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Al menos esto tiene de bueno

Georgia: vuelve la historia


El aumento de tensión en las relaciones ruso-norteamericanas causado por la crisis georgiana ya ha conducido a muchos observadores a hablar de la reaparición del “lenguaje de la guerra fría”. La expresión no es falsa si uno piensa en las declaraciones hechas por Washington. Pero es básicamente inadecuada. En la época de la guerra fría, el conflicto entre Estados Unidos y el Kremlin era un conflicto de evidentes contornos ideológicos: por un lado, el bloque soviético; por otro, lo que se llamaba entonces el “mundo libre”. Ahora que el sistema soviético se ha desintegrado, el conflicto es de otra índole.
Alain de Benoist

6 de septiembre de 2008
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Al menos esto tiene de bueno
Georgia: vuelve la historia
ALAIN DE BENOIST
El aumento de tensión en las relaciones ruso-norteamericanas causado por la crisis georgiana ya ha conducido a muchos observadores a hablar de la reaparición del “lenguaje de la guerra fría”. La expresión no es falsa si uno piensa en las declaraciones hechas por Washington. Pero es básicamente inadecuada. En la época de la guerra fría, el conflicto entre Estados Unidos y el Kremlin era un conflicto de evidentes contornos ideológicos: por un lado, el bloque soviético; por otro, lo que se llamaba entonces el “mundo libre”. Ahora que el sistema soviético se ha desintegrado, el conflicto es de otra índole.
En Inglaterra, el ministro de Asuntos Exteriores, David Miliband (cuyo abuelo, Samuel Miliband, era un comunista nacido en Varsovia que formó parte del Ejército Rojo, antes de abandonar la Unión Soviética para irse Bélgica en la época de Stalin), tuvo una expresión más adecuada al declarar que Rusia había encontrado “un enfoque de la política típico del siglo XIX”. En su boca ello significaba un reproche. Pero es indudable que la desaparición del comunismo en Rusia ha hecho que renaciera en Europa una situación comparable a la existente en el siglo XIX, cuando el Cáucaso ya era uno de los objetos de la confrontación entre las grandes potencias. Las líneas de fractura ya no son ideológicas por la sencilla razón de que la geopolítica ha vuelto por sus fueros. Potencia continental contra potencia marítima, rivalidades por controlar las fuentes de suministro energético: tales son los términos de la confrontación que se dibuja ante nuestros ojos, y cuyas ramificaciones van mucho más allá de Georgia. Pero no es sólo que se vuelva al “Gran Juego” del Siglo XIX. Es la vuelta de la historia.
Desde el fin de la URSS, los norteamericanos han hecho todo lo posible por obstaculizar el renacimiento de Rusia como gran potencia regional. Así fue como han favorecido el transporte por Tiflis del petróleo y gas del Caspio, sostenido instauración del eje de cooperación Mar Negro-Cáucaso denominado GUAM (Georgia, Ucrania, Azerbaiyán, Moldavia) y abogado por la entrada de Georgia y Ucrania en la OTAN.
Hoy sostienen a Georgia porque están en su casa. Mikhaïl Saakachvili estudió en los Estados Unidos gracias a una beca del Departamento de Estado antes de trabajar en Nueva York, a partir de 1995, en el gabinete neoconservador Patterson Belknapp Webb & Tyler. Su primer ministro, Vladimir “Lado” Gurtgenidze, trabajó en Londres de 1998 a 2003 para el gran banco angloholandés ABN-Amro. El jefe del Consejo Nacional de Seguridad, Alexander “Kakha” Lomaia, fue en 2003-20004 director ejecutivo de la Open Society Georgia Foundation de George Soros. El ministro de Reintegración Temur Yakobashvili forma parte de los grupos de presión pro israelíes, al igual que el ministro de Defensa, Davit Kezerashvili, quien posee la nacionalidad israelí. En cuanto al ejército georgiano, desde 2001 ha sido equipado básicamente por Israel, habiendo sido entrenadas sus fuerzas por instructores israelíes.
Es lo que explica que estemos asistiendo ahora al desencadenamiento de todo un lenguaje orwelliano. Georgia se presenta como un país “democrático” y su Presidente como un heraldo de los derechos humanos, mientras que la corrupción reina en Georgia y a los oponentes se les asesina, tortura u obliga al exilio. La intervención rusa, que algunos llegan hasta a comparar con el aplastamiento de la “primavera de Praga” en 1968, se presenta sin hacer ninguna referencia al ataque deliberado que Georgia lanzó el 8 de agosto contra Osetia del Sur, ataque que produjo la muerte de más de mil civiles y la casi destrucción de la ciudad de Tskhinvali, verdadero casus belli que, en derecho internacional, justificaba por sí solo la respuesta rusa. Los Estados Unidos denuncian una “invasión brutal” de Georgia, mientras que este ataque no es sino la sombra de los que ellos mismos lanzaron unilateralmente contra Irak y Afganistán. Exigen que se respete en Georgia una “integridad territorial” que fueron los primeros en negar a Serbia, al tiempo que condenan el “separatismo” de los osetios y abjasios, cuando ellos fueron los primeros en fomentar el de los kosovares.
Se asombran de que los rusos se preocupen de ver cómo los norteamericanos se establecen en su zona de influencia tradicional, mientras que nunca han admitido la aparición de un Gobierno que les sea hostil en el área hispanoamericana. Se indignan de que el Kremlin se oponga a la posible entrada de Ucrania en la OTAN, mientras que en otros tiempos ellos mismos nunca no habrían aceptado, por supuesto, que Canadá o México formaran parte del Pacto de Varsovia. Proclaman que no tienen en absoluto la intención de “cercar” a Rusia, cuando nadie puede creerse un solo instante que es para protegerse de Irán que han firmado un acuerdo con Polonia y la República Checa para implantar lanzadores antimisiles norteamericanos a unos cientos de kilómetros de Moscú.
Este festival de hipocresía no sería grave si la Unión Europea comprendiera que aquí está en juego y tomara una postura independiente de la retórica de Washington. Pero no es el caso. Bajo la presidencia de Nicolas Sarkozy, la Unión Europea se ha declarado inmediatamente solidaria de Georgia, cuando su primer objetivo debería consistir, obviamente, en establecer una alianza duradera con Rusia, que es su principal socio económico y que, tanto a nivel geopolítico como en lo relativo a la seguridad, pertenece como ella al “bloque continental”.
Las virulentas denuncias de la acción militar rusa muestran en cualquier caso hasta qué punto los reflejos neoconservadores siguen siendo vivos en “foreign policy intellectuals” norteamericanos. Por ahora, estas denuncias irán seguidas de pocos efectos, ya que los norteamericanos tienen demasiado miedo de que se establezca un eje Moscú-Damasco-Teherán. Pero en caso de ser elegido John McCain, se puede temer un nuevo deterioro de las relaciones ruso-norteamericanas. McCain, que detesta a Putin, forma parte, en efecto, desde hace mucho tiempo, de los más firmes valedores del Presidente Saakachvili, con quien se entrevistó en Tiflis ya en junio de 2005 y al que (con el apoyo de Hillary Clinton) llegó a proponer, el año siguiente, ¡para el Premio Nobel de la Paz! No es por otra parte ninguna casualidad si uno de sus principales consejeros de política exterior es Randy Scheunemann, un lobbyist que ha sido pagado durante mucho tiempo por Saakachvili para que defendiera la entrada de su país en la OTAN.
La única verdadera incógnita es saber por qué Georgia atacó el 8 de agosto a Osetia del Sur. Como es difícil imaginar que el Presidente Saakachvili sea tan estúpido como para haberse creído que Rusia no reaccionaría (o que las tropas georgianas podrían derrotar al Ejército Rojo!), sólo quedan dos hipótesis: o los protectores norteamericanos e israelí de Saakachvili le incitaron a que se lanzara a esta aventura, habiéndolo utilizado para probar la voluntad política del Kremlin; o bien actuó por propia iniciativa a fin de disponer de un mayor apoyo por parte de los Estados Unidos, esperando de tal modo consolidar su poder personal. Tan reveladora resulta una hipótesis como la otra.

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