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    El Manifiesto. Periódico política y socialmente incorrecto

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Lo que somos. Lo que nos mueve

Javier Ruiz Portella

14 de abril de 2008
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Javier Ruiz Portella, Editor
 
Tal vez, si acaba usted de entrar por primera vez en Elmanifiesto.com., se esté preguntando: ¿es esto un periódico? Sí, sin lugar a dudas. Pero ¿es un periódico… “normal”? No, de ningún modo. Está usted ante el periódico más anormal que existe. Tanto por su forma como por su contenido.


 

Por su forma. Porque es el único periódico que aborda, por ejemplo, la actualidad… y al mismo tiempo el pasado, la historia. Porque tampoco es ninguna revista de pensamiento (si quiere una, y de alto nivel, también se la ofrecemos) y, sin embargo, las cuestiones culturales, sociales, artísticas… son aquí tan importantes como las políticas. Unas cuestiones políticas que, además, sólo se abordan si no tienen nada que ver con la politiquería habitual: con ese conjunto de retóricas hueras y triquiñuelas hábiles (o torpes) que el poder monta y los medios de comunicación repercuten.
 
Por su contenido. Porque somos inclasificables. Porque no hay forma de poner una etiqueta a las ideas que, dentro de una amplia pluralidad, defienden nuestros colaboradores. Unas ideas que, por un lado, no son ciertamente de izquierdas (aunque ello no impide que podamos coincidir con tal o cual planteamiento de la izquierda; por ejemplo, con la denuncia de la insensatez de fondo que caracteriza al sistema económico imperante). Pero nuestras ideas tampoco tienen nada que ver con los planteamientos de derechas: ni con los de la derecha liberal (aunque practicamos y hacemos nuestro lo mejor de su espíritu de apertura, de libre confrontación de ideas), ni con el de la derecha conservadora (cuyo rechazo de la inmediatez material, cuya búsqueda de valores superiores está movida, sin embargo, por una inquietud bien parecida a la nuestra).
 
¿Qué inquietud nos mueve?
 
Nos mueve —digámoslo abruptamente— la profunda aversión que despierta en nosotros el mundo que nos envuelve… y asfixia. Lo que nos ahoga es ese mundo como tal: el espíritu que impregna nuestras instituciones y valores, nuestros principios y sensibilidad; no tal o cual “defecto”, no tal cual aberración.
 
Las aberraciones abundan, día tras día las denunciamos en estas páginas, pero nos importa sobre todo lo que implican, lo que subyace a ese conjunto de cosas… que nunca encontrará usted ni evocadas ni denunciadas en el programa de ningún partido.
 
Nos horroriza la vulgaridad, la absurdidad, el sinsentido de nuestras vidas: ese vagar de unos seres mediocres y grises, dedicados a producir, consumir y, como los objetos producidos y consumidos, morir.
 
Nos horroriza la ausencia de todo horizonte comunitario, de toda proyección histórica, tanto hacia el pasado como hacia el futuro: esa ausencia que nos hace deambular como átomos que, disgregados, van dando tumbos por el mundo.
 
Nos horroriza el que, disgregados, perdamos toda identidad: tanto individual como colectiva. Tanto la identidad que la familia, concebida como simple suma de individuos con gustos compartidos, no puede otorgar; como la identidad colectiva cuya quiebra es particularmente lacerante en España, entregada como está a unos separatismos que la desgarran so pretexto de especificidades colectivas que no son hoy atacadas por nadie, y que, si lo fueran, seríamos nosotros los primeros en defender.
 
Y nos horrorizan, nos conmueven tantas otras cosas… Nos conmueve todo lo que, en el campo de la cultura, se plasma en forma de fomento de la ignorancia y de triunfo mediático, si es que no general, de la vulgaridad. Y nos horroriza todo lo que subyace a un “arte” que, lejos de cultivar el estremecimiento que es la belleza, crece en el estercolero que son la fealdad o la inanidad.
 
Nos horrorizan, en fin, las consecuencias de tanta pequeñez, de tanta mediocridad productivista y consumista: nada noble, nada grande, nada heroico mueve ni puede mover a nadie en el gran Supermercado en el que el mundo se ha convertido.
 
Y nos horroriza —la lista sería interminable— que junto con los hombres y la muerte de su espíritu, sea también la tierra misma la que se ve amenazada de extinción o degeneración.
 
¿Catastrofismo?
 
¿Es catastrofismo apocalíptico lo nuestro? Si semejante etiqueta tranquiliza a alguien, ¿por qué privarle de tan plácido consuelo? Si las cosas que acabamos de recordar resuta que a usted no le horrorizan o estremecen, si sólo le molestan o desagradan; ya no digamos si las aplaude o niega su existencia, entonces sí, tiene usted toda la razón del mundo: lo nuestro es puro catastrofismo.
 
Un curioso “catastrofismo”, sin embargo. Porque lo peor de todo no son siquiera las implicaciones de las numerosas cosas que nos horrorizan. Lo peor es esta paradoja: el mundo que se ve de tal modo abocado al abismo es un mundo cuyos pilares —la libertad de pensamiento, la racionalidad científica y la riqueza engendrada por la eficiencia técnica— deberían, por el contrario, alzarlo hasta la más alta de las plenitudes.
 
¿Por qué no ocurre así? ¿Por qué sucede todo lo contrario? ¿Es posible, acaso, remediar —y cómo— tal situación? ¿De qué forma se podría darle la vuelta al destino de los hombres privados de destino?… Cuestiones inmensas, decisivas. Pero cuestiones que —abiertamente planteadas en nuestras Páginas Culturales, en nuestra revista o en el texto del Manifiesto contra la muerte del espíritu y la tierra— no se pueden abordar con toda la profundidad requerida en las páginas de un periódico. Sólo cabe plantearlas de forma indirecta: en la medida en que, sobre el trasfondo de tales preguntas, se enfocan, plantean y analizan las cuestiones —actuales, políticas, históricas, culturales…— que día tras día llenan las páginas del periódico más políticamente incorrecto que imaginar se pueda.

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