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TRIBUNA
La Historia ha cambiado de rumbo


Colapso del proyecto americano. Divergencia de intereses geopolíticos entre EEUU y Europa. Crisis identitaria europea. El mundo de 1989 se acaba.
José Javier Esparza

27 de noviembre de 2015
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JOSÉ JAVIER ESPARZA


Debe de ser verdad aquello que decía Nietzsche: la Historia llega con pasos de paloma. O sea que los grandes giros históricos aparecen sin que seamos capaces de entender su magnitud hasta cierto tiempo después. Algo de eso está pasando ahora ante nuestros ojos.

En los últimos años hemos asistido a novedades de enorme calado que entrañan un acusado cambio de rumbo. Esos acontecimientos no nos han pasado desapercibidos, incluso han llenado portadas de periódicos y horas de radio y televisión, pero, entre la barahúnda de información, sólo hemos sido capaces de ver el hecho concreto, no su conexión con otros episodios y aún menos su significado general. Ahora, sin embargo, la acumulación de sucesos en distintos frentes nos permite construir una imagen general. Uno: el proyecto americano de nuevo orden mundial entra en fase de colapso. Dos: surge una imprevista divergencia de intereses geopolíticos entre Estados Unidos y Europa. Tres: Europa entra en una profunda crisis de identidad bajo la presión simultánea de la inmigración masiva y el terrorismo yihadista. Paisaje: el mundo nacido en 1989, tras el desplome del bloque soviético, está agonizando.

Cada uno de estos grandes cambios merece un comentario detallado y a ello, abusando de la generosidad del director de gaceta.es, nos emplearemos en días sucesivos, pero vale la pena adelantar conceptos y, sobre todo, situarlos en el mismo plano de la escena para calibrar la magnitud de lo que estamos viviendo y cómo va a afectar –está afectando ya- a nuestras vidas tanto individual como colectivamente.

Tres grietas bajo los pies

Primer cambio: el proyecto de globalización mundialista pilotado por los Estados Unidos ha entrado en fase de colapso. Tras la caída del Muro de Berlín y el hundimiento de la Unión Soviética, por todas partes se extendió la convicción de que caminábamos ineluctablemente hacia un mundo cada vez más unificado tanto en lo político y lo moral –y a ello se empleó la ONU- como, sobre todo, en lo económico, y el mejor signo de esto último era el rápido proceso de globalización financiera. Pero la gran crisis de 2008 ha roto el proyecto, la definición del orden planetario en torno a criterios de trasparencia financiera ha naufragado y en las naciones más desarrolladas de Occidente se ha instalado una coyuntura permanente de enorme deuda pública, crecimiento muy limitado y valor cero del dinero. Por el contrario, enseguida han surgido resistencias que tratan de construir grandes espacios económicos alternativos, como atestigua el ejemplo de los BRICS en torno a China y Rusia. El programa norteamericano sigue adelante a través de los tratados de librecambio con el Pacífico y la Unión Europea, pero su resultado no será un orden global, sino un espacio local. Y esto es nuevo.

Segundo cambio: se ha puesto de manifiesto que los intereses geopolíticos de los Estados Unidos y los de Europa ya no caminan al mismo paso. Las crisis de Ucrania y las denominadas “primaveras árabes” han demostrado palmariamente que lo que Washington considera bueno y útil –y, en su perspectiva, lo es- para Europa resulta malo e inútil. Hoy tenemos en torno a Europa un auténtico “cinturón de fuego” que va desde el Magreb hasta Ucrania pasando por Siria. Y eso, que desde los Estados Unidos puede verse como un lejano limes fronterizo, se ve desde París, Berlín o Madrid como un incendio en la puerta de nuestra casa. La ruptura –de momento, soterrada- de la solidaridad trasatlántica es un hecho de la mayor trascendencia porque cambia el escenario tendido en 1945. Ahora toda la preocupación de los líderes europeos es, en el caso de Merkel y Hollande, tratar de recuperar las relaciones con Rusia y China, y en el caso de Gran Bretaña, ver cómo debilitar más a una Unión Europea que ha perdido el rumbo.

Tercer cambio, este intraeuropeo: la construcción europea empieza a presentar grietas muy profundas, probablemente irreparables. ¿Por defecto de estructura? No. O no solamente. Europa ha descubierto que hay una auténtica fosa entre las preocupaciones, los intereses y los valores de la elite que nos gobierna, y los del ciudadano europeo de a pie, que empieza a preguntarse si no le estarán llevando al suicidio individual y colectivo. El acontecimiento que ha dejado al descubierto esta fosa ha sido, evidentemente, la denominada “crisis de los refugiados”, que finalmente se ha manifestado en su auténtica dimensión de invasión masiva de inmigrantes. Contra sus propósitos iniciales, y a pesar del impresionante dispositivo mediático desplegado para atenuar el trance, la burocracia de Bruselas se ha resignado –por el momento- a limitar drásticamente su previsión de “acogidos”. No lo ha hecho por un súbito conato de sentido común, sino ante la evidencia de que las sociedades europeas, en su gran mayoría, no están por la labor de ver alterada su propia identidad. Ciertamente, el recrudecimiento del terrorismo islamista ha ayudado a ello. Y, de paso, ha hecho que los europeos se formulen con urgencia una pregunta que desde hace medio siglo habíamos dejado en suspenso: quiénes somos y qué queremos ser. Esta pregunta, en el contexto de los otros cambios antes mencionados (el colapso del proyecto globalizador occidental y la divergencia de intereses entre Estados Unidos y Europa), alcanza unas dimensiones propiamente históricas.

Todas estas cosas modifican radicalmente el paisaje surgido de la segunda guerra mundial y la posterior guerra fría. Estamos entrando en una fase nueva. Sin embargo, las instituciones que determinan nuestras vidas como españoles y europeos, desde la OTAN hasta el Parlamento de Estrasburgo y, naturalmente, el Banco Central Europeo, pertenecen al mundo anterior, aquel que creía inminente la implantación de una tecnoestructura planetaria regida por una “gobernanza global” donde Europa se disolvería, felizmente, como una suerte de Cosmópolis sin identidad. También nuestros políticos y la mayor parte de nuestros creadores de opinión viven aún en ese mundo. Por eso es cada vez más notorio el divorcio entre la “superclase” que rige la Europa de Bruselas –la clase política, los propietarios de grandes medios de comunicación, los tecnócratas del orden transnacional, los financieros globalizadores, etc.- y el ciudadano de a pie, que está viendo cómo aquella realidad formidable construida después de 1945, rica, pacífica y confortable, se deshace a golpes de crisis, paro y destrucción de la identidad cultural y del lazo social.

Hemos entrado en una fase de destrucción y reconstrucción. El debate debería ser qué queremos hacer ahora. Y las opciones están ya sobre la mesa.

© La Gaceta


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COMENTARIOS
viernes, 27 de noviembre de 2015

Qué optimista está el Sr. Esparza

Si bien es cierto que hay algunos motivos para el optimismo, las cosas parecen aún lejos de cambiar en un sentido profundo. El enfoque geopolítico tiene sus limitaciones, y hay otras facetas de la realidad que quedan fuera de este análisis. Principalmente, cabe preguntarse si es posible ver a tiempo un cambio cultural profundo, un cambio de mentalidad y de valores, de cosmovisión. La metapolítica no basta, hace falta el ´shock de la historia´.

Para terminar, un video recomendado, y muy oportuno en relación con estos temas:
La conferencia de Keith Preston ´Imperio contra Identidad´ (se nota que ha leído a Alain de Benoist).
https://www.youtube.com/watch?v4Ag0fIa4Vgk

# Publicado por: El Disidente (Madrid)
viernes, 27 de noviembre de 2015

Y si...

¿Y si el Islám toma Europa entera y acaba con el capitalismo, con el feminismo y con el marxismo cultural, todo de una, para sustituirlos por socialismo árabe, ultra-patriarcado y por fe en el Dios del Sinaí?
¿Y si Estados Unidos se convierte en un país mulato zumbón definitivamente?
¿Y si el Islám borra Israel del mapa? ¿Y si acaba con el judaísmo mundial?
¿Y si sólo queda Rusia de reserva blanca-cristiana?
¿Todo esto estaría tan mal?

# Publicado por: Progre Descarriado (Madrid, España)
viernes, 27 de noviembre de 2015

No hay nada que proteger

Que nuestros creadores de opinión se empeñen en mantener las ´´posiciones democráticas´´, aunque sean un desastre desde todos los puntos de vista, es normal. No es otra cosa sino el interés lo que les motiva.
Los pensadores por cuenta propia así como todos aquellos que usen la cabeza con un mínimo de esfuerzo, no deben temer nada, pues todo nace y muere; incluidas las civilizaciones, culturas y modos de vida, y, por supuesto, la sociedad del bienestar.
Lo insoportable es tener que aguantar el fastidio abrumador y diario que supone la estulticia esquizoide colectiva; encabezada, naturalmente, por la graciosa ´´libertad de expresión´´ y los mal llamados medios de comunicación.
Hoy, hasta el más estúpido de los individuos, si mira un telediario, cree que su opinión es valiosa y hasta fundamental. Nada digamos de aquellos otros ´´ilustrados´´ en los pesebres de la Ilustración y los Derechos Universales.

# Publicado por: Hispano Sanguis (Ciudad Real)
viernes, 27 de noviembre de 2015

Malos tiempos se avecinan

Que razón tenia Putin,cuando dijo que la desapariciónde la URSS,seria
una catastrofe,a los hechos actuales me remito.

# Publicado por: josepxicot (Barcelona España)
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