''¿Le interesa este artículo?
¡A sus amigos también!
Mándeselo. (Click aquí.)''

Cerrar
 
Este website utiliza cookies propias y de terceros. Alguna de estas cookies sirven para realizar analíticas de visitas, otras para gestionar la publicidad y otras son necesarias para el correcto funcionamiento del sitio. Si continúa navegando o pulsa en aceptar, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies?
 Háganos su página de inicio

 Añadir a favoritos
  

    El Manifiesto. Periódico política y socialmente incorrecto

Hemeroteca 

Quiénes somos 

Contactar 
Viernes, 26 de mayo de 2017 
  SECCIONES     REVISTA EN PAPEL El Manifiesto: Todos los números   Director: Javier R. Portella  
El «calendaria» feminista de 2017: «Enera, febrera, marza...»
Ver más
Lo que somos. Lo que nos mueve

Javier Ruiz Portella


JESÚS LAÍNZ
El mito de la España de las Tres Culturas


JOSÉ VICENTE PASCUAL
La hegemonía cultural de los progres en España

JAVIER R. PORTELLA
Reflexiones después de la derrota

SERTORIO
El khmer rosa
Hazte amigo de elmanifiesto.com en Facebook
 Autoedición de libros
 Revistas Baratas
 Quiero publicar un libro
TRIBUNA
11-S. El día que cambió el mundo


Los atentados del 11 de septiembre de 2001 cambiaron el mapa del mundo: ese día terminaba realmente el siglo XX, aquel que comenzó en los campos de batalla de 1914, y comenzaba un tiempo nuevo en el que el yihadismo iba a estar en el centro del desequilibrio mundial.
José Javier Esparza

14 de septiembre de 2015
Comparte esta noticia en FacebookComparte esta noticia en TwitterAñadir a YahooRSS Imprimir esta noticia
Enviar a amigos

JOSÉ JAVIER ESPARZA

 
Nadie daba crédito: dos aviones comerciales se habían estrellado sucesivamente contra las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York. Era, sí, el mismo escenario del atentado de 1993, pero esta vez en una dimensión aterradoramente superior. Aquel 11 de septiembre de 2001 todo el mundo –literalmente- vio en directo por televisión cómo los aviones chocaban contra el edificio, cómo la torre se incendiaba, cómo el orgulloso monumento del capitalismo internacional se desplomaba en una escena apocalíptica. Al mismo tiempo, otro avión comercial se precipitaba sobre el edificio del Pentágono. Luego se supo que aún hubo un cuarto avión destinado a impactar contra el Capitolio en Washington, pero la resistencia de los pasajeros lo empujó a campo abierto. En total, 2.973 muertos, más de 6.000 heridos y 24 desaparecidos, sin contar los terroristas suicidas. Las autoridades norteamericanas apuntaron inmediatamente a Al Qaeda. Habían sido ellos: la red islamista creada para combatir a la invasión soviética de Afganistán (y que contó inicialmente, por cierto, con abundante dinero americano). Los autores materiales de los atentados fueron diecinueve: quince saudíes, dos de los Emiratos, un libanés y un egipcio. Tirando del hilo apareció una densa red de ciudadanos norteamericanos de origen musulmán, incluidos los imanes de algunas mezquitas, que de un modo u otro habían estado en la conspiración. Y ese día cambió el mundo
No hubo “final de la Historia”
Desde el hundimiento del bloque soviético en 1989, rubricado por la descomposición interior de la URSS dos años después, los Estados Unidos se habían convertido en la única potencia hegemónica: la superpotencia por antonomasia. El discurso del triunfo de la “democracia americana” llenaba no sólo la conciencia de la opinión pública estadounidense, sino también la de sus aliados europeos. No había enemigo que pudiera hacerle frente. Después de casi medio siglo de política de bloques, parecía evidente que ahora todo el planeta caminaría, tarde o temprano, hacia la unificación global en torno a los principios de la democracia liberal de mercado. La propia globalización de la economía, alentada desde el poder a partir de 1990, empujaba hacia tal destino. Eso era lo que había tras la etiqueta del “Fin de la Historia”. Y guardaba perfecta coherencia con el tradicional sueño americano de un Único Mundo (One World) donde los Estados Unidos actuarían como “nación moral” siempre dispuesta a guiar a la humanidad. Por eso los atentados del 11-S alcanzaron una repercusión superior incluso a la de su propio daño físico: eran una súbita transformación del paisaje.
El propósito de los líderes de Al Qaeda, el saudí Bin Laden y el egipcio Al-Zawahirí, era evidente: generar en las sociedades occidentales una conmoción sin retorno.Era previsible que esa conmoción produjera una reacción militar occidental contra el mundo musulmán. Y entonces éste –siempre según la teoría yihadista– entendería finalmente que debía unirse contra el “cruzado” y el “judío” frente a la agresión colonialista, la profanación de la tierra santa del Profeta, la opresión del pueblo palestino, etc. Llegaría así el momento de que la “vanguardia pionera” del islamismo, es decir, Al Qaeda, tomara el mando de la umma, la comunidad de los creyentes. Ellos habían derrotado al imperio soviético años atrás. Ellos habían asestado ahora a la potencia hegemónica del mundo el golpe más fuerte jamás sufrido por los Estados Unidos en su territorio. Ellos, Al Qaeda, eran la espada de Alá. Esa era la estrategia.
Pocas semanas después de los atentados del 11-S, Al-Zawahirí publicaba su libro Los caballeros a la sombra del estandarte del profeta. El libro era importante porque enunciaba todos los tópicos del yihadismo islamista y, por así decirlo, actuó como ”catón” para nuevos militantes. Y, además, Al-Zawahirí planteaba una tesis nueva y altamente significativa, a saber: que Europa era el campo de batalla inminente para la yihad. ¿Por qué? Porque Europa había dejado de ser tierra de creyentes, es decir, tierra de la “Gente del Libro”. Eso, en términos estrictamente coránicos, significa que a los europeos ya no se les puede aplicar la dawa, la predicación, el llamamiento a la conversión, sino que ahora el arma había de ser indiscutiblemente la yihad, la guerra, y atacar y matar hasta forzar la sumisión, como los “caballeros del profeta” Mahoma hicieron con las tribus idólatras del desierto árabe. Ese día, en efecto, había cambiado el mundo.
Europa: en la conmoción subsiguiente a los atentados, Europa descubrió súbitamente que tenía al enemigo en casa. Por todas partes aparecieron informaciones sobre mezquitas en las que se predicaba el odio y sobre ulemas que actuaban como portavoces de la yihad. En Europa había ya decenas de millones de musulmanes, fruto de la emigración sostenida desde treinta años atrás, en cuyo interior germinaba la semilla del islamismo. Una integración social y cultural deficiente o nula, una aplicación extremadamente indulgente de modelos “multiculturales”, una creciente exasperación identitaria en los inmigrantes de segunda o tercera generación, frecuentemente inadaptados o simplemente absorbidos por el sueño de un islam originario… Todo eso había ido construyendo un magma que alcanzaba dimensiones volcánicas en ciudades como Londres, donde el número de predicadores yihadistas era escandaloso. Todos los países europeos miraron en su interior. Lo que vieron les aterró.
Habla la guerra: Afganistán en Irak
La respuesta norteamericana a la provocación yihadista fue proclamar la War on Terror, la “guerra contra el terrorismo”, una iniciativa de muy amplio espectro secundada por la gran mayoría de los aliados de los Estados Unidos y que incluía medidas de diverso género (policial, financiero, político, etc.). La más contundente de las medidas fue la invasión de Afganistán en octubre de 2001. Estados Unidos exigió al régimen talibán que entregara a Bin Laden, allí refugiado. El caudillo afgano, el mulá Omar, dijo que no. Entonces empezó la guerra. Objetivos: uno, desarticular la base central de Al Qaeda atrapando o matando a sus líderes y desmantelando sus campos de entrenamiento; dos, derribar al régimen talibán.
El ataque contra Afganistán deshizo, ciertamente, la mayor parte de la estructura física de Al Qaeda en Afganistán, pero entonces el yihadismo abrió una segunda fase: la de la proliferación espontánea. Todo el “trabajo de red” de los años anteriores se tradujo en la aparición de un sinfín de grupos en todo el mundo musulmán que eran parte de Al Qaeda o decían serlo. En diciembre de 2001, un yihadista de nacionalidad británica, Richard Reid, es neutralizado cuando intentaba hacer explotar un avión que cubría el trayecto Paris-Miami. Reid era un delincuente de poca monta captado en la cárcel y entrenado después en Pakistán. En febrero de 2002, un grupo terrorista de Cachemira, Jaish-e-Mohammed (“el ejército de Mahoma”), secuestra en Pakistán al periodista del Wall Street Journal Daniel Pearl, judío norteamericano, y le obliga a grabar un vídeo de autoacusación; ante la misma videocámara, Pearl es decapitado. En octubre de 2002 aparece en Indonesia una Jemaa Islamiya que coloca dos bombas en Bali y mata a 202 personas hiriendo a otras 209. En Argelia, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate mata a lo largo de 2002 a más de 1.500 personas en atentados de todo tipo: contra sinagogas, contra turistas, contra niños que juegan al fútbol, contra comunidades campesinas… Y así sucesivamente. La lista de crímenes es abrumadora. Lo esencial es esto: Al Qaeda empezó a funcionar como una red cuyo centro estaba en todas partes y en ninguna. La guerra se hacía universal.
El siguiente paso en la guerra norteamericana contra el terrorismo fue la invasión de Irak en marzo de 2003. ¿Por qué Irak? Desde al menos dos años atrás –y antes, por tanto, de los atentados del 11-Su–, los Estados Unidos contemplaban la opción de establecer un punto fijo de control territorial en Oriente Medio que les sirviera como pivote geoestratégico para controlar una región vital. ¿Controlar qué exactamente? En primer lugar, los movimientos de Al-Qaeda. Además, la ofensiva islamista en Palestina: la segunda Intifada había empezado en septiembre de 2000 con claro protagonismo de Hamas. Añádase el flujo de petróleo y, naturalmente, sus precios. Más la inquietante actividad de Irán, cuyo apoyo a Hezbolá era decisivo. Se trataba de sentar una base física que permitiera cubrir todos esos objetivos, y esto estaba ya decidido al menos desde antes del verano de 2001. Esto es lo que se infiere de las revelaciones del ex secretario del Tesoro Paul O’Neill y coincide con lo que dijo en el mismo sentido el general Wesley Clark, ex comandante de las fuerzas de la OTAN durante la guerra de Kosovo. ¿Y eso no podían hacerlo Arabia Saudí y Turquía? Ya no. Las conexiones saudíes de los terroristas eran demasiado intensas y, en cuanto a Turquía, desde unos años atrás estaba asistiendo al crecimiento del “islamismo moderno” encabezado por Erdogan. Además, era también cuestión de prestigio: había que demostrar a todo el mundo que los Estados Unidos eran, en efecto, la única potencia hegemónica. E Irak, país muy debilitado, pero con unas fronteras muy apetecibles e importantes recursos petrolíferos, era el objetivo idóneo.
Desde un punto de vista bélico convencional, las guerras de Afganistán e Irak fueron rápidas y relativamente simples: se trataba de derrotar a ejércitos técnicamente inferiores, controlar el territorio, desmantelar las estructuras de poder y poner en su lugar a gobiernos nuevos que se esperaba poder formar con la propia oposición local. En Afganistán las operaciones militares comienzan el 7 de octubre y sólo dos meses después se ocupa Kandahar, la capital talibán. En Irak ocurriría algo semejante. Los combates propiamente dichos duraron poco. La ofensiva comenzó el 20 de marzo de 2003 y Bagdad cayó el 12 de abril.El 1 de mayo, el presidente George W. Bush declaraba formalmente el fin de los combates. La idea era nombrar ahora una “administración provisional” hasta que se pudiera reclutar un nuevo gobierno de entre las facciones de oposición al régimen de Sadam Hussein. Pero todo salió mal.
La expansión universal de Al Qaeda
Todo salió mal porque enseguida surgieron por todas partes, tanto en Afganistán como en Irak, grupos armados de mayor o menor tamaño que hacían la guerra por su cuenta, lo mismo para atacar a los americanos que para saquear las ciudades arruinadas o incluso para pelearse entre sí. La gran mayoría de esos grupos imprimía a sus acciones el sello de Al Qaeda. Y frecuentemente, por cierto, sólo el sello, porque a estas alturas Al Qaeda ya se había convertido sobre todo en un nombre que mil y un grupos yihadistas en todo el mundo esgrimían a modo de contraseña. Algunos formaban parte del entramado de Bin Laden. Otros se envolvían en esa bandera con el objetivo de ser adoptados por el gran referente de la yihad del siglo XXI.
Contar mil y un grupos tal vez sea quedarse corto. En 2002 aparece en Nigeria la milicia fundamentalista Boko Haram, fundada por el alfaquí salafista Mohammed Yusuf, que reivindica la doctrina de Ibn Taymiyya. En mayo de 2003, catorce yihadistas suicidas del Grupo Islámico Combatiente Marroquí, que es uno de los brazos del salafismo en el Magreb, atacan la Casa de España, el hotel Farah y diversos centros judíos en Casablanca y matan a 33 personas (además, doce de los suicidas murieron). Noviembre de ese mismo año es un mes negro, en Estambul, Turquía: dos coches bomba simultáneos contra sendas sinagogas (23 muertos y 277 heridos), dos atentados con bomba frente al consulado inglés y el banco HSBC (27 muertos, entre ellos el cónsul británico, y 450 heridos), dos bombas más en Ankara… Los atentados fueron reivindicados por el Frente de los Combatientes Islámicos del Gran Oriente y las Brigadas de Abu Hafs al-Masri. ¿Quiénes son? La policía turca aseguró que se trataba de Al Qaeda.
¿Todo eso era Al Qaeda?Sí. En el bien entendido de que Al Qaeda ya no era propiamente una organización, sino un aglomerado horizontal de células islamistas repartidas por todo el mundo que sacaban provecho de las redes de financiación, entrenamiento, logística, municionamiento y, por supuesto, ideología tendidas por Bin Laden y Al-Zahawirí desde Afganistán. Este último aspecto, el de la ideología, es absolutamente básico para entender todo lo que había pasado por el momento y lo que aún había de pasar. Porque sosteniendo al despliegue de muerte de Al Qaeda y sus mil y un rostros, había y aún habría en el futuro inmediato una interpretación literalista del Corán que bebía en las mismas fuentes de Mahoma, de las escuelas de jurisprudencia, de la yihad tal y como fue definida en el siglo VII, de los Ibn Taymiyya y compañía, y de los teóricos “revivalistas” del islamismo desde Maududi hasta Qutb, y todo ese magma hecho de pasado que no pasa, de Historia congelada, de identidad exasperada por la derrota, de “caballeros a la sombra del profeta”, todo eso era envuelto por las voces de mil imanes, desde sus mezquitas, en una promesa suicida de redención que a su vez era escuchada con fascinación por cientos de miles de musulmanes en todo el mundo. Y de modo muy particular, en Europa.
¿Podemos seguir? El 11 de marzo de 2004, Madrid. El 7 de julio de 2005, Londres. Cuando alguien tuvo la ocurrencia de animar a la oposición “democrática” en los países musulmanes y estimular la llamada “primavera árabe”, el balance fue un recrudecimiento del islamismo. Y cuando alguien quiso repetir en Siria el intento de Irak, el resultado fue una guerra civil a cuyo calor creció el monstruo del Estado Islámico, nacido directamente de una escisión de Al Qaeda.
Todo lo que hoy estamos viviendo empezó entonces, aquel 11 de septiembre de 2001. Los atentados de las Torres Gemelas, el gran golpe de Al Qaeda, globalizaron el terror, propagaron el terrorismo yihadista por todo el mundo y dieron la señal de partida para una guerra que aún continúa.


¿Te ha gustado el artículo?
¡Dilo en tus redes sociales! ¡Ayuda a promover El Manifiesto!

Comparte esta noticia en Facebook  Comparte esta noticia en Twitter  
  Enviar a Meneamé


COMENTARIOS
lunes, 14 de septiembre de 2015

Decepcionante

Es decepcionante que alguien de la valía intelectual de José Javier Esparza dé por buena, a estas alturas, la insostenible versión oficial sobre el 11-S.

A nadie se le puede exigir que sea un héroe, pero existe la alternativa del silencio.

# Publicado por: Osvaldo (Madrid)
lunes, 14 de septiembre de 2015

La dotrina delas cañoneras des de el 1898

Este problema ya viene de lejos.los gobiernos yanquis,se emplearón a
fondo en el atentado a un barco americanoen el puerto de LaHabana,
acto provocador que fué el detonante de entrar en la lucha anticolonialis cubana,dando la imagen de lo que hoy diríamos
progresismo,pero se sabe que tal partcipación,era debido a la
dotrina Monroe,que des de entonces marca la politica exterior
de los USA,solo que adaptandose a los nuevos tiempos.

# Publicado por: josep xicot (Barcelona)
lunes, 14 de septiembre de 2015

Dr. Duke

Según el Dr. David Duke, ex miembro del KKK y elocuente conferenciante, además de islamófilo (aunque en contra de la islamización de Europa) fueron los judíos. Y es una conspiranoia más que plausible.
Yo sigo todos sus vídeos.

# Publicado por: Izquierdoso Hereje (Madrid (España))
  AÑADIR UN COMENTARIO  
  Nombre:  
  Localidad:  
  E-mail (*):  
  Clave (*):
Para mandar comentarios, es necesario estar registrado, si no lo está pulse aquí
Si ha olvidado su clave, pulse aquí
 
  Titulo:  
  Comentario:
* La extensión máxima de los comentarios es de 1.500 caracteres. La página está destinada a efectuar comentarios puntuales y no a desarrollar largos artículos que nadie ha solicitado.
 
 
Por favor rellene el siguiente campo con las letras y números que aparecen en la imagen de su izquierda
 
  * El e-mail nunca será visible  
      
  CLÁUSULA DE EXENCIÓN DE RESPONSABILIDAD
Los comentarios del website Elmanifiesto.com tienen caracter divulgativo e informativo y pretenden poner a disposición de cualquier persona la posibilidad de dar su opinión sobre las noticias y los reportajes publicados. No obstante, es preciso puntualizar lo siguiente:
Todos los comentarios publicados pueden ser revisados por el equipo de redacción de Elmanifiesto.com y podrán ser modificados, entre otros, errores gramaticales y ortográficos. Todos los comentarios inapropiados, obscenos o insultantes serán eliminados.
Elmanifiesto.com declina toda responsabilidad respecto a los comentarios publicados.
 
Otros artículos de José Javier Esparza
Nigromantes: España, este muerto, no resucitará
Estamos en guerra
"Queremos repensar Europa, y refundarla en paz y libertad"
La conquista de Granada
La izquierda histérica
Verdades y mentiras sobre el terrorismo islámico (y II)
Verdades y mentiras sobre el terrorismo islámico (I)
La crisis del PSOE, o la pesadilla de Sagasta
La próxima guerra ha comenzado ya (y VI)
La próxima guerra ha comenzado ya (V)
La próxima guerra ha comenzado ya (IV)
La próxima guerra ha comenzado ya (III)
La próxima guerra ha comenzado ya (II)
La próxima guerra ha comenzado ya (I)
Miguel de Cervantes: gloria y pena del caballero andante
La purga que rompió a China en dos
"Con Rajoy hubiésemos perdido la Reconquista"
Deconstrucción del mestizaje
Isabel (y Fernando): los Reyes Católicos
Preservar la composición étnica de Europa
¿Dejó Franco que mataran a José Antonio?
Por qué ha ganado el Frente Nacional
La Historia ha cambiado de rumbo
Pues claro que ´esto´ es el islam
¿De verdad Rusia es el enemigo?
12-O: morder cabezas de serpiente
Lo que nos une: algo más que la historia común
La defensa de Occidente ya no tiene sentido
Día UNO después de Mas
Refugiados: cosas que todos saben y nadie osa decir
¿Estamos obligados a acoger a los refugiados?
El Nuevo Orden del Mundo (NOM)
Stalin: la mujer como instrumento
Eva Braun: la mujer que no existía
Mussolini, amante volcánico
Lenin y sus mujeres
Un emperador sin corona rompió el Telón de Acero
La desdicha de un cruzado en el siglo XX
Goytisolo, el Cervantes que odia España
No me sea usted islamófobo
Islam, islamismo, yihadismo…, ¿qué es cada cosa y qué significa?
Para Rajoy, los islamistas no tienen nada que ver con el islam
Claves para entender lo que pasa en el mundo
Goytisolo o el odio a España
Las de Femen profanan Paracuellos
Largos, afilados cuchillos en el PP
Ahora el problema ya no es Cataluña: es España
La cosmocracia española
Pablito Iglesias quiere partirnos la cara so pretexto de "justicia proletaria"
Estado Islámico: ¿quién le pone el cascabel al gato?
Darse de baja del boletín
Ir a Portada
Páginas culturales
1 El chollo de ser inmigrante en España
2 SERTORIO
El khmer rosa
3 JESÚS LAÍNZ
El mito de la España de las Tres Culturas
4 JAVIER R. PORTELLA
Reflexiones después de la derrota
5 JOSÉ VICENTE PASCUAL
La hegemonía cultural de los progres en España



Revistas Baratas


http://www.elmanifiesto.com | Aviso Legal | Política de Privacidad | Quiénes somos | Contactar |