''¿Le interesa este artículo?
¡A sus amigos también!
Mándeselo. (Click aquí.)''

Cerrar
 
Este website utiliza cookies propias y de terceros. Alguna de estas cookies sirven para realizar analíticas de visitas, otras para gestionar la publicidad y otras son necesarias para el correcto funcionamiento del sitio. Si continúa navegando o pulsa en aceptar, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies?
 Háganos su página de inicio

 Añadir a favoritos
  

    El Manifiesto. Periódico política y socialmente incorrecto

Hemeroteca 

Quiénes somos 

Contactar 
Martes, 26 de septiembre de 2017 
  SECCIONES     REVISTA EN PAPEL El Manifiesto: Todos los números   Director: Javier R. Portella  
Desventuras sufridas por un progre solidario
Ver más
Lo que somos. Lo que nos mueve

Javier Ruiz Portella


JAVIER R. PORTELLA
Banderita, tú eres roja. Banderita, tú eres gualda

SERTORIO
De marimantecas y lloronas

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ
Juan y Medio
Hazte amigo de elmanifiesto.com en Facebook
 Editar un libro
 Autoedición de libros
 Revistas Baratas
 Quiero publicar un libro
TRIBUNA
Viena fin de siglo, ¿paraíso perdido?

Antonio Martínez

28 de abril de 2011
Comparte esta noticia en FacebookComparte esta noticia en TwitterAñadir a YahooRSS Imprimir esta noticia
Enviar a amigos

ANTONIO MARTÍNEZ

Siempre me llama la atención la nostalgia con que más de un intelectual de nuestra época se refiere a la Viena de 1900 como un “paraíso perdido”. Esa nostalgia se extiende también al propio Imperio austro-húngaro, desmembrado tras la Primera Guerra Mundial.  La Viena de los valses y los teatros, de la brillantez artística y la ornamentación barroca. El recuerdo de un mundo perdido que -lo sabemos desde Stefan Zweig- ya nunca volverá.

Viena fin de siglo: el canto del cisne de toda una tradición cultural europea, en una época en que Nietzsche diagnosticaba la “muerte de Dios” y el inminente advenimiento del nihilismo, antesala de la revolución futura del Superhombre. Los vieneses, absortos en sus óperas y sus teatros, no querían mirar de frente al monstruo que abría sus horrendas fauces ante ellos: el monstruo del vacío, del derrumbe de la antigua metafísica, de las creencias que cimentaron durante siglos el suelo de su sociedad y de su cultura. La profusión esteticista apenas alcanzaba a disimular la gran marea de fondo: una cultura no se sostiene por el número de sus museos ni de sus salas de concierto. Una cultura o descansa en una gran fe, en el soplo inasible del espíritu, o está condenada -a corto o a medio plazo- a un desmoronamiento inevitable.
Hoy, el Occidente posmoderno todavía exhibe con orgullo, como la Viena de fin de siglo, sus teatros, sus óperas, sus bibliotecas, sus museos. El número de libros publicados y de actos culturales de todo tipo resulta verdaderamente abrumador.  Atendiendo a criterios cuantitativos, nos diríamos privilegiados espectadores de un magnífico esplendor cultural. Y, sin embargo, todos sabemos que, bajo la plétora de imágenes y de palabras, late una desorientación, un escepticismo que, como el de entonces en Viena, apenas podemos ocultar. Nos falta algo esencial, algo casi tan necesario como el aire que respiramos. Nos falta ese misterio que anima los estratos más profundos del alma y del mundo. Nos falta ese fuego, esa luz que  todo lo cambia y sin la que una civilización no puede pervivir.
Admiramos el esplendor vienés, su magnificencia, la animada vida artística y literaria de la capital de un abigarrado Imperio.  Repasamos con respeto, casi con veneración, la lista de los gigantes de la cultura que la ciudad y su época exhiben como prueba de sus méritos: Hans Kelsen en los estudios jurídicos, Joseph Schumpeter en economia, Gustav Klimt en pintura, Adolf Loos en arquitectura, Gustav Mahler en música, Robert Musil en literatura y tantos otros más.  Y, sin embargo, toda esa pléyade de mentes ilustres se desarrolló en una atmósfera de evidente decadencia.  Tal vez los crepúsculos alejandrinos excitan un cierto tipo de genio.  La atmósfera elegíaca, el sentimiento romántico de crisis, el sentirse inmerso en el caos de un mundo que llega a su fin, purifica el espíritu en una catarsis que espolea cierto tipo de creatividad, quizá anuncio ya de los nuevos tiempos que se avecinan.
Genio y decadencia: para muchos, dos conceptos íntimamente relacionados. En el siglo XIX, la tuberculosis se convirtió en enfermedad romántica por excelencia. El genio creador, agotado por su trabajo de demiurgo, veía como su cuerpo se debilitaba y se hacía vulnerable a la infección fatal; y, a su vez, la enfermedad, una vez declarada, acentuaba una sensibilidad tanto más aguda cuanto más se aproximaba el horizonte de la muerte. Nosotros, por nuestra parte, sentimos la fatiga del intelecto, degustamos una cultura que ya no sabemos crear, pero no podemos sentirnos orgullosos de unos genios que ya no producimos.
¿Qué nos enseña a nosotros, hombres ya del siglo XXI, la Viena fin de siglo, con su brillantez y con su vacío? Primero, sirve como espejo en el que reflejarnos: gran parte de su pathos es también, todavía, el nuestro. Y segundo, nos ofrece una valiosa indicación sobre nuestro futuro: pues la exuberancia estética vienesa constituye para la civilización el humus de un posible florecimiento futuro con tal de que bajo esa exuberancia haya algo más. Algo que ya no es exuberante, ni variado, ni abigarrado, ni fascinante, ni complejo. Algo que es, más bien, silencioso como una noche en el desierto.  Algo que es soledad, que es viento frío de otoño, que es amanecer en el Monument Valley. Algo que es hosco, casi huraño, esquivo, reservado, huidizo. Algo que habita -Nietzsche ahí tenía razón- en las cumbres solitarias en las que medita Zaratustra.  Algo que nace en el espíritu que se queda a solas consigo mismo, cara a cara con el abismo del mundo. Algo que aman por encima de todo los individualistas, los Waldgänger que se retiran -Jünger dixit- a lo profundo del bosque.  Algo indefinible y esencial sin lo cual no merece la pena vivir.
Viena fin de siglo: nuestro pasado, pero también nuestro presente. Un paraíso perdido, sí; pero no importa: existen otros posibles en nuestro futuro. En particular, existe uno en que la exuberancia morfológica vienesa no se utiliza para enmascarar un gran vacío de fondo -¡ya nadie cree realmente en nada!-, sino para arropar algo más valioso que ella misma. Ese algo es un pequeño fuego, una llama que arde en lo alto de una montaña, en el santuario de un templo antiquísimo, en el fondo más íntimo de los corazones. Ese fuego parece muy poca cosa en comparación con casi todo lo demás. Y, sin embargo, los sabios, los poetas y los niños nos recuerdan todo lo demás depende de él.

¿Te ha gustado el artículo?
¡Dilo en tus redes sociales! ¡Ayuda a promover El Manifiesto!

Comparte esta noticia en Facebook  Comparte esta noticia en Twitter  
  Enviar a Meneamé


COMENTARIOS
viernes, 29 de abril de 2011

Futuro

Los otros ´´ posibles en nuestro futuro europeo ´´ son estos ya presentes : Igualdad en la Vulgaridad , chabacanería , , multiculturalidad y melting pot .

Toda una fórmula de absoluta decadencia . Y esta vez irreversible . Es la democracia del futuro ya presente .

# Publicado por: Alejandro Rodriguez Valcarcel (Granollers)
jueves, 28 de abril de 2011

Untergang

Dos cosas con respecto a la decadencia: ´´El número de libros publicados y de actos culturales de todo tipo resulta verdaderamente abrumador´´, prueba inequívoca de la decadencia avanzada de un sistema. ´´Toda civilización es un fruto del robusto árbol de la barbarie y cae a la máxima distancia del tronco´´ (Will Durant - La Edad de la Fé - Tomo I). Como siempre, felicitaciones al autor del artículo.

# Publicado por: Fernando Fernandez Garganta (La Plata - Argentina)
  AÑADIR UN COMENTARIO  
  Nombre:  
  Localidad:  
  E-mail (*):  
  Clave (*):
Para mandar comentarios, es necesario estar registrado, si no lo está pulse aquí
Si ha olvidado su clave, pulse aquí
 
  Titulo:  
  Comentario:
* La extensión máxima de los comentarios es de 1.500 caracteres. La página está destinada a efectuar comentarios puntuales y no a desarrollar largos artículos que nadie ha solicitado.
 
 
Por favor rellene el siguiente campo con las letras y números que aparecen en la imagen de su izquierda
 
  * El e-mail nunca será visible  
      
  CLÁUSULA DE EXENCIÓN DE RESPONSABILIDAD
Los comentarios del website Elmanifiesto.com tienen caracter divulgativo e informativo y pretenden poner a disposición de cualquier persona la posibilidad de dar su opinión sobre las noticias y los reportajes publicados. No obstante, es preciso puntualizar lo siguiente:
Todos los comentarios publicados pueden ser revisados por el equipo de redacción de Elmanifiesto.com y podrán ser modificados, entre otros, errores gramaticales y ortográficos. Todos los comentarios inapropiados, obscenos o insultantes serán eliminados.
Elmanifiesto.com declina toda responsabilidad respecto a los comentarios publicados.
 
Otros artículos de Antonio Martínez
¿Tienen futuro los periódicos de papel?
El cine de mi niñez
¿Es posible un "Islam de Francia"?
España en el laberinto
Cataluña en el diván
El ajedrez en la escuela
Los desmanes del "pedagogismo"
El demonio de Piketty
El misterio de la entropía académica
¿Igualitarios nuestros tiempos? ¡Por favor!…
¿Tiene Albert Rivera una "eminencia gris"?
¿Por qué están tan mal nuestros alumnos?
¿Qué le queda a España?
Piropos en Nueva York
REQUIEM POR "INFORME SEMANAL"
¿Adiós a la Historia de la Filosofía?
¿Tienen futuro nuestras librerías?
Nuestro tiempo, los actos ejemplares y la muerte de Dominique Venner
¿Debe el mundo "hacerse más pequeño"?
Vivir en los árboles
Por qué la comunicación no basta
Un Bachillerato clásico del siglo XXI
¿A favor o en contra de Las Vegas?
¿Un nuevo horario en el instituto?
¿Neutrinos más rápidos que la luz?
¿Por qué la simpatía entre Franco y Dalí?
¿Qué está pasando realmente en Europa?
¿Necesita Europa un nuevo doctor Mabuse?
¿Deben las baloncestistas usar un atuendo "sexy"?
Lo que nuestros alumnos saben de Rusia
El mundo celta dentro de la Europa de las regiones
Europa, capital París
¡La hortografia no es kosa del puevlo!
¿Hay que volver a Stonehenge?
La Coca-Cola, ¿bebida sagrada de nuestro tiempo?
¿Sería mejor un mundo sin ovnis?
Zapatero, el orgullo infinito
¿Hay que volver a las viejas enciclopedias?
Empieza otro curso en el instituto
¿Hay demasiada gente sobre la Tierra?
¿Qué significa el mito de la Tierra Hueca?
René Guénon, ¿profeta de nuestro tiempo?
El toro, Cataluña y el alma de España
España en la hora de la verdad
¿Qué debemos hacer con el velo islámico?
¿Por qué nos fascina la interconexión global?
¿Qué había en los ojos de la muchacha afgana?
¿Por qué todo parece estar yendo a peor?
La carrera que yo habría querido hacer
¿Haría usted un testamento espiritual?
Darse de baja del boletín
Ir a Portada
Páginas culturales
1 La Cataluña española se afirma y resiste
2 SERTORIO
De marimantecas y lloronas
3 El charnego Puigdemont: abuela andaluza y abuelo franquista
4 ¡Suena el Himno Nacional —con su letra— en las calles de Barcelona!
5 FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ
Juan y Medio



Revistas Baratas


http://www.elmanifiesto.com | Aviso Legal | Política de Privacidad | Quiénes somos | Contactar |