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Chapuzas en el Oasis

José Vicente Pascual

28 de agosto de 2013
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JOSÉ VICENTE PASCUAL

 Nuestros conciudadanos catalanes que se sienten eso y solamente eso, catalanes, y no quieren saberse españoles ni en el carné de identidad, están en su derecho y hay que respetar esa opción, tan legítima como cualquier otra del mismo estilo. Aunque la realidad es más terca que las buenas intenciones. No pueden evitarlo ni ir en contra de su propia naturaleza: son españoles, posiblemente los más irreductibles, contumaces en dos defectos netamente patrios: la chapuza como método y el error recurrente como modelo de análisis.

¿Cómo no van a ser españoles esos nacionalistas que por sí mismos montan su utopía llamada independencia, la organizan, se lo guisan y se lo meriendan, la lían, se pelean entre ellos y quiebran la cohesión entre sus filas para quedarse igual que antes aunque, por supuesto, reñidos todos con todos? Españoles de cepa tradicional.

Unió Democrática, socio de Convergència para lo bueno y lo malo desde 1977, se plantea romper con el partido de Mas y acudir en solitario a las próximas elecciones. Reprochan a Convergència haber insuflado una desmesurada potencia electoral a ERC, a costa de una devoción catalanista hasta el presente capitalizada y rentabilizada por la coalición conservadora. Tampoco es de extrañar que a los votantes y simpatizantes de UDC no les apetezca una Cataluña independiente y batasunizada, con las bases radicales de ERC en permanente movilización y toda la épica soberanista en el cesto de ese partido. Duran i Lleida sueña con una Suiza ibérica y un cantón en el noreste regido por mayorías de orden, no con una Cuba mediterránea, objetivo de los separatistas más chillones de Esquerra.

La famosa “estelada”, por cuya popularización tanto ha hecho últimamente Boadella, no es la bandera de UDC, ni de Mas siquiera. No es la bandera de Cataluña, alegan los convergentes y sus hasta ahora aliados, sino la de cierto proyecto de nación defendido por el sector ultra del separatismo.

O sea, a ver, hablando en serio: ¿habrá cosa más española que pelearse por las banderas, antes incluso de que representen oficialmente algo en concreto? Estamos en la misma paradoja del viejo proetarra Telesforo Monzón, quien tenía la costumbre algo maniática de proclamar 10 o 12 veces al día que él no era español… Hasta que alguien se lo tuvo que aclarar por lo evidente: “¿Cómo no va a ser usted español, llamándose Telesforo?”.

La izquierda en Cataluña viaja más o menos en el mismo camarote de los líos. El PSOE sin ubicación, alelados tras comprobar cómo sus antiguos consorciados de ERC en el gobierno tripartito (en minoría), se llevaron entonces la pasta y ahora se llevan el prestigio y la mayoría. La cara de portero goleado que les ha quedado a los socialistas catalanes es la misma que pusieron muchos nacionalistas cuando, allá por 2006, se les informó de que el presidente de la Generalitat iba a ser un señor de Iznájar, precioso pueblo cordobés. Y claro, se echan las culpas unos a otros y se dividen en tres banderías: los secesionistas puros, los “templando gaitas” y los ortodoxos del socialismo federal. Los gritos se escuchan hasta en la calle Ballester del barrio de Gracia.

LV-IU ahí anda, juntando siglas, cuantas más mejor, recortando diferencias como siempre, tenaz en una progresión que dura 40 años y que, en el mejor de los casos, les posibilitará justo lo mismo que han conseguido siempre: estar de convidados en cualquier Gobierno “progresista”, con derecho a trinque y a movilizar a sus juventudes para que quemen banderas españolas el 11 de septiembre. ¿Habrá algo más español que una buena canonjía y una buena quema de lo que haya que quemar?

No desesperemos. A los marxistas-leninistas de manual de las CUP les va mucho mejor. Han conseguido, nada menos, que el Ayuntamiento de Sitges prohíba el nombre de España en cualquier localización o vía pública del municipio. Ahora buscan alternativa para renombrar a las conocidas y muy transitadas plaza y calle de España. Por coherencia, en atención a la leyenda forjada durante los últimos tiempos sobre esta población costera, y por amor a la chapuza tras el chapucero referéndum (3,4% de participación) mediante el que se justifican estas transformaciones revolucionarias de la realidad, deberían llamar a las citadas vías “Plaza del Orgullo Gay” y “Calle del Sexo Seguro”, por ejemplo. O algo así. Una salida de tono bien estentórea es lo que acomoda en estos casos de disputas por los nombres de las calles, costumbre tan española...

Y así va el Oasis. Cuando sea país independiente, por las trazas y forja del proceso nacional, lamentablemente habrá que dejar de llamarlo Oasis para rebautizarlo con más precisión: La Gran Chapuza.

 

Publicado en La Gaceta (24/08/2013)


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