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La NASA nos ha sorprendido al anunciar el descubrimiento de al menos siete planetas —tres de ellos susceptibles de albergar vida— orbitando en torno a una enana roja. Ante hallazgos así se siente una mezcla de esperanza, melancolía y acaso terror.
Salvador Perpiñá

9 de febrero de 2017
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SALVADOR PERPIÑÁ


En el año 1908, desolado por la relación amorosa de su esposa Mathilde con el pintor Richard Gerstl —la Viena de principios del siglo XX registra una interesante combinación de cuernos y talento—, Schönberg compone su Cuarteto n.º 2, en cuyo cuarto movimiento se prescinde por primera vez de la tonalidad y una voz de soprano canta unos versos de Stefan George: «Ich fühle luft von anderem planeten» [Siento el aire de otros planetas], acentuando la sensación de sumergirse en lo desconocido. Esta semana la NASA nos ha sorprendido al anunciar el descubrimiento de al menos siete planetas —tres de ellos susceptibles de albergar vida— orbitando en torno a una enana roja con un nombre, Trappist-1, que evoca por igual severos silencios monásticos, cervezas robustas y una empalagosa, canora familia.
Ante hallazgos así se siente una mezcla de esperanza, melancolía y acaso terror. Sabemos ya que la vida, el azaroso camino por el que la materia se conoce y se celebra a sí misma, es un accidente excepcional. Todo en un cosmos abundante en catástrofes conspira contra ella, precaria, frágil, apenas una mera oscilación de luz entre eones de furia y oscuridad. La mera idea de que el milagro haya podido reproducirse en algún lejano rincón de esa «infinita inmensidad de espacios que ignoro y que me ignoran», ante la que Pascal temblaba, alivia el espanto de sabernos solos en un universo de dimensiones enloquecedoras.
No faltan razones para la melancolía. Otros seres alcanzarán la consciencia de sí. No podemos conjeturar su aspecto, pero sí que excretarán y mentirán, deplorarán la pérdida de un paraíso, pondrán nombre a las cosas, conocerán la angustia de saberse efímeros y la carga de la Historia y sus violencias. Cumplirán su tiempo y como nosotros, Bach, Shakespeare, Pedro Sánchez y Chiquito de la Calzada, desaparecerán sin dejar rastro en ese convulso laberinto de branas y cuerdas al que hemos sido arrojados. Jamás llegaremos a conocerlos.
Tampoco hay que descartar el terror. Quizás Lovecraft tuvo una intuición certera y en esos planetas acecha algo que nada tiene que ver con nuestras pobres categorías sobre el bien y el mal, algo indeciblemente cruel, feroz, inhumano; quizás nos comportamos de manera irresponsable arrojando al espacio señales de nuestra existencia. Puede que hiciéramos mejor procurando que nadie nos encuentre.
Y sin embargo no deja de conmoverme la idea de que este mamífero improbable y desgarbado, que tose y ríe, haya descubierto allá en la constelación de Acuario, a 39 años luz, la posible patria de otras criaturas, hermanados en nuestra radical soledad. Cierto, nunca escucharemos sus voces pero podemos imaginarlos bañados en uno de esos crepusculazos portentosos que Trappist-1, como buena enana roja, garantiza. Y mientras lentamente otras estrellas, otros planetas, van desplegándose sobre el cielo, se harán preguntas, intentarán explicar el mundo, fabularán, soñarán con nosotros.


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