No lea, emociónese


Con el Nobel concedido a Bob Dylan se premia una cultura masiva frente a la cada vez más desagradable élite literaria, que es áspera y se niega a asumir su dependencia del mercado. Un Nobel del pueblo y para el pueblo.
Alberto Gordo    


Ocurre con el Nobel de Literatura que los análisis posteriores se adaptan extraordinariamente al fallo, ahorrando el trabajo a periodistas y críticos: en el veredicto está la conclusión. A Dylan, ha dicho el jurado, se le concede el Premio Nobel “por haber creado un nuevo modo de expresión poética integrada en la gran tradición de la canción americana”. Uno podría añadir alguna cosa más, pero parece evidente que los suecos han querido premiar la 
música, como el año pasado, con Alexiévich, se premió “al fin” el periodismo. El reconocimiento a Dylan es perfectamente coherente con la evolución de un galardón que nació siendo literario, sobrevivió siendo político y terminará considerando las más variopintas “tendencias”. Esto no quiere decir que Dylan no sea un magnífico letrista. Y hasta un apreciable poeta.
Pero me interesa otro asunto. Con Dylan interviene el factor sentimental: cuenten las veces que se menciona en las informaciones lo “importante” que ha sido su música para no sé cuántas generaciones. Se premia una cultura masiva frente a la cada vez más desagradable élite literaria, que es áspera y se niega a asumir su dependencia del mercado. Un Nobel del pueblo y para el pueblo. Esto, que ahorrará más de una indigestión lectora, es sobre todo un síntoma de la insignificancia de la literatura (perdón) y, en concreto, de ese modo específico (e irremplazable) de pensar el mundo que es la novela. Claro que es un consuelo para quienes esperaban ese Nobel debido a otros norteamericanos, como Philip Roth, Don DeLillo o Cormac McCarthy: es evidente que compiten en otras disciplinas. Son estadounidenses (y ya tocaba, dicen), pero tienen la anacrónica costumbre de escribir unos densos tochos incapaces de rivalizar, ni emocional ni comercialmente, con un CD de 15 canciones.
“Sonar” en las quinielas previas al Nobel parece ser ya condición indispensable para ganarlo, pero hay que tener paciencia. Los académicos han manifestado un apenas disimulado sentido del humor: en los últimos años repartíamos nuestras chanzas, con permiso de Murakami, entre una bielorrusa desconocida, un cantautor de Minnesota y un keniano de nombre impronunciable. Es posible que el año próximo descubramos a un auténtico escritor.
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