Priority Pass


Lo siento, refugiados. Nada tengo contra vosotros (yihadistas aparte), pero aquí no hay panqueques para todos.
Fernando Sánchez Dragó    

 
Voy a ver cómo lo digo sin que el Ku Klux Klan de la corrección política me entierre en la arena con la cabeza empapada en hiel para que las termitas del Vade retro, Satana la devoren.
 
Dispongo de un salvoconducto que me permite disfrutar de las ventajas de la sala Vips en un sinfín de aeropuertos. Va aparejado a mi tarjeta de crédito. Su razón social es la misma de esta columna: Priority Pass.
 
Tras la rendición de Alepo se avecina una nueva oleada de refugiados, por no decir nada del incesante chaparrón de gota fría de los inmigrantes a palo seco. Si pocos éramos...
 
Siete de la mañana. Imaginemos que mi hijo Akela, cuyo nombre es el del lobo jefe de la manada que acogió a Mowgli, se despierta con hambre lupina. Sobre la mesa humea un panqueque. Sólo uno. Gajes de la crisis.
 
En eso llaman a la puerta. Es un refugiado. Acaba de llegar a España transportado en business class por los frailes mendicantes de una de ésas gubernamentalísimas organizaciones no gubernamentales que ayudan a todo cristo y más bien a todo alá con la pólvora del rey salida de los bolsillos del contribuyente y del negocio de la solidaridad. El refugiado está hambriento. Me lo indica llevándose una mano a la boca.
 
¿Qué debo hacer? No es una pregunta retórica. Se la dirijo, no sin angustia, a quienes piden papeles para todos con el argumento de que no hay personas ilegales y cuelgan en la Cibeles cartelones con el eslogan de Welcome refugees.
 
Insisto en que sólo hay un panqueque. Mi sueldo no da para más. Mi hijo, estimulado por el apetito propio de su edad, se relame con el tenedor y el cuchillo enarbolados. El inmigrante, al que he permitido pasar, lo mira con ojos golositos.
 
Reitero la pregunta. ¿Qué debo hacer? ¿A quién doy el panqueque? ¿A mi hijo o al forastero? ¿En cuál de las dos empieza la caridad?
Sólo cabe una respuesta: la que dan, en casos similares, los Verdaderos Finlandeses, los de Amanecer Dorado, los de Alternativa por Alemania, los okupas del Nuevo Hogar Social de la madrileña calle de Velázquez y tantos otros en otros tantos países. Los acusan de ser nazis. No sé si lo son, pero sí sé que yo no lo soy pese a terminar haciendo lo mismo que ellos hacen: conceder prioridad a lo propio sobre lo ajeno.
 
Pido al inmigrante que se marche. Sirvo a mi hijo el desayuno.
 
Lo siento, refugiados. Nada tengo contra vosotros (yihadistas aparte), pero aquí no hay panqueques para todos.
 

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