirigió un lector y a la que él contesta con un texto algunos de cuyos puntos comento a mi vez.

Así dice el anónimo corresponsal de Dragó
No creo en la inevitabilidad de la decadencia spengleriana del organismo europeo. Los signos que repetidamente han dibujado la secuencia crepuscular de una cultura y que se toman ahora como modelos anunciadores de la nuestra son realidades puramente históricas. La historia no se repite sin variaciones, no produce moldes idénticos ni exactitudes; principios y semejanzas pueden pervivir, y ahí radica la virtud de su aprendizaje, pero no más. ¿Por qué resignarse entonces a pensar los signos de nuestra decadencia como anuncios fatales de nuestra desaparición? ¿Por qué no concebirlos en esta ocasión como un síndrome pasajero en una fase de más amplio vuelo? Ciertamente, un elemento de mera voluntad está implicado en una especulación como ésta. Pero ¿no es precisamente la voluntad uno de los componentes de lo fáustico europeo? El fenómeno de la cultura cuenta también entre sus rasgos con un elemento espiritual energético inaprensible, del que difícilmente puede predicarse su agotamiento definitivo. ¿Resurgirá reanimando el pulso vital orgánico? No ha mostrado aún toda su virulencia lo que nos corroe; no hemos sido llevados todavía a término. En ese último estadio de nuestra agonía se verá si estamos dispuestos a hacer lo necesario para vencer las degeneraciones que sofocan la vitalidad, la libertad creadora, la metafísica, la energía conquistadora y auto-conquistadora del hombre europeo. Tales degeneraciones, de gran potencialidad totalitaria son, por un lado, la igualdad como propósito de la política y el concepto de voluntad general como su instrumento (frutos del pensamiento de Rousseau y obra de la Revolución francesa) y, por otro lado, la ausencia de trascendencia, la (in)trascendencia del hombre europeo desde el tránsito a la Modernidad. Cómo ignorar, por grande que sea la censura y la represión que se abaten sobre las libertades de conciencia, pensamiento y expresión que la sustitución progresiva de nuestra población por la inmigración masiva es el desafío definitivo que mostrará a la postre si nuestra cultura merece perecer...
Queremos estar presentes en ese último trance para que frente a una desaparición silenciosa se imponga la lucha y podamos preñar la cultura europea con un principio que partiendo de lo primitivo y vital mágico condense y supere lo apolíneo y lo fáustico y nos devuelva a una fase de crecimiento. Nada está escrito.
Queremos una Europa de la más alta cultura. Convertir el pensamiento en acción política, en un aliento sencillo que recorra las venas del continente europeo aquí y ahora...; ése es un cometido vital que bien merece perseguirse por todos los medios.
 

Y así responde Dragó
Estimado XXX: perdone la demora en hacerme eco del escrito que me entregó. La verdad es que, desde entonces, y así seguirá siendo hasta mediados de junio, he andado atareadísimo, de ciudad en ciudad, de entrevista en entrevista, de columna en columna, de conferencia en conferencia. Su carta, por otra parte, no es de las que se despachan en unas líneas. Dice en ella muchas cosas. Con la mayor parte estoy de acuerdo; con otras, no... Por ejemplo: todas las personas son individuos, pero no todos los individuos son personas. Persona sólo es, a la manera platónica, quien aprovecha su paso por la vida para construir el alma, y eso muy poca gente lo hace.
Yo no soy zoon politikon, aunque sí animal cordial. La polis no me interesa. No siento ninguna identificación con grupo alguno. Vivo o intento vivir marginado de y por la sociedad, aunque no desarraigado. ¿Qué es eso del pueblo? Una entelequia. El pueblo no existe, y en todo caso yo no admito ninguna responsabilidad en lo relativo a él. Eso es judeocristianismo: la mayor catástrofe de la historia universal y el caldo de cultivo de ese doble genocidio que es la izquierda y la progresía.
La libertad nunca es colectiva. Nada es colectivo o nada debería serlo.
Mi postura es la del Cándido de Voltaire: cultivo mi huerto. Hace ya muchas, muchas décadas que dejé de luchar por la redención del prójimo. De los míos, sí que cuido. Son mi huerto. Pero de nadie más. Y de España, o de cualquier patria, menos. Ni la condición humana ni la ibérica son cosa mía.
Me envió usted un correo electrónico que desapareció misteriosamente en las tripas de internet. Me llevo muy mal con la tecnología. Apenas sé utilizarla. ¿Sería usted tan amable de volver a enviarme ese correo?
Estas líneas no son un punto final. Al contrario. Lo son de comienzo de una relación epistolar y acaso personal que, en lo que de mí dependa, puede y debe proseguir. Le envío un saludo afectuoso.
Posdata - Todo esto se remonta a mayo de 2015. Hubo otras cartas. Basten estas dos como muestra. Cuando era joven creía que la vida era el arte del encuentro. Luego dejé de creerlo, pero a veces, como en esta ocasión, lo sigue siendo.

Y aquí van mis acotaciones
“No soy zoon politikon”, dice Dragó. “No soy zoon politikero”, querrá tal vez decir, porque “animal político”, animal cuya animalidad se hace humanidad al hallarse emplazado, entre otras cosas, en el espacio público que los griegos denominaban polis, desde luego que Dragó, como todo quisque, lo es. Tanto si le gusta como si le disgusta, tanto si la polis le interesa como si se la trae al pairo. De lo contrario, sin polis, sin colectividad, sin comunidad, ni siquiera podría hablar, ni siquiera poseería esa creación —“aparición”, sería mejor decir— anónima y colectiva que es el lenguaje. Entre tantas otras cosas, por supuesto.
¡Cielos! ¡Esa manía rousseauísta y moderna del Individuo que lo puede todo, que lo hace todo a su guisa y capricho, del Individuo que existe por sí solo, del Individuo cuyos átomos adicionados conforman, en un segundo momento, firmado el dichoso Contrato, esa cosa derivada que se llama “sociedad”!
¡Si de ahí provienen todos nuestros males!
Esos males que Dragó, dejando de lado su desdén por lo colectivo, es por lo demás el primero en denunciar. Como cuando ataca los desmanes causados en Venecia por los rebaños turísticos, como cuando celebra lo que representa la victoria electoral de un Donald Trump, como cuando reproduce la carta, publicada aquí, de un obrero que denuncia la degradación que en los barrios populares ha causado la inmigración de asentamiento…
Lo cual no significa, es cierto, “luchar por la redención del prójimo” que, con buen criterio, denuncia Dragó. Ello significa luchar ante todo por la redención de uno mismo: por esa salvación que sólo puede pasar por la purificación del aire que a todos nos envuelve y todos respiramos.
Javier R. Portella