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¿Qué cultura para el ecologismo?


Sobre el plano específicamente teórico, los paradigmas extensamente difusos y generalizados de aquello a lo que se refieren en el más amplio espectro de las ciencias humanas, ahora aplican sistemáticamente una lectura extensamente reduccionista del hombre, de su manera de actuar y del contexto social en el que vive.
EDUARDO ZARELLI

22 de septiembre de 2015
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EDUARDO ZARELLI


El paradigma comunitarista y anti-utilitarista
No es fácil, lo advertimos, identificar con claridad lo que no funciona en las modernas sociedades occidentales, y aún menos lo será en las culturas que las conforman y representan. La fragmentación social, la crisis de la participación a la vida pública, el anonimato generalizado, la esterilización de las relaciones y los lazos sociales, el mito de la autorrealización como corolario máximo de la mitología individualista: aquel que sobre el plano social es la causa de la calidad de nuestra vida cotidiana.
Sobre el plano específicamente teórico, los paradigmas extensamente difusos y generalizados de aquello a lo que se refieren en el más amplio espectro de las ciencias humanas, ahora aplican sistemáticamente una lectura extensamente  reduccionista del hombre, de su manera de actuar y del contexto social en el que vive.
Particularmente, las dos formulaciones hegemónicas (las teorías metodológicas del individualismo y del utilitarismo) han producido una lectura de los fenómenos sociales que, por más que se filtre la definición de la naturaleza humana en su complejidad multiforme, esta es concebida como nuevo universo cultural en las esferas profundas de las relaciones, convirtiendo todo al común de los efectos.
Desde hace algunos años, aquí y más allá del océano, a estos problemas se han enfrentado sistemáticamente diversas corrientes del pensamiento, que han podido reproducir una recopilación teórica que se dirige, cada vez más, a prevalecer por sí misma como la nueva teoría crítica de la sociedad. Nos referimos a la “red americana comunitaria” de Amitai Etzioni, de Alasdair MacIntyre y sobre todo de Charles Taylor y “a las ciencias sociales francesas del “Mouvement Anti-Utilitarist” de Alain Caillé y de Serge Latouche.
En la perspectiva del Marcel Mauss es necesario definir un nuevo paradigma para las ciencias sociales, ahora “contagiada” de la original “doctrina utilitarista” de la economía. Tal paradigma se sostiene en la “teoría del don” que hunde sus raíces en el estudio de la esfera de la socialidad primaria que está desfasada del dominio del mercado. El análisis comunitarista se mueve a partir de una fuerte crítica hacia la doctrina utilitarista de los derechos, contrastando la ausencia de una perspectiva que la ata indisolublemente a los deberes y responsabilidades de la ciudadanía.
El punto de partida es que todos nosotros nos encontramos viviendo en un contexto de tipo comunitario, un interior denso de relaciones sociales de asistencia mutua. La condición primaria de la supervivencia de uno es la de la comunidad, ya que sus miembros dedican la parte de su interés, energía y recursos a los planes comunes. La atención exclusiva para los intereses personales erosiona la red de los lazos sociales de los cuales todos nosotros dependemos, minando los mismos fundamentos de la convivencia. Por estas razones, los derechos individuales no pueden ser preservados a largo plazo fuera de una perspectiva comunitaria.
La degradación ambiental
La defensa del medio ambiente es un concepto por el cual, más allá de representar el fundamento de la actividad de los movimientos verdes, es más difuso en la demagogia programática de la mayor parte de los partidos políticos occidentales y de la burocracia administrativa que no alcanza los niveles de responsabilidad territorial.
Los “costes del desarrollo” se toman bajo la consideración de los gobiernos locales, nacionales y supranacionales, así como de la misma organización económica industrial, que intentan desarrollar el planeta de forma compatible  con los actuales recursos. Un gran rol, en todo esto, lo realiza una opinión pública preocupada de perder la “sinceridad” de un consumismo delicado que concilie la calidad del mercado con la cantidad; un rompecabezas hermoso, mucho más si aumentamos la mirada obtusa del occidente a las ¾ partes restantes de la humanidad.
La ecología -la ciencia de las relaciones entre los organismos vivos y su medio ambiente natural- ha generado muchos hijos y, sobre todo, un infraentendimiento y una heterogénesis extrema. Su utilización instrumental no ha desnaturalizado el significado de la crítica compleja al modelo de desarrollo industrial.
Ambientalismo: una ecología funcional
La tentativa de conciliar la productividad industrial con la gestión del ambiente es el ambientalismo. Se coloca en una perspectiva antropocéntrica, gracias a una visión científico-materialista de la naturaleza, para la cual el deterioro del medio ambiente compromete los intereses humanos de la supervivencia. La actitud cultural que alcanza es extensamente mayoritaria, limitándose a concebir la naturaleza como un capital a preservar por parte del “hombre” y como algo “preventivo”.
Sobre esta base, la política liberal intenta insertar el principio de “quien contamina paga” en las jurisdicciones más avanzadas, inconsciente de generar un perverso “mercado de la contaminación”, que pone de acuerdo a los contaminadores y contaminantes fijando el precio por el daño causado. Las compañías vienen inducidas simplemente para agregar el coste de la contaminación entre los costes de producción. Más articulada es la oferta reformista para el eco-desarrollo o un modelo del desarrollo sostenible.
La filosofía que apoya esta propuesta se basa sobre la toma de conciencia de que el coste de la protección de la naturaleza es siempre inferior a los daños que resultarían en caso de que no fueran adoptadas medidas preventivas. En este sentido, se proyecta el disfrute del medio ambiente en una futura perspectiva temporal, por la cual resulta necesario no comprometer la capacidad de las próximas generaciones para hacer frente a las propias necesidades.
En la práctica se quiere simplemente proponer una expiración irreversible. Al mismo tiempo, aunque las conferencias internacionales y las grandes declaraciones de principios, son obviamente incapaces de modificar el modelo de compromiso del desarrollo dominante que,  de hecho, se convierte en un verdadero y propio “mercado del medio ambiente” o eco-business, que mantiene el ambientalismo en el interior de un sistema de producción y consumo, causa primera de los daños a los cuales intenta poner remedio.
La ecología radical
La única posición ecologista minoritaria, que no acepta compromisos con el modelo de desarrollo dominante y la tecnocracia ejecutora, es la ecología profunda. El término “ecología profunda” fue bautizado por Arne Naess, en el intento de describir una aproximación a la naturaleza espiritual ejemplificada en los escritos de los precursores americanos Aldo Leopold y Rachel Carson. Naess buscaba una aproximación sustancial a la vía de la naturaleza, una apertura y una sensibilidad para nosotros mismos y la vida humana que la rodea.
La ecología profunda sobrepasa el acercamiento científico factual para recoger su propio conocimiento y la sabiduría de la tierra. La crítica al antropocentrismo es fundamental, el hombre –holísticamente- viene integrado como parte de un todo “cósmico”. La implicación de este principio es el ecocentrismo por el cual  la naturaleza va protegida de por sí, por su valor intrínseco, independientemente de cualquier utilidad humana. Si ocasionamos daños a la naturaleza, nos dañamos a nosotros mismos.
Con esta impronta son identificables varios pensadores americanos y europeos como Bill Deval, George Session, Edward Goldsmith, Gary Snyder, Kirkpatrik Sale, Peter Berg, Ernst Schumacher, James Lovelock, Giannozzo Pucci. El tipo de acercamiento ecológico a la realidad, es radical: necesita totalmente repensar la actual sociedad, la forma cultural y el lugar del hombre en la naturaleza, huyendo del industrialismo, del utilitarismo individualista, del paradigma tecno-científico dominante. En la práctica, es necesario actuar sobre la causa, en vez de sobre sus efectos.
No es necesario eliminar lo nuevo, sino redescubrir lo que es antiguo, arcaico, la comprensión de la Sagrada Tierra, el conocimiento de las relaciones de simbiosis y armonía de todos los seres vivos. Retornar al origen de todo esto significa, por consiguiente, destruir la máquina tecnomorfa creada por la ciencia moderna, superando el acercamiento parcial y reduccionista con el sentido perdido de la armonía detrás el hombre y la naturaleza, la visión metafísica de la realidad divulgada por los científicos Fritjof Capra y Gregory Bateson.
Una visión sagrada
La mayor parte de las formas religiosas animistas y politeístas tradicionales tienen un carácter cósmico. El universo viene de lo intenso como un sentimiento viviente correlativo, del cual el hombre es parte por el solo hecho de existir. La naturaleza es animada, el territorio se compone de lugares sagrados, el tiempo es connatural a los ciclos cósmicos celebrados con los ritos y los sacrificios, que se unen en una eterna espiral al dar y al recibir la vida y la muerte en una solidaridad profunda entre el hombre y la existencia.
La naturaleza es emanación espiritual, pero el monoteísmo la enterrará  universalmente en la historia de la humanidad. Este último, entiende la naturaleza como algo  creado, como producto del libre deseo de Dios. El universo se desacraliza y se vacía de su fuerza mágica y espiritual, tomando el camino –en una visión unilineal del desarrollo histórico– hacia el cientificismo, que lo privará de Dios, una materia ya muerta, y tomará al hombre racional como referencia absoluta y desencantada. El mensaje de la ecología profunda reacciona ante un antropocentrismo que hace del hombre un valor supremo, estableciendo una cosmovisión del mundo típica de la religiosidad de la sociedad arcaica y tradicional, la cual revela siempre una apertura a la totalidad del cosmos, a la organización del cuerpo social en una variedad de sombras y significados profundos que permean el sentido del vivir cotidiano.
Decía el jefe indio Duvamish al presidente Pierce en 1855: “Somos parte de esta tierra y ésta es parte de nosotros. No ha sido el hombre el que ha creado el tejido de la vida; ni es un solo hilo. Lo que hagáis al tejido os lo haréis a vosotros  mismos”. Partiendo de esta interpretación tradicional de la naturaleza es posible completar el concepto de igualdad biocéntrica que cualquiera debería comprender moralísticamente como una improbable paridad de derecho jurídico formal. En realidad, la naturaleza vale por aquello que es, no existe una naturaleza buena o mala, que disiente de una proyección humanística y, por lo tanto, sea antropocéntrica. Consecuentemente, el hombre, al no ser el único ser “bioconsciente”, es seguramente el único en tener “consciencia de esta consciencia” y es por esto que sobre la base de sus presuposiciones naturales biológicas, genéticas, instintuales, emana espiritualmente indeterminado y libre de elegir.
La intención de una reconversión ecológica debe consistir en la tentativa de recrear en el hombre el profundo conocimiento de ser parte de la naturaleza, dejándole la libre voluntad de decidir ser parte sacralmente de ella.
El concepto de límite
Una cultura ecologista, por consiguiente, debe identificarse con una oposición a la ideología económica dominante y a sus presuposiciones tecnológicas y científicas, es decir, a la concepción según la cual la sociedad de los individuos –entendidos como productores y consumidores racionales- se fundamenta sobre el mecanismo auto regulativo del mercado. De modo contrario, es posible reencontrar una relación armónica entre la cultura y la naturaleza en un ambiente de reciprocidad comunitaria en clave local, entre la contractualidad mercantil y la reeducación de la escala de necesidades hasta recrear una situación de interdependencia entre las regiones naturales. Reconozcamos los derechos de los habitantes del propio territorio a tener una marca propia, que se dote de la tecnología apropiada y de una economía que conviva con los recursos locales, completándose –en la menor cantidad posible- con bienes de producción externos. El sentido de límite, la sobriedad existencial, la cultura de la diferencia, que es lógica consecuencia de la biodiversidad, deben imperar en la acción directa y ejemplar de cualquier grupo que quiera sentirse en conexión con la sabiduría “homeostática” de la tierra.

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