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Más allá de la estética, más acá de la militancia

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Juan Pablo Vitali

17 de agosto de 2008
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JUAN PABLO VITALI
 
Si Pound escribía poesía en su jaula de acero, no era sólo para que alguien, en un artículo o en un ensayo dijera, a modo de curiosidad, o dando rienda suelta a una indignación justificada: “Pound escribía poesía en su jaula de acero”, sino para que esa poesía fuera leída, valorada y difundida, para que fuera impresa, y accesible a todos aquellos que quisieran leerla y que pudieran entenderla.
 
 
Los escritores que han sido perseguidos y torturados, o aquellos que han sido asesinados, o incluso los que se han suicidado, son sin duda una bandera de honor, de coherencia, de grandeza y de militancia, pero el mejor homenaje que podemos hacerles, es difundir su obra. Y no veo que esto ocurra, proporcionalmente a la cantidad de veces que se los nombra, o que se escribe algo sobre ellos.
 
Incluso se leen artículos cuyos autores, previsiblemente, jamás leerán la obra de aquellos sobre quienes escriben, porque no comparten su cosmovisión, o simplemente porque ya no les interesa la literatura.
 
Un autor es su acción y su conducta políticas, pero es también su obra literaria. Ella es la que lo ha convertido en escritor, y la causa por la que nos ocupamos más de ellos, que de otros militantes que también sufrieron y murieron, en circunstancias iguales o parecidas.
 
Por eso debemos difundir sus obras, o al menos intentarlo, y por supuesto leerlas.
Por eso decimos que nuestra concepción del mundo es tal, que comprendemos el sentido de lo poético, su relación con lo sagrado, la importancia de su existencia.
 
La creación, la obra, es lo que otorga a ciertas personas una entidad distinta, algo que los diferencia. Esa creación no fue hecha solamente para colocar una lista de la bibliografía del autor al final de un artículo, muchas veces aburrido, y casi siempre reiterativo.
 
Cuando buscamos textos en la red, nos damos cuenta del rol de cenicienta que cumple la literatura. Los textos políticos son más fáciles de conseguir, ya sea impresos en papel o en soporte informático. Eso nos duele a los que escribimos y leemos literatura, además de mantener nuestro interés en la política, como parte integrante de la totalidad de una cosmovisión incomprensible por partes.
 
En el caso de nuestros autores, los que nos son afines, ellos han sufrido una doble exclusión del sistema, como militantes de una forma de ver el mundo considerada incorrecta, y como creadores de una literatura afín a esa visión del mundo.
 
Es sumamente triste, y muestra nuestra decadencia cultural, y lo limitado de nuestras pretensiones culturales, la falta de difusión suficiente de ciertos textos literarios, Porque aunque nuestra posición política sea la correcta, y reivindiquemos políticamente a sus autores, no les otorgamos a sus obras el lugar que merecen.
 
Tenemos entonces escritores conocidos, con una obra desconocida. Y creo que eso es además un error político; en medio de la guerra cultural a la que asistimos, escinde la obra literaria del autor, de su actuación política, y lo convierte en algo así como un afiche, como una máscara vaciada de su contenido más precioso.
 
Completar esa dimensión, no es solamente obrar de acuerdo con la voluntad del escritor al cual queremos recordar, sino valorar un tipo de hombre, una forma de pensar, que trasciende la mera política, y es capaz de adentrarse en una visión del mundo diferenciada, que implica necesariamente el arte.
 
Estaremos entonces si, necesariamente situados en una dimensión superior, de hombres que poseen por fuerza una espiritualidad elevada. Porque los símbolos consagrados en el arte, en la literatura, y en especial en la poesía, sólo son accesibles a quien posee ese tipo de espiritualidad, ese tipo de comprensión espiritual.
La dimensión poética, la dimensión del arte, viene a completar necesariamente una forma de ver el mundo, y representa un aspecto sustancial de esa forma.
 
Por ese motivo, nadie escribiría un poema al oro, o al papel moneda, porque no es esa la función de la poesía, porque los amantes del oro o del papel moneda, no tendrán jamás interés en hacerlo.
El arte, la poesía, nos permite colocarnos en un plano superior, no contingente, inmaterial. La creación artística, señala al alma la posibilidad de colocarse fuera del tiempo y del espacio, anticipándose a su inmortalidad, tomando conciencia de ella.
 
Es notoria la contradicción de los poetas y los artistas que profesan una ideología materialista. Su propia obra niega y contradice esa postura. Sin embargo el marxismo, los partidos comunistas de todo el mundo, y yo tengo cerca la experiencia sudamericana, han promovido siempre a sus poetas. Eso no hace más que afirmarme en mi opinión. Los movimientos políticos, aún los que niegan la trascendencia, la religiosidad ínsita del hombre, lo sagrado, necesitan una dimensión poética para completarse, para ir hacia adelante.
 
Por eso reclamo, especialmente para nosotros, los que tenemos una concepción de la política que no niega la espiritualidad del hombre, sino que la promueve, mediante la defensa de sus valores espirituales, la difusión y la lectura de las obras literarias de nuestros escritores. Que no sean ellos solamente militantes consecuentes, que se ha sacrificado por su idea, lo cual es ya decir mucho, sino que vuelvan a convertirse en escritores, algo que ellos ya son sin nosotros, porque un instante mágico, fuera del tiempo, los ha convertido en eso. Pero es necesario que sigan siéndolo también para nosotros, que pretendemos mantener viva una determinada concepción del mundo, su estética, su elevada espiritualidad, y para eso recurrimos a lo más sagrado y antiguo, al lenguaje poético.

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