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Diario de invierno

elmanifiesto.com

14 de mayo de 2012
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 Hay novelistas que se dedican a contarnos su vida en cada nuevo título que publican. Otros lo hacen de golpe. Hay otros incluso (bastante más considerados), que lo hacen por etapas y además tienen la elegancia de separar en la reseña bibliográfica de su obra lo que es ficción de lo que propiamente son “batallitas”. Paul Auster pertenece a esta última clase de autores (La invención de la soledad, A salto de mata...), lo que el lector de Diario de invierno agradece mucho. Desde el primer momento sabemos qué clase de libro tenemos entre manos y desde qué perspectiva nos acercamos a él. Aclaradas las condiciones del acuerdo, el pacto lector/autor que siempre ha de establecerse en un principio para otorgar a la narración los requisitos de verosimilitud necesarios, nos encontraremos en condiciones de disfrutar con estas memorias de un hombre que ha vivido y que a los 64 años de edad declara oficialmente haber entrado en el invierno de su existencia.

Lo que más me ha llamado la atención de Diario de invierno es que la novela (autobiografía de los últimos diez años de Auster), a pesar de estar escrita por un autor norteamericano no resulta un compendio obsesivo sobre sexo: el que ha tenido, el que no tuvo, el que quiso tener, el que detestó tener... Ni siquiera hay una referencia demasiado detallada a los consabidos fracasos sentimentales, recurrentes en cualquier allegado del gremio: divorcios, infidelidades, abandonos, etc. Auster se presenta en este sentido como una persona bastante normal, con sus más y sus menos en los años de mocedad (como todo el mundo, vaya), y con la envidiable estabilidad emocional que confieren treinta años de matrimonio (todo un record), con una mujer encantadora, comprensiva y desde luego muy atractiva. Motivos por los que sigue enamorado de ella.

Lo demás en Diario de invierno y en la vida de Auster no es normal. Es divertido, en el sentido en que Cortázar hablaba de ello: “Lo divertido no es lo contrario a lo serio, sino a lo aburrido”; como divertida es, perfecta, mayúscula y demoledora la historia del gran amor de juventud, aquella adolescente bellísima e inalcanzable que tuvo torturado al autor durante años y años. Finalmente, ya casi metido en la treintena, consiguió los favores de la maravillosa dama. Pensó Auster (de ilusión también se vive), que era el inicio de una arrasadora pasión: el gran amor de su vida. Mas hete aquí que a los pocos días de haber yacido con la señorita, nuestro candoroso novelista padeció los rigores extremos de una gonorrea espantosa y, para colmo, unas ágiles ladillas, muy carnívoras y muy voraces. La gran decepción marca su ley y el lector ríe como ríe Auster. La idealizada mujer, la sombra de su deseo, aquella cuya mirada buscaba ansioso en los ojos de todas las hembras que conoció durante años, resultó ser una golfilla promiscua y bastante guarra. Estas cosas, a veces, les suceden a los escritores. A los poetas, casi siempre.

Otro elemento que recorre la novela y que la hace amenísima: la pequeña venganza (no mezquina, pero un poco aviesa), de comprobar lo que uno siempre ha sospechado: Auster es un neurótico de marca mayor. Como dirían en mi barrio: “un maniático con carnet”. A partir de la muerte de su madre, ocurrida cuando Auster había entrado en la cincuentena, la vida del novelista se convierte en un gólgota de crisis de ansiedad, ataques de pánico, accidentes domésticos, desastres automovilísticos, depresiones, períodos estuporosos... Por fortuna, la neurosis hipocondríaca de Auster es productiva. No se comporta como el típico depresivo coñazo sino como una persona lúcida, muy capaz de convertir su experiencia oscura en brillante narración de cómo puede un ser humano trasladarse frenético del abatimiento a la euforia, de la ira a la culpa, del whisky a la resaca, sin convertirse en alguien insoportable para él mismo y para los demás. Al final, redimido por el amor de su esposa y los sólidos vínculos sentimentales de su familia (ya dije que era un tipo bastante normal), encontramos la liberadora aceptación. “He entrado en el invierno de mi vida”, culmina la novela. Y no hay más tragedia. Hay literatura, conocimiento y emoción. Todos los ingredientes obligatorios para un buen libro. Magnífico ejemplo de memorias sin engolamiento ni presuntuosidad. Un hombre normal nos habla de su neurótica normalidad con una prosa espléndida. ¡Y apenas hay sexo! ¿Qué más puede pedirse?


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