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Multiculturalismo o interculturalismo


Hace ya bastantes años que vengo combatiendo la idea del multiculturalismo como una categoría ideológica de dominación nacida desde los antropólogos culturales norteamericanos por la cual se exalta a las minorías, por el hecho de ser minorías, en contra de las mayorías populares. Dominación: porque lo que se busca con su utilización política es quebrar la idea de comunidad nacional en una multitud de minorías o grupos minoritarios, políticamente de más fácil manejo que un poder nacional centralizado.
 
Alberto Buela

6 de septiembre de 2008
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ALBERTO BUELA
 
Hace ya bastantes años que vengo combatiendo la idea del multiculturalismo como una categoría ideológica de dominación nacida desde los antropólogos culturales norteamericanos por la cual se exalta a las minorías, por el hecho de ser minorías, en contra de las mayorías populares. Dominación: porque lo que se busca con su utilización política es quebrar la idea de comunidad nacional en una multitud de minorías o grupos minoritarios, políticamente de más fácil manejo que un poder nacional centralizado.
 
Este multiculturalismo es el que tiene vigencia política en Bolivia, en estos últimos tiempos, al aprobarse una constitución con 36 naciones aborígenes. Así bajo la mascarada y el simulacro de defender los intereses postergados históricamente de los “originarios” se quiebra desde el ejecutivo la comunidad nacional boliviana. El Estado-nación creado por Sucre corre el riesgo de dejar de existir. A decir verdad tampoco les sirvió de mucho su existencia, pues estos últimos doscientos años fueron de mayor explotación que los del período hispánico. Pero al menos, gracias al Estado-nación fueron reconocidos como tales, como bolivianos, en el orden internacional, que no es poco. ¿Cuál es la ventaja para Bolivia de las tesis multiculturalistas? Ninguna. Por el contrario, Bolivia será mucho mejor manejada por los intereses brasileños, chilenos, argentinos y de yanquilandia en la región, pues dejará de existir un poder central de decisión, el cual será remplazado por 36 “decisiones nacionales”. Un verdadero disparate.
 
Las tesis multiculturalistas también son aplicadas en Chile con la exaltación del pueblo mapuche, con sus oficinas en Londres. Algo parecido también sucede en Argentina y Colombia. Mucho más en Ecuador y Venezuela.
 
En el fondo, el multiculturalismo es una trampa, porque no consiste en un respeto verdadero por el otro. Hace como sí lo respetara, pero en realidad no lo tiene en cuenta tal como es, sino más bien toma al otro por la caricatura de lo que es. Que el multiculturalismo es un instrumento del imperialismo lo pone de manifiesto Rodrigo Agulló en el último número de la revista El Manifiesto cuando afirma: “En realidad el multiculturalismo apunta en su estadio final no a la coexistencia de culturas, sino a su fusión en el seno de un Mercado global”.
 
Esta parodia respecto a la valoración del otro sólo a través de su pintoresquismo y no en lo que verdaderamente es o existe, es lo que me ha llevado a plantear la teoría del disenso, según la cual propongo “otro sentido” al actualmente vigente sobre las cosas y las acciones de los hombres. El disenso se torna peligroso para el pensamiento único y políticamente correcto, una de cuyas categorías es el multiculturalismo, dado que, oponiéndose al consenso, permite crear teoría crítica.
 
El consenso y sus famosas “mesas consensuales” como instrumentos del multiculturalismo fundan lo que he denominado “falso diálogo”, es decir, un diálogo que comienza con el consenso como petición de principio, escondiendo tan sólo de entrada, las diferencias de las partes y de los intérpretes. Este disimulo, esta parodia, ha malogrado las mejores iniciativas, porque ha partido siempre de “la parodia del otro”, como lo es tomar “al otro” antes que nada como un igual, ignorando que la única igualdad posible en un diálogo abierto y franco es la diferencia. Y ésta se manifiesta siempre y de entrada en el disenso. Pretender definir “al otro” bajo el apotegma de “todos por igual” es ocultar su identidad en la categoría ideológico-política del igualitarismo. Falsedad que se viene repitiendo desde la Revolución francesa en todos los “ismos”.
 
Dado que el progresismo entiende el consenso como razón de causa eficiente y no como causa final a la cual llegar, se establece entonces por acuerdo de los grupos de poder o minorías. Es sabido que los pueblos no consensúan, sino simplemente dicen qué y quiénes son en la historia del mundo. Y la lógica interna de las minorías es que la decisión se toma siempre antes que la deliberación, con lo que esta última se transforma en un simulacro más. Con justa razón ha afirmado ese gran pensador de la política que es Dalmacio Negro: “El consenso, como mito político, está al servicio de las oligarquías que se presentan como representantes de la sociedad”
 
El multiculturalismo se presenta como una idea fuerza para preservar la diversidad y la pluralidad del mundo bajo los principios de igualdad, tolerancia y democracia, cuando en realidad lo que produce es algo totalmente distinto. Viene como caballo de Troya del imperialismo a quebrar las comunidades nacionales en múltiples tribus urbanas o rurales (Maffesoli dixit) que ya no serán contenidas por la pertenencia al Estado-nación, sino sólo por el dios monoteísta del Mercado Global.
 
Así es como arranca a los pueblos de sus propias raíces, pues entiende la identidad como la de todos por igual, y la tolerancia no como algo destinado a evitar un mal mayor, sino como “la demorada negación del otro” a través de la retórica del consenso (“habla, habla, que yo ya tomé la decisión”…), al tiempo que la democracia es entendida como respeto al procedimiento jurídico-político y no como poder al pueblo.
 
La mejor y más profunda respuesta al multiculturalismo la ha dado el filósofo cubano Raúl Fornet Betancourt, establecido desde hace muchos años en Alemania, con su trabajo Filosofía intercultural (México, 1994).
 
Allí nace, por así decirlo, el concepto de interculturalidad no tanto como oposición a multiculturalidad, sino como afirmación del mestizaje hispanocriollo de lo que es América. Nosotros, los americanos, que somos muchas culturas al mismo tiempo, no nos podemos identificar con una sola —como pretende el multiculturalismo—, sino que vivimos varias culturas al mismo tiempo. Vivimos, en efecto, entre culturas, experimentamos una interculturalidad de raíz. Pretender, como pretende el indigenismo multiculturalista, desgajarnos de estas muchas culturas que somos para exaltar una sola de ellas, es arrancarnos de nosotros mismos. Así el interculturalismo encarna y representa al pluralismo cultural genuino, porque muestra y respeta los múltiples aspectos que viven en nosotros mismos. A diferencia del multiculturalismo que nace y depende de un centro cultural interpretativo —Norteamérica y el pensamiento único.., “El interculturalismo —afirma Fornet—  desecha y renuncia a operar con un solo modelo teórico-conceptual que sirva de paradigma interpretativo”.
 
El propio término “inter-culturalismo” nos indica que nosotros vivimos “entre culturas”, entre varias de ellas, y pretender definirnos o comprendernos por una sola de las mismas es, en definitiva, no entendernos en lo que somos.
 
Pero también es cierto que nosotros, los americanos, no somos todas esas culturas acabadamente, no somos la  “raza cósmica” como ingenuamente pretendía el gran Vasconcelos. Somos o tenemos, análogamente, parte de esas culturas, de algunas más y de otras menos. Todo ello se plasmó luego de quinientos años en un tipo humano: el criollo, que no es ni tan español ni tan indio, según afirmaba Bolivar. El criollo, bajo la forma del huaso, el gaucho, el llanero, el cholo, el colla, el montubio, el ladino, el boricua, el charro, es la encarnación de este mundo intercultural de que hablamos aquí. Él es en sí mismo la encarnación de una pluralidad cultural viviente. Es una cultura de síntesis que nos habla de un tipo humano de lo mejor que América ha dado.
 
Son cosas que, poéticamente, las expresaron, cada un no a su manera, Rubén y Hernández:
 
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, oh Roosevelt, ser, Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.
Y, pues contáis con todo, os falta una cosa: ¡Dios!  

Tiene el gaucho que aguantar
hasta que lo trague el hoyo,
o hasta que venga un criollo
en esta tierra a mandar.

Políticamente se ha encarnado el interculturalismo en hombres gobernantes como Eloy Alfaro (Ecuador), Juan José Arévalo (Guatemala), Getulio Vargas (Brasil), Perón (Argentina) Ovando y Candia (Bolivia), Natalicio González (Paraguay), Herrera (Uruguay), Balmaceda (Chile), López Michelsen (Colombia), Belaúnde (Perú), Cárdenas (México), Caraso (Costa Rica), Arnulfo Arias (Panamá) y hoy día Chávez(Venezuela) y Uribe (Colombia) más allá de sus diferencias ideológicas. Todos ellos, cada uno en su tiempo, han sabido responder desde el poder qué son ellos y los pueblos que gobiernan. Es que el ejercicio de la interculturalidad es una vivencia, no crea dudas. Éstas nacen cuando se aplican modelos ideológico-políticos, como sucede con el multiculturalismo, para entender una realidad —la nuestra y la de nuestros pueblos— que escapa a sus categorías de interpretación.
 
 
 
 
 

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